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Se Alza el Telón   

Malkah Rabell

Nuevas tendencias: de Contrabando a En un año de trece lunas

[Fotografía sin nota al pie. N. del E.]

 

La dramaturgia universal suele cambiar sus rasgos con rapidez. En los últimos años parecen haberse estancado sus transformaciones. Pocas eran las salas con obras novedosas. Estas más bien presentaban originalidades del pasado, muchas veces semejantes al "Teatro del Absurdo". Quien dio el primer brinco hacia la novedad en los años 90-91 en México, fue el dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda con su obra Contrabando, que se basó en dos monólogos que narraban el argumento y las palabras reemplazaban la acción, obra narrativa más que visual. Cuando se presentó semejante obra nos dimos cuenta que había nacido, surgido una tendencia renovadora, pero que en nuestro ambiente creador todavía no encontraba apoyo, fuera de ese joven dramaturgo, Víctor Hugo Rascón Banda. De pronto un melodrama: En un año de 13 lunas de ese extraordinario cineasta que fue Rainer Werner Fassbinder, fallecido hace unos años a la edad de 36 años en su país de origen, Alemania, se presentó en el teatro: Foro Shakespeare, y nos descubrió la fuente europea donde quizá bebió el autor de Contrabando. Lo que desde luego no quita ni pizca al valor del dramaturgo mexicano. Las influencias de las nuevas características y de las innovaciones no sólo son permitidas sino beneficiosas tanto para sus creadores como para sus seguidores. Probablemente tampoco Fassbinder sea el descubridor de esos nuevos rasgos y tendremos que buscar más lejos sus raíces.

También en Un año con trece lunas encontramos dos monólogos que narran casi durante toda la duración de la obra, los trágicos acontecimientos de la vida de un joven alemán, Erwin, quien desde su nacimiento ha sido víctima de las mayores desgracias. Pero sus rasgos más dolorosos y sus vivencias más hondas arraigan en el homosexualismo que lo marca para siempre, para todo el resto de su vida. El Foro Shakespeare ha sufrido durante varios años como una auténtica epidemia de obras debidas a protagonistas, directores y sobre todo autores homosexuales. Con la puesta en escena de Carta al Padre de Kafka, y a continuación de varias otras obras de fuerza dramática, como La señora Klein, Comala de un grupo brasileño, el maleficio parecía abandonar ese teatro que recuperó su normalidad y conquistó nuevos éxitos y un nuevo aspecto. Lamentablemente el destino del Foro Shakespeare parece ser el de conservarse como hogar de ciertos trastornos sexuales. Y el mal volvió al escenario de ese pequeño y simpático teatrito.

No sé si la creación de un "metro" en el escenario donde se desarrolle toda la acción de ese drama que a su vez se da a conocer a través de dos monólogos, teatro narrativo más que visual es debido a la fantasía de Fassbinder o a la concepción del adaptador, Carlos Téllez. Personalmente ese "metro" que crea un ambiente tan de nuestro tiempo, me encanta. Siempre me atraían las atmósferas caóticas de los metros, tanto en el cine como en el teatro, aunque en este último se ven rara vez. Es como si los entrecruzados caminos del mundo se fueran a unir en un punto determinado por donde circulan los seres humanos más heterogéneos: la monja y el mimo de cara embadurnada, el revolucionario combativo y la mujer serpiente, el bandido que huye y el santón en busca de reposo espiritual. Todos circulan a paso veloz por sus corredores y se pierden tras las puertas de los trenes, tras el aullido de sus sirenas y de su maquinaria. Quizá tiene poco que ver con la historia, pero crea una atmósfera adecuada y extraña. La única vez que he visto un vagón de metro en el escenario, fue en el Teatro Negro de Roi Jones, donde una prostituta blanca mata a un viajero de color que la ofendió al rechazarla. Lástima que Humberto Figueroa, el escenógrafo, tuvo que presentarlo sucio, oscuro y triste, tal como son los metros en Europa, o en los Estados Unidos. Metros de prolongada vejez. En uno de esos metros pudo morir Erwin, transformado en Elvira por el arte y magia de una complicada operación.

Dos actrices, Patricia Reyes Espíndola y Verónica Terán, tuvieron que entregarse dramática y disciplinadamente a sus personajes, que más de una vez realizaban escenas eróticas que más bien parecían pornográficas. Escenas desagradables y a menudo inútiles. Verónica Terán es una intérprete de muchos menos kilates que Patricia Reyes Espíndola y su tono es bastante monótono; Patricia Reyes Espíndola es sobre todo en su interpretación del personaje masculino que destaca. En cuanto a los hombres, Juan Carlos Beyer, Alejandro Moisés Kuri e Iván Bonilla, sus papeles son secundarios, pero no dejan de tener importancia en el desarrollo del argumento dramático, y es sobre todo Carlos Beyer que destaca por su excelente dicción.

De Rainer Werner Fassbinder ya hemos tenido la oportunidad de presencia en México otra obra con raíces homosexuales, pero en el campo femenino: Las amargas lágrimas de Petra Von Kant. Lo que agrega fuerza a la suposición de que el extraordinario cineasta, mucho más creador en el campo del cinema que en el teatral, tiene raíces arraigadas en un comportamiento sexual poco normal.