diorama teatral
el rey por mara reyes
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Teatro Jiménez Rueda.
Autor, Ionesco. Compañia de Jacques Mauclair. Dirección de Jacques Mauclair. Decorado y trajes, Jacques Noël.
Música, Georges Delerue. Reparto: Jacques Mauclair, Tsilla Chelton, Eugène Marrel, Marcel Cuvelier, Thérése Quentin y Marcel Champel. Estreno: 3 de julio de 1968.
Todo un
acontecimiento en el ámbito teatral, ha sido la llegada a México de Eugène Ionesco, y la presentación de tres de sus obras: El
rey se muere, Las sillas y La lección, por la
compañía francesa de Jacques Mauclair. Compañía que
cuenta con un repertorio de 29 obras, todas dirigidas por Mauclair y entre las que figuran obras de Molière, Pirandello,
Dostoievski (en adaptación de Mauclair), Adamov, Chejov, Brecht, Giraudoux, Shakespeare, Lorca, Shehadé,
Claude Magnier, Miguel Mihura,
Pierre Gasear, Labiche y, por supuesto, Ionesco
y el propio Mauclair, quien también es autor.
La posibilidad de comparar alimentó
aún más la expectación en nuestra capital, dado que las tres obras que trae la compañía,
han sido ya montadas en México, y las tres, fueron dirigidas por el más discutido
de nuestros directores: Alexandro Jodorowsky.
El enfoque que hace de El rey
se muere Jacques Mauclair, es totalmente
diferente del de Alexandro. Y la diferencia se hace
patente desde el momento en que se abre el telón y aparece la escenografía de
Jacques Noël. La acción, que en la visión de Leonora
Carrington (creadora de la escenografía en el montaje de Alexandro),
sucedía bajo la mirada de unos buitres que oteaban ese mundo en descomposición,
se desarrolla, según el punto de vista de Jacques Noël, en las alturas de una
especie de catedral. Y al fondo, en vez de la esfera móvil de Leonora, el
estatismo de unos vitrales. Esta diferencia escenográfica señala de manera
determinante la distinta actitud con que fue abordada la obra. En la versión de Alexandro, todo dependía del movimiento. En la de Mauclair, todo se desenvuelve dentro de un mundo quieto y
dogmático. De ahí que, por ejemplo, en la escena del corazón, lo que para Alexandro fue un latido que hacia convulsionarse todo el
escenario, para Mauclair, fuera una palpitación
invisible, que sólo se dejaba presentir a través del sonido. Y que los momentos
en que se escucha el retumbar de ese mundo que se desmorona, fueran resueltos
por Alexandro a través de luces y desplazamientos de
los actores; y por Mauclair, en cambio, a través de
composiciones de rigidez escultórica.
Para Alexandro,
el rey Berenger es la angustia y a la vez la parodia
de esa angustia. La tragedia del rey que se enfrenta a la muerte, se desploma
en el ridículo. Para Mauclair, Berenger no se burla de sí mismo, por lo contrario, busca lo sublime. La tragedia
planteada por Mauclair se redime con la elevación. La
planteada por Alexandro, se libera al tocar la cima.
Es por eso, que al final, al encuentro con la muerte, el Berenger de Alexandro, sonríe de cara a la Libertad. Y el Berenger, de Mauclair, queda encerrado
en un hermetismo beatífico.
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Los seis actores que toman parte
en la representación son excelentes. El estilo de su actuación es homogéneo y
saben servirse de los efectos, sin que se note que son efectos. Conocen el arte
de proyectar ese tipo de chiste ionesquiano, de
trascendencia dolorosa, que hace tan particular el teatro de este autor. Saben
crecerse y disminuirse, según quien lleve la melodía. Es una compañía que posee
abundancia de recursos y que constituye un conjunto armónico en el que todas
las partes están al servicio del arte.
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