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Teatro leido

La trilogía de Jesús González Dávila

Malkah Rabell

El caso de Jesús González Dávila no deja de ser extraño. Aunque aparece como parte intrínseca de la "Nueva Dramaturgia Mexicana", ya se presentaron obras suyas por los años 1970, como su Fábrica de Juguetes. A veces se le reprocha su insistencia en los recuerdos del año 68. Sin embargo, si semejantes rasgos los encontramos en obras suyas que apenas ven la luz y la difusión pública actualmente —como su Trilogía, editada por la "Universidad Autónoma de Puebla" sospecho que han sido escritas hace ya bastantes años, cuando la tragedia de Tlatelolco estaba en pleno recuerdo, y Dávila ya como artista, ya como hombre sensible, se vio trstornado por tales acontecimientos. Tampoco se debe —creo—su defensa del homosexualismo a la "moda" de los últimos tiempos, sino a una personalísima visión de la vida para la cual exige libertades. Ya que estoy casi convencida que una de las tres obras, de su Trilogía: Pastel de zarzamoras, y probablemente las otras dos, ya tienen bastantes años de existencia. Aunque precisamente en la actualidad el homosexualismo está a la orden del día. Y sobre todo los que lo defienden ven en ella una causa personal. Lo que no es el caso de Jesús González Dávila.

Lo extraño, lo misterioso en la creación de Jesús González Dávila, es su estilo. aunque no deja de ser un dramaturgo figurativo, hasta realista, la atmósfera de sus obras es asfixiante, tan fuera de lo común, como si fuera abstracta. Sus temas son tal vez los habituales en muchos otros dramaturgos nacionales. Son temas que pertenecen al ambiente de nuestra clase media. Pero su estilo no lo es. Dávila empezó a escribir para niños y sobre niños en un lenguaje de acertijos. Los niños no lo comprendían, y a veces tampoco los adultos. Es el misterio su mayor fuerza. Sus personajes, niños o adultos, nunca son reales. por lo menos son ajenos a la lógica corriente. Parecen como flotando en el aire, en la nada, como la ballena voladora inventada por Virginia, la hermana de la protagonista de Pastel de zarzamoras. Virginia es un personaje que nunca aparece en el escenario, y no obstante es más viva que la propia protagonista, la madre de René, a quien el autor no da nombre, simplemente la designa como la "madre". Virginia está viva y tiene amores y amantes que cambia constantemente. En tanto la "madre" es una muerte que camina, y ya no encuentra en sí misma ninguna atracción, ningún interés para nada ni para nadie, ni siquiera para su hijo, René, y según dice el amigo de éste, Mauricio: "La madre es la que mejor nos conoce, sobre todo en nuestras limitaciones. Y en el fondo la que menos confía en nuestro potencial por desarrollar."

González Dávila está como poseído por el recuerdo

de la Noche de Tlatelolco, como si en su vida nunca hubo de enfrentar nada más fuerte, ni más trágico, ni más horrendo. No son sus protagonistas que encuentran su savia en el Nocturno Tlatelolqueño, sino él mismo que ha de colocar a sus personajes, de una manera o de otra, en esa luz. Y tal vez ahora, después de la Tragedia Nacional del jueves 19 de septiembre, para González Dávila se va a descubrir un misterio de nueva dimensión, que le va a hablar con la inmensa voz de la tierra con la voz telúrica.

Formada la "Trilogía" por: Pastel de zarzamoras; El jardín de las delicias. y La muchacha del alma, la segunda Premio SOGEM, y la última premio "Rodolfo Usigli de la UNAM", la primera obra nos enfrenta al despotismo paterno, el macho que amenaza con matar al hijo si le resulta un "joto", un "marica". En la segunda obra: El jardín de las delicias, el protagonista ha de luchar contra su propio caos mental, que en realidad tiene muy poco que ver con el año 68, con Tlatelolco y puede suceder en cualquier época y en cualquier ambiente. Pero el drama presenta una atmósfera que hace pasar un escalofrío por la espina dorsal; atmósfera que la dirección de José Estrada, quien montó la obra en el teatro Wilberto Cantón, llevó a la máxima tensión, con un grupo de excelentes actores entre quienes destacaba en la figura central ese gran comediante que es Sergio Klainer.

En cuanto al tercer drama: La muchacha del alma, que para mi gusto es el más flojo de los tres, y se desenvuelve en plena noche tlatelolqueña, o por lo menos en pleno movimiento estudiantil, nos introduce en el seno de un grupo juvenil que demuestra una enfermiza tendencia a mezclar la revolución con la marihuana y el alcohol. Y cuando no beben o no fuman, no funcionan.

Jesús González Dávila tiene una espléndida manera de usar los diálogos. Estos no llaman la atención por su significado argumental, sino por su legalidad rítmica y por el manejo del lenguaje juvenil, que sobre todo se destacan en La muchacha del alma. Son esos diálogos que crean una atmósfera e imponen el ambiente. El autor tiene la costumbre de agregar a los nombres propios algún adjetivo no muy agradable, como "mugre Estela", o "pinche Chacha", o "pinche Cherna". Pequeños medios que invisiblemente van uniéndose y llegan al clímax, y dan a las obras de Dávila un "algo" muy especial. Un dramatismo misterioso y raro, difícil de encontrar en otros dramaturgos mexicanos y hasta en los ajenos a nuestro idioma y a nuestra escena.

Felicitamos a la Universidad Autónoma de Puebla por haber unido su voz a la de otros editores mexicanos que publican con rapidez y seguridad una literatura dramática nacional para leer.