Se Alza el Telón
Malkah Rabell
Del teatro inmóvil al teatro del silencio
Nuestro teatro moderno busca nuevos rumbos, nuevas modalidades, lo que parece en los últimos años se ha estancado, detenido el arte dramático en el realismo fotográfico. Mas, silenciosamente, se estima que ha nacido un nuevo movimiento, que trata precisamente de suprimir el movimiento, de paralizarlo y remplazarlo por la palabra, un teatro más narrativo que de acción. Y ya lo hemos presenciado por primera vez en México en la obra de Víctor Hugo Rascón Banda, Contrabando, donde sendas mujeres cuentan sus desgracias debidas al contrabando de narcóticos sentadas ante un oyente, sin recurrir a la acción, al movimiento, a la dinámica. A su vez en otra obra, ésta de origen europeo: Un año de trece lunas, debida al famoso cineasta alemán, Rainer Werner Fasbinder, prematuramente fallecido, el autor impone dos monólogos a sendas protagonistas, que también lo hacen en actitud inmovilizada en un ambiente tan móvil como un metro.
Pero, he aquí que un dramaturgo norteamericano, A.R. Gurney, descubrió la manera de cómo inmovilizar el drama y suprimir del todo la acción. ¿En qué otro elemento puede el drama quedar más inmovilizado que en una carta? Así que en el espectáculo representado actualmente en el teatro Helénico, bajo el título de Cartas de amor, o como reza en inglés: Love Letters, interpretado por Susana Alexander y Héctor Gómez, los dos únicos personajes, él un estudiante, Andrew Ladd, inscrito en una escuela militar, y ella, una alumna interna de una escuela religiosa, Melisa Gardner, intercambian decenas de cartas de amor, bastante estrambóticas para nuestra sensibilidad latina. Susana Alexander; que es una actriz excelente y de mucha fantasía, y que también dirige el espectáculo, encontró una manera de darle a su protagonista un rasgo más original, le impuso a Melissa Gardner reacciones y mímica de muchachita tonta. En cambio, Héctor Gómez, que no es menos excelente actor que su compañera de tablas, no ha logrado sonsacar de su protagonista algo menos corriente que al personaje cotidiano, aunque sus cartas son mucho menos tontas que las de su novia, y a veces hasta resultan interesantes.
Sentado, cada uno de los protagonistas en un sillón, en el inexistente escenario de la bella Capilla del teatro Helénico, cada uno de los dos intérpretes lee por turno la carta del otro enamorado. Lo que al cabo de un tiempo prudencial, termina por resultar bastante monótono. Y he de admitir, con un poco de verguenza, que después del primer acto abandoné la sala.
En la misma semana se inició el cuarto festival de la ciudad de México, y empezó en la sala del teatro universitario: Juan Ruiz de Alarcón, del Centro Cultural Universitario con un espectáculo de un grupo canadiense: Le Theatre de la Marmaille (teatro de chiquillos) que sin embargo de infantil nada tiene. La obra del estreno lleva como título: La tierra prometida y se trata de esta tierra donde vivimos y donde algún Dios todopoderoso nos instaló con la idea de dejarnos en ella por los siglos de los siglos, que ya parece se van acercando a su fin.
Este Theatre de la Marmaille se empeñó con bastante éxito, en condensar los diez millones de años que —se supone—tiene la vida humana sobre la Tierra, en una cantidad multifacética de imágenes; Teatro del silencio, la Compañía no habla, sólo reproduce las más diversas estampas de nuestra existencia. Y lo hace de una manera completamente original, mostrando en primer término la parte inferior del cuerpo, es decir las piernas. Varias decenas de piernas que tratan de imitar tal vez a los simios, tal vez a otros animales que han poblado la Tierra. Y la tierra se cubre de arena, de polvo, de agua, que se van transformando en rocas. Y el agua que se torna mar y océano. Tierra donde crecen hierbas, y plantas, y flores.
Y así durante más de una hora, el director Daniel Meilbeur, nos lleva de la mano, por la tierra prometida al hombre, a todos los hombres, de los distintos colores y de los diversos pensamientos y sentimientos, como únicos dueños del globo. Escenas dramáticas, escenas cómicas, que se terminan en un laboratorio.
Una representación verdaderamente original, novedosa, que logra sin palabras, al son de una música combativa, ya emocionar, ya alegrar, ya espantar: guerras, paz, niños, libertad, vida y muerte. No todo se puede interpretar, ni comprender, y no obstante, nos apasiona, nos mantiene suspendidos y atentos a todo lo que sucede en el escenario, que ya dejó de encontrarse a medio cubierto del cortinado; para descubrir la figura humana en su totalidad, ya con el arado en la mano, ya con cadenas en brazos y piernas, ya con la ametralladora. Y salimos de la sala, destrozados durante unos minutos, para enseguida sentirnos felices o simplemente pensativos.
Y todo ese mundo de seres humanos, de soldados, de niños... lo representan cuatro actores, quienes sin palabras, se hacen comprender, amar u odiar: Nino D'Ihtrona, Daniel Meilleur, Ciacomo Ravicchio, Monique Rioux. Unos canadienses, otros italianos; unos miembros del Theatre de la Marmaille, otros miembros del Teatro Dell'Angolo, que trabajan juntos.