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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

Una tragedia antibélica

—Segunda parte—

No es obra antiguerrera en el sentido estricto de la palabra, ya que Raynal considera deber de ciudadano ir a las primeras filas del frente, deber y nada más. Nada de aquel entusiasmo bélico, de aquella embriaguez guerrera de la generación anterior al 14. "La llama guerrera sólo la hallarás en la retaguardia..." responde el soldado al "viejo" (act. I) cuando éste le exige mayor "entusiasmo fiero y ardiente". No es precisamente una obra antimilitarista, ni siquiera pacifista, sino tan sólo rebelde. Pero hay tal magnitud —desbordamiento intimo, concentrado— de odio y repudio y desesperación y angustia contra la razón de la sinrazón de la guerra, de todas las guerras, en el grito del entonces muy joven autor que transforma su obra en alegato antibélico; repudio del soldado contra la retaguardia donde a la lumbre pueden tejerse pacíficamente sueños de gloria, en tanto el soldado se arrastra en el lodo de la trinchera entre cadáveres de ratas y vísceras humanas; repudio del joven contra los viejos, "los que deciden las guerras" (Act. III) y lejos del frente se enorgullecen del heroismo de sus hijos, y en ausencia de la juventud gozan de los privilegios de ésta: sueños de gloria en chinelas. Más, también destila amor, inmenso amor del soldado, del hombre y del joven para con sus hermanos soldados, la cofradía de los condenados a muerte.

Raynal odia la guera, pero ama al soldado; no al soldado ídolo de las imaginaciones