Foro
Isabelino del Centro Universitario de Teatro. Autor y director, Héctor Azar. Escenografía
y vestuario; Benjamín Villanueva. Música: Alicia Urreta.
Asistente de dirección, Antonio Azar Plata. Músicos: Sergio Guzmán, Eduardo
Pereda, Lucía Álvarez, Ramón Fonseca y Marco Antonio
Pérez. Reparto: Sergio Klainer, Marta Ofelia Galindo,
Gastón Melo, Marta Aura, Argentina Morales, Carlos Jordán, Gilberto Pérez Gallardo,
Selma Beraud, Susana Dosamantes,
Tamara Francés, Francisco Toledo, Jesús Lara, David Espinosa y Alejandro Aura.
Después
de un silencio prolongado -desde Olímpica han corrido ya sus buenos cuatro años- Héctor Azar aparece de nuevo para
recordar al público que es autor, y no sólo funcionario, y también para
desmentir esa leyenda de que un autor no “debe” dirigir sus propias obras.
¡Falacia manifiesta! Pues este espectáculo que hemos visto por “obra y gracia” de
Héctor Azar, ¿quién habría podido dirigirlo mejor?
En la Higiene de los placeres y de los dolores,
Azar pone en ejercicio todo su ingenio y buen humor, en la tarea nada fácil de
compilar en varias farsas, dispuestas a manera de collage, los disparates que, elevados por las generaciones que nos
precedieron, a la categoría de sentencias irrefutables y casi dogmáticas, nos
fueron legados con el carácter de tradiciones y aun de grave sabiduría.
En el
prólogo que aparece en la publicación de la obra (INBA, Colección de Teatro, y
cuya fecha, apuntada en el colofón, coincide con la del estreno teatral: 7 de
agosto), Azar explica que como inspiración para sus fasas,
se valió de “una importante bibliografía... seleccionada por Amancio Peratoner (Los peligros
del amor. Los órganos de la
generación. El mal de Venus. De la virginidad. El género humano) que constituyó la literatura médico-popular más
usada por mis maestros y por el grupo familiar que influyó en mi infancia y en
mi adolescencia. Entre esas obras destacaba la Higiene de los placeres y de los dolores, del Dr. A. Debay, traducida por Peratoner y
editada por Maucci Hnos. e Hijos, en Buenos Aires,
1903”. Y añade que de aquel intento “por hacer de nuestros placeres y de
nuestros dolores, el
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diorama teatral
higiene
de los
placeres
por mara reyes
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material aséptico,
inmaculado, que nos mantuviera libres de toda posible contaminación”, reprodujo
parcialmente algunos conceptos “con el deseo vivo de demostrar su supervivencia y su ineficacia”...
¡Y vaya que lo logró! Azar, barroco por derecho y por herencia vernácula, no se
contenta sin embargo, con el solo choteo de antiguos formularios, también añade
a su collage otros acentos, en remedo
de voces contemporáneas, no menos sentenciosas y engañadas, y tal vez si de
alcance más dañino. Me refiero concretamente, al último de los “placeres” anotados,
el de la inmortalidad, con el que tanto se entretienen, a expensas del mundo,
esos dos personajes a los que Azar -y no por un azar- hizo vestir con trajes de
payaso.
La
dirección escénica de Héctor Azar recorre todo el iris de matices de la farsa,
desde la parodia bufonesca (el placer del encuentro y del retorno, por
ejemplo), hasta el más tenue humorismo (el placer de la inmortalidad); tan fino
y profundo que linda con lo trágico. En este último, Sergio Klainer realiza una más de sus creaciones, al interpretar a Tonio con un juego escénico en doble nivel, manejando todas sus transiciones entre la
caricatura y la veracidad, con hábil maestría.
Extraordinaria
también, es la interpretación que hace Marta Ofelia Galindo de la Condesa de Katarakis. No es sólo el gesto o la palabra, no es sólo la
actitud o la intención, sino todo reunido. La visión total de un personaje al
que ella da vida. Actores y actrices hay muchos; artistas pocos. Y Klainer y Marta Ofelia son artistas.
