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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

Teatro en Querétaro, la boda otomí

Una ciudad que a primera vista parece pequeña, pero no lo es tanto, ya que tiene una población de más de un millón de habitantes. Una ciudad colonial que conserva todo su encanto de años idos; todo su ingenuo sabor de las callejuelas angostas donde uno imagina la presencia de parejas enamoradas. Una ciudad increíblemente limpia para quienes tenemos la costumbre de transitar por las calles de la metrópoli, con su caótica falta de limpieza y de orden, debidos simplemente a una inmensa e incontrolable masa urbana.

Quéretaro, ciudad histórica, que vio los principios de la lucha por la independencia, y de la cual el historiador Carlos Alvear Acevedo relata: "El corregidor de Querétaro recibió orden superior de registrar la casa de la familia González donde se guardaban unas armas. A su esposa, doña Josefa Ortiz de Domínguez, de quien conocía su carácter impetuoso, la dejó bajo llave en su residencia, situada en el piso superior de la casa, pero ella pudo comunicarse con el alcalde de la prisión, don Ignacio Pérez, que estaba en la planta inferior, para que éste diera cuenta de los hechos al capitán Ignacio Allende... Tanto Domínguez como su esposa, descubiertos como simpatizantes de la conjura, fueron reducidos a prisión".

Tal vez nos deje extrañados que una ciudad no mayor de un millón de habitantes cuente con 3 teatros permanentes y de un número no preciso de compañía trashumantes que no disponen de un teatro propio donde actuar en fechas fijas. Tal resultaba el destino profesional del grupo de jóvenes actores: Los cómicos de la legua, de la Universidad Autónoma de Querétaro y de la Escuela de Bellas Artes, que nos invitó, a un grupo de críticos y de periodistas, a presenciar su puesta en escena de una comedia costumbrista en dos actos: La Boda otomi, debida al texto de una investigación realizada por Aurora Zúñiga Sánchez entre los otomís de la región y dramatizada por Patricia Rubio y Sánchez, en tanto su puesta en escena se debió a la dirección de Roberto Servín Muñoz. Tampoco ese grupo universitario contaba con una sala cerrada y un escenario apropiado.

En un teatrito que va siendo acondicionado por el gobierno; ante un escenario desnudo, ocupamos nuestros asientos todo el grupo que llegamos de la capital después de tres horas de viaje en un autobós cuya puerta cerraba mal y por lo mismo nos hizo congelarnos. El frío continuaba en la sala que carecía de techo. En cambio la hospitalidad de nuestros anfitriones llegó hasta poner una mesita ante cada espectador, provista de una botella de vino con vasos, y hasta a algunos de nosotros nos prestaron unos jorongos de lana que resultaron una verdadera bendición de Dios. Pero, para nuestra desilusión empezó a llover, y tuvieron que trasladarnos del teatro al aire libre a otro sitio en el mismo espacio que contaba con la protección de un techito, empero estaba tan alejado del foro que casi no oíamos.

Por fortuna, después de todos esos trastornos, empezó el espectáculo, en el cual tomaron parte 21 personajes, no todos actores. La mitad representaba a la gente del pueblo que canta y baila, pero no habla. En cuanto a la obra misma, todavía le faltaba madurez tanto en la concepción como en la construcción dramática. La investigación más bien servia como material aún necesitado de dramatizarse. Sin embargo, la música debida a Rafael Rodríguez Santillán, le daba más vida y sentido folclórico. En general, la representación, con sus caracteres costumbristas y sus detalles observados en la región otomí, resultaba simpático y dejaba alegres a un público bastante numeroso.

Esperemos que con algunos retoques teatrales y unos detalles más, la obra adquirirá más cuerpo y densidad y podrá ya ser considerada como una verdadera comedia, que pueda atraer cada vez mayor público en esa ciudad que ama el teatro y lo demuestra.