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Se alza el telón

Una obra extraña: La checada de Tomás Espinosa

Malkah Rabell

La burocracia es bien conocida internacionalmente por los daños que causa en la sociedad donde se engendra. Son daños externos, causados al país, al colectivo nacional, a la masa del pueblo que a diario ha de recurrir a los burócratas. Tomás Espinosa en su obra que lleva tres títulos: La checada, o María o la sumisión, y a la cual yo le agregarla un cuarto título, simplemente Los burócratas, nos da una imagen que desconocemos, porque es interna, en lugar de externa; en lugar de explicarnos las razones de los daños que causa a la sociedad externa a la cual ha de atender, dedica su texto de tres largos actos, al negativismo que crea dentro de sus propias células, dentro de su propio mundo interno, por razones que no siempre conocemos, y que yo, personalmente, desconozco del todo.

Y ese daño, es negativismo creado a su propia gente llega a las máximas repugnancias, a las mayores violencias. Los funcionarios se devoran entre sí, como gusanos carnívoros, se destrozan, sumisos a la obediencia de los de arriba. Y pensamos que esto puede suceder en cualquier grupo de convivencia o de trabajo colectivo, hasta en un convento. Si en una fábrica de muebles, por ejemplo, uno de los obreros trata de construir muebles bellísimos, y los demás se lo pasan haraganeando, perdiendo el tiempo, forzosamente han de tratar de anular a su compañero constructivo y positivo para que no les haga sombra. Y su creatividad es anulada, destrozada desde arriba, por órdenes de los jefes, sin mirar cómo llegarán a esa destrucción. María, burócrata llena de posibilidades, es uno de esos elementos positivos que trata de crear en medio de un ambiente de nulidades, y su destrucción es de inmediato impuesta.

Esa visión novedosa de su vida interna que Tomás Espinosa trata de lanzar sobre un conjunto de elementos famosos por su negativismo externo, Espinosa la realiza con un método artístico violento y rebelde, que arroja lejos de sí todas las conocidas creaciones dramáticas, todos los métodos clásicos y tradicionales que suprimen la unidad escénica e imponen en cierto modo un conjunto de sketches. Es cierto que no logra del todo el triunfo. Hasta cierto punto fracasa. Y caso extraño, lo que más llega a molestar al auditorio, son las escenas más fuertes, más dramáticas, más interesantes y mejor logradas, pero también las más desagradables. Recordemos que cuando surgió el "Teatro del Absurdo", Beckett y su Esperando a Godot recibieron puñaladas de todas partes. Salvando las distancias, algo semejante le sucede a la obra del muy joven autor-poeta, Tomás Espinosa. Yo misma al finalizar la representación de La checada, cuando alguien del reparto me preguntó: "¿Que le pareció el espectaculo?", le respondí indignada: "Me pareció la obra más desagradable que he visto en mi vida." Tuve que reflexionar muchas horas, para llegar a otros razonamientos.

En cuanto a la creatividad dramática del actor y del director, hemos de admitir que una obra cuando disgusta a una mayoría del público, de poco sirven todos los esfuerzos del director, de los actores y de todo el conjunto técnico. El joven metteur en scene, Morris Savariego trató en vano de introducir toda clase de elementos novedosos, de dar lugar a la música que resultaba bastante corriente; un popurrí de canciones de moda, cantadas en la calle; a una escenografía de Carlos Trejo, no sólo funcional sin imaginativa; a luces muy bien manejadas.

He oído opiniones que trataban de echar toda la culpa del disgusto por la obra, por lo desagradable de ciertas escenas, al director de escena. Lo que es absolutamente absurdo. Savariego ha manejado a sus intérpretes con mucha habilidad, y su conjunto ha dado lo máximo a lo que se presta la obra. Es imposible mencionar por seprado a cáda intérprete, por realizar cada uno de éstos varios papeles. Recuerdo al conjunto como un grupo excelente, que cantaba, bailaba y actuaba con mucho temperamento y disciplina. Quizá la menos débil del reparto fue precisamente la primera figura, Sara Zúñiga, en el papel de María, la única figura positiva, a quien se le exigen excesivos valores interpretativos.