Se Alza el Telón
Malkah Rabell
Una Madre Coraje en una segunda visión
Eran las cien representaciones en la sala Julio Prieto, con un teatro repleto de un público emocionado. Y de repente nos encontramos delante de una nueva visión: una Ofelia Guilmáin desgarradora, rodeada de un conjunto donde cada uno daba lo mejor de sí mismo, donde cada uno se arrancaba el alma como para demostrar a Bertolt Brecht que la frialdad no sirve, que el actor no debe alejarse indiferente, sino acercarse y tragarse a su personaje, y devolverlo al espectador transmutado por sus lágrimas y por su sangre.
Aquella noche todos parecían transformados por sus luchas interiores, subjetivas: Los dos hijos de Madre Coraje: Óscar Narváez en "Eifil", y Josefo Rodríguez en "Caradequeso" de pronto emocionaban y nos provocaban una inmensa piedad cuando los veíamos arrastrar el carromato: Lucy Guilmain como la hija muda de "Coraje", que enmudeció porque en tiempos de guerra unos soldados le llenaron la boca de estiércol, estaba espléndida con ese dramatismo sin palabras, de ser indefenso, actuando tan sólo con los ojos, con la cara y con todo el cuerpo, con su miedo y con su heroismo entregando su vida para salvar a un pueblo desconocido.
¿Y qué decir de esa gran actriz que es Ofelia Guilmáin? Es de las pocas intérpretes que pueden actuar con igual arte tanto en las partes cómicas como trágicas; hacía reír sin esfuerzo, con una completa sencillez y naturalidad, y se transformaba con la misma naturalidad en la madre trágica ante el cadáver de su hijo asesinado, sin palabras, sólo con la tragedia en el grito mudo de la madre que debe callar para salver a lo que queda de su familia, la hija. ¡Espléndida!
Y así podríamos paso a paso enumerar a cada uno, sin olvidar al tambor, Arturo Albo, quien atraviesa de tanto en tanto el escenario con su cara de payaso trágico como lo es la guerra, y con su tambor, cantando; y al cocinero, Fidel Garriga, que canta y lo hace bien, con voz sonora. Muy amplio y numeroso es el reparto, en su mayoría formado por actores desconocidos y que sin embargo actúan sin fallas, correctos y hasta a veces perfectos en sus roles de mayor o menor importancia. Sobre todo no podemos ni debemos olvidar a Germán Robles, a ese extraordinario intérprete, aunque su papel de capellán que cambia de sotana ante la llegada de cada ejército distinto, ya sean católicos o protestantes, es frío y desagradable. Pero Germán Robles sabe darle interés.
Obra anti-guerrera, obra anti-bélica, lleva al escenario la contienda que en el siglo XVII trastornó la vida del pueblo polaco en lucha contra Suecia; querra de treinta años que arrastró a muchas otras potencias europeas. Todo ello en una versión del gran dramaturgo español, Antonio Buero Vallejo, y que en una adaptación y dirección de Gerald Huillier me pareció la más bella de todas las numerosas representaciones que he visto de la misma obra en distintos teatros y en distintos países. Una versión que llega al alma pese a todas las tesis brechtianas. Quizá lo único que encontré pobre fue la escenografía de Arturo Nava. Una escenografía que no reproduce la atmósfera de las llanuras polacas, esa lejanía que tienen las batallas, y creó un ambiente demasiado cerrado, bastante asfixiante por las cortinas que se abren y cierran dividiendo el escenario, de por sí demasiado reducido para las necesidades de la obra. En cambio están preciosas las canciones, sobre todo esa marcha que atrevesaba toda la representación. Canciones de Mauricio Rábago.
Ya hablé de la representación de Madre Coraje en otra oportunidad, cuando hablé de la belleza de la versión de Antonio Buero Vallejo y de la perfección de la dirección de Gerald Huillier, pero donde los actores se me hacían fríos, tal como lo exige el_ autor. Esta vez la frialdad había desaparecido. Lo que demuestra que para quienes amamos el teatro y queremos permanecer honestos con nosotros mismos, hace falta presenciar por lo menos dos veces la misma producción y no extrañarse si encontramos numerosos cambios que se deben a motivos subjetivos y objetivos. Otra sorpresa me causó enterarme que Madre Coraje —como la mayoría de las obras brechtianas— es debida a una adaptación del cuento de Johann Ludwig Runeberg: "Historia de la cantinera nórdica Lotta Svard" y que según lo transmite el programa de mano: "Brecht escribió en 1939 esta obra como crónicas y escenas de la guerra de treinta años, las que fueron reunidas por un grupo de exiliados en Zurich. Fue estrenada como drama en 1941...siendo recibida con pésima crítica por la prensa, pero magníficamente por el público..." Lo que se explica perfectamente por el estado de ánimo de un público de refugiados y de sin patria, en tanto la crítica lo sometió al ojo profesional. Desde entonces Madre Coraje, dio la vuelta al mundo con los mismos resultados: severidad de la crítica y entusiasmo del público. Sin embargo en la versión de Buero Vallejo la obra adquirió mayor perfección y sobre todo un tono de emotividad.