de Mauclair? Las sillas, vista por Alexandro, era
el drama del Hombre que deja en manos de la divinidad la tarea de decir su
mensaje, pero la divinidad -el orador- era incapaz de darlo, de donde se
deducía que el Hombre debe realizarse dentro de sus limitaciones y no puede
trascender más allá de su propia esencia. Pero “el orador” de Mauclair es un ser anodino, que nada personifica, con lo
que se derrumba el andamiaje trágico, quedando sólo el adorno, el trazo
superficial. No se trata de que interpretara la obra igual que Alexandro, pero sí de que diera alguna interpretación.
En la actuación, la comparación también es
obligada. El Carlos Ancira de Las sillas, hace que Mauclair parezca ingenuo. El Mauclair de Las sillas es un buen actor sin duda, un actor excelente, pero
comparado con Ancira, su proyección parece limitada.
Y lo mismo puede decirse si comparamos los
trabajos de Tsilla Chelton y de Magda Donato, para quien esta representación resultó ser un homenaje
póstumo, pues no fue superada por la actriz francesa.
Pero la decepción no provino de Las
sillas, en la que, al fin y al cabo, el director tiene aciertos
plásticos muy notables. No, la decepción rotunda ocurrió al ver cómo Mauclair había perpetrado el montaje de La
lección.
Marcel Cuvelier,
el actor, no tiene culpa alguna, es un magnífico intérprete que siguió las
indicaciones del director. Y Thérése Quentin, lo mismo que Marcel Champel,
no hacen otra cosa que recitar lo que se les pidió que recitaran. Toda la responsabilidad
de la pobreza de esta escenificación recae sobre el propio Mauclair que, o no comprendió la obra, o el miedo excesivo de enojar al autor le ató las
manos. (No siempre el autor tiene razón al opinar sobre su propia obra.)
Según la puesta en escena de Alexandro, de quien La lección constituye una de sus
direcciones maestras, el Hombre, personificado por la alumna, siente el impulso
de aprender y la Ciencia -simbolizada por el profesor-, lo va llevando de la
matemática, a la filosofía, a la metafísica, a la teología y por fin a su
destrucción. Después de esa destrucción, la obra de Ionesco presiente la vuelta
del hombre a la barbarie (de ahí que -en la versión de Alexandro-
el Profesor, después de dar muerte a la alumna, se quitara el revestimiento que
habla empleado para ejecutar ese acto, inclusive violatorio, y quedara cubierto
con una especie de piel de mono) y al llegar otra alumna, deja adivinar la repetición
de un nuevo ciclo, que conducirá a otro, y a otro más, y así hasta el infinito.
Nada de esto fue expresado por la
dirección de Mauclair (ni de esto, ni de ninguna otra
cosa). Si hubiera hecho una lectura de la obra con todo y acotaciones, tal vez
habría resultado más interesante.
Recordé la magia de aquel decorado de
engranajes meyerholdianos, y aquella silla rodante
con brazos que apresaban a Betty Sheridan, y aquel dolor, y aquella angustia
que iba provocando Ancira en la alumna, y entonces, Cuvelier y Thérése Quentin me parecieron dos escolares recitando una lección a
su maestro. Cuvelier es un actor que posee una
naturalidad admirable, pero en esta obra, esa naturalidad no funciona, o al
menos, el director no la hizo funcionar. La diferencia entre Betty Sheridan y Thérése Quentin, y entre Carlos Ancira y Marcel Cuvelier es
abismal. Diferencia de sentido, de profundidad, de impacto. Y es que en la
dirección de Mauclair faltó una intención. Y un arte
que carece de intención, carece de su propia sustancia.
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