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Por
supuesto no son los únicos que sobresalen en la obra, por lo contrario, sería
injusto no aclarar que lo que más destaca de esta puesta en escena, es el
espléndido trabajo de equipo que representa. Cada intérprete tiene una larga
serie de aciertos en su favor, y así, tenemos la sinceridad de interpretación
de Gastón Melo; la meticulosidad del humorismo, en Carlos Jordán; la incisiva
picardía en Marta Aura; la exactitud de la intención, en Selma Beraud; la perfección al proyectar la cursilería de un
personaje como Miss Doris Stonebraker, en Argentina
Morales; la adecuación, en Gilberto Pérez Gallardo, y en fin, la versatilidad
en todos y cada uno de los integrantes del elenco.
Y junto
a ellos, en igualdad de aportación, la música de Alicia Urreta,
(con sus inclusiones de extraños instrumentos musicales, como un serrucho
tocado con arco de contrabajo), ejecutada por Sergio Guzmán, Eduardo Pereda,
Ramón Fonseca, Marco Antonio Pérez Z., y en el piano, alternativamente por Lucía
Álvarez o la propia Alicia Urreta. La escenografía y
el vestuario magnífico de Benjamín Villanueva, donde nos dio toda una gama de
materiales, que van desde el plástico transparente, hasta la madera, en esos
personajes vestidos de “reloj” y “radio”.
Tengo un
solo “pero” que oponer a esta perfección, que bien podría pasar por alto de no
considerarlo como un peligro que se cierne sobre nuestros escenarios y sobre
nuestra lengua castellana. Me refiero a la acentuación equivocada de palabras y
frases, imperdonable en actores de la calidad de Gastón Melo, por
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ejemplo, y de directores
de la categoría de Héctor Azar.
En su
prólogo del libro, Azar dice que es en la palabra donde encuentra “el medio
preciso del acto y su potencia. La palabra hablada que adquiere su dimensión
real en el teatro, rodeada de la luz o de la sombra, del color que la emancipa
o la enajena...” Es entonces inadmisible que permita la distorsión de la
palabra o de la frase, cuando esa distorsión no se motiva. Pondré ejemplos concretos.
Estoy de acuerdo, en que en la lista de palabras que pronuncia Carlos Jordán,
comenzadas con “ex”, acentúe ligera o marcadamente la E, aun cuando el acento
prosódico de la palabra no recaiga en ella. Y en que Gastón Melo acentúe en una
frase “su público”, en la palabra su, pues se está refiriendo concretamente
al público de la condesa y de nadie más. El énfasis está justificado. Pero, ¿se
justifica la acentuación equivocada de Gastón Melo en las siguientes palabras:
Placeres de la adolescencia;
breviario de expresiones; propórcionarle; coordinadora; placer de la amistad,
academia de póesía? ¿Y
las acentuaciones equivocadas de Carlos Jordán, como: ímpresionantes; précisos; llenos de felícidad;
para sáludarme; en ávaricia.
Y muchos más acentos equivocados como éstos que me fue imposible anotar
al correr de la obra?
¿No
está acaso en manos de los actores preservar el lenguaje, de la degeneración y
vicios que los locutores de televisión y radio (inclusive los de Radio
Universidad y de la XELA) difunden a diario, contagiando su enfermedad a
diestro y siniestro? Es precisamente entre los actores jóvenes y muy
especialmente en el Teatro Universitario, donde hemos visto lavarse de impurezas
al teatro de México, no permitan, pues, que la enfermedad asuele sus filas.
Este
defecto, que no es tan grave si se ve aisladamente -pero que sería funesto si llegara
a cundir- no me quitó, sin embargo, la euforia que me produjo el espectáculo.
Además, debo hacer una mención del Héctor Azar funcionario, que con esta obra inaugura
en el Centro Universitario de Teatro, una nueva sala de espectáculos: el Foro
Isabelino que reúne todos los requisitos del buen gusto. Una nueva sala de
teatro para México, ajena a las garras del comercialismo y de la Federación Teatral. ¡Enhorabuena!
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