(Taller Dramático de
Cuba)
Teatro Jiménez Rueda.
Autor, Manuel Reguera Saumell. Dirección, Gilda
Hernández. Escenografía y vestuario, Manuel Barreiro. Asesoría musical, Héctor
Angulo. Reparto: Taller Dramático de Cuba: Miguel Navarro, Amelia Pita, Magali Boix, Yolanda Arenas, Juan Troya, René de la Cruz, Helmo Hernández, José Hermida y Albio Paz.
Sobre los postulados
e intenciones del Taller Dramático de Cuba, ya se habló el domingo pasado en
este suplemento, por lo que limito ahora mi comentario específicamente a la
primera obra que este grupo cubano representó en la ciudad de México.
En La soga al cuello,
el autor describe con rasgos humorísticos, el derrumbamiento de una burguesía
que se aferra desesperadamente a los viejos moldes sociales. La obra se inicia
en el momento en que la familia sufre los estragos de la revolución. La
fábrica de la que es dueño el padre,
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diorama teatral
la soga
al
cuello
por mara reyes
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ha sido confiscada por el gobierno. El hijo mayor,
único partidario de la revolución dentro
de la familia, ha sido nombrado “administrador” de la fábrica, para bochorno de
los demás parientes. Y el padre, ante el confrontamiento de su soledad, ya que ni su mujer ni sus hijos, lo comprenden; y el reconocimiento
de que ha traicionado a su clase -ya que de trabajador se convirtió en explotador
de trabajadores- se ha suicidado.
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Y mientras él está colgado de
una soga, la familia, lidereada por Cuca (la esposa o
madre, según se vea, figura dominante de la familia), trata de hacer aparecer
la muerte de su marido como una muerte natural, para evitar el escándalo
social.
Cada miembro de la familia
representa aspectos diferentes de esa burguesía. Cuca, la esposa, interpretada
por Magali Boix, es la mujer con resabios
aristócratas, que desprecia al marido, al que debe
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su posición acomodada, pero que no pertenece a una
familia de abolengo como ella. Cuca ha olvidado la ruina económica de la que él
la sacó, pero sí le recuerda a él -siempre que halla ocasión-
su extracción campesina, como si se tratara de un pecado imperdonable.
De los hijos, el mayor, Carlos
Federico, interpretado por Helmo Hernández, es el
único que ha hecho causa común con la revolución. Es el hijo que ha trabajado
codo con codo junto a su padre, en la fábrica, y el que sirve de contrapeso al
autor para equilibrar la balanza ideológica. Es el que, en nombre del autor,
lleva la tesis de la obra, criticando a su padre (más bien padrastro, según la
anécdota) el no querer comprender al nuevo régimen, siendo que él sufrió en
carne propia las consecuencias de tener que gastar toda una vida para poder
llegar a tener al final una vida desahogada.
Los otros hijos, simples
parásitos, así como los demás parientes, ligados a la Iglesia, completan el
cuadro familiar, aportando cada uno una visión diversa del problema, pero
siempre desde dentro de esa clase social que en su desintegración es capaz de
cualquier indignidad con tal de “salvar las apariencias”.
El tratamiento de la obra es farsístico, con intromisiones de escenas realistas, en tono
de pieza. O sea que todo lo que se desarrolla en presente, es farsa, con
despliegue de humor negro, y las rupturas de tiempo, en su mayoría, son escenas
de aclaración o denuncia, donde los caracteres se manifiestan de una manera más
realista. Esta alternancia de farsa y pieza está muy bien realizada y el público
es llevado y traído de un tono a otro sin que se rompa el equilibrio.
La directora de escena, Gilda
Hernández, logró momentos de muy buena factura, así como los actores, entre los
que destacaron fundamentalmente: Miguel Navarro y Amelia Pita.
El grupo, en su conjunto,
adolece de una influencia
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-nefasta en mi opinión- del antiguo teatro español. Los actores -salvo
Miguel Navarro- no han dado el salto definitivo entre la vieja escuela de
actuación (y de dirección) y la nueva técnica. Esto es una lástima pues a una
época revolucionaria, en la economía, debe ir aparejada una revolución
cultural, y no es ese teatro, ni esa técnica de representación, lo que estamos
esperando de ellos.
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