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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

Secretos de familia de Héctor Mendoza

Un hermoso espectáculo se presenta en el lejano (para mí) teatro Santa Catarina: Secretos de familia de Héctor Mendoza, en sus dos funciones de autor y de director de escena. La obra se basa en la historia mitológica de Agmenón, generalísimo de los ejércitos griegos, que salió de su país para conquistar Troya Y al volver a su hogar, después de diez años de ausencia es asesinados por su mujer Clitemnestra y el amante de ésta, Egisto. La obra empieza por una escena cuando los dos personajes, el rey y la reina, pelean por el Poder. El terrible poder por el cual tanta gente pelea y mata y envía a la muerte en los campos de batalla a generaciones enteras. Poder que lamentablemente no termina en las sillas de los gobiernos sino que existe hasta en la mente del más humilde que lo ejerce sobre su mujer o sobre su perro.

Héctor Mendoza moderniza el tema por ciertas escenas entre la madre y la hija, entre Clitemnestra y Electra, cuya psicología parece salir del consultorio de un psiquiatra actual, y aún no recuerda nuestros pleitos con nuestras madres o con nuestros hijos: "¿Por qué me odias? ¡No! una madre que ama a sus hijos no puede ser una mala madre" Lo que es una perfecta falacia. Las peores madres son aquellas que pretenden amar excesivamente a sus hijos, y sobre todo a sus hijas, a las que no dejan vivir. Madres que suelen llamarse "posesivas". Kundera las ha pintado con mucha inteligencia y conocimiento en algunas de sus novelas.

Para su espectáculo Héctor Mendoza reunió un grupo de excelentes actores. Las dos figuras femeninas que más destacan son las de la madre-reina y de la hija-Electra, con Delia Casanova en el primer papel y Blanca Guerra en el segundo. La Casanova, podemos llamarla así, como se dice de las grandes intérpretes: la Bernhard o la Duse. Pues la Casanova resulta grande en el extremadamente complejo papel de la esposa asesina y de la madre corrupta. ¡No! no es malvada, más bien resulta inconsciente de sus degeneraciones y se cree víctima. Otra gran intérprete es Blanca Guerra, que me imagino se dejó consumir de hambre durante algunos meses para representar con mayor naturalidad a la joven desnutrida debido a la avaricia de la madre.

En el papel de Egisto, personaje episódico que sólo aparece en el prólogo, o mejor dicho en la primera escena, el joven actor universitario David Ostrovsky se mostró muy sugestivo fisica y dramáticamente. En cuanto a Hernán Mendoza, quizá en la escena del llanto debería llorar menos, pero se le perdona por su extremada juventud, y porque en ese papel del hijo, Orestes promete mucho. Y hasta para un papel de muy poca prosa, el director eligió a una actriz tan conocida como Ana Bertha Espín. Mucho menos conocida es la muy juvenil actriz Claudia Ramírez, muy adaptada a su personaje de hija de una familia mexicana en cuyo seno parece haber sucedido la misma tragedia que a la familia real de Micenas, cuyos hechos la joven cuenta a su amiga que parece haber sido no sólo la secretaria de su padre, sino su amante.

Y asi tenemos un doble juego en el escenario dividido en dos áreas, en dos tiempos, el actual y el del mito al cual asisten las dos protagonistas contemporáneas mudas e invisibles. El autor y director llama a la parte moderna: el nuevo coro, y agrega en su introducción al programa de mano: "su forma es distinta; su función la misma".

Uno de los rasgos llamativos en ese interesante espectáculo es el vestuario debido a Patricia Eguía. Vestuario que reúne dos mundos, dos modas, la de hoy y la de los tiempos antiguos. Lo que crea algo muy extraño. Quizá debido a que el director quiso subrayar la existencia de los dos tiempos en la representación.

En resumen, un bello espectáculo, tanto en sus valores estéticos como dramáticos, tanto en su texto como en su interpretación y puesta en escena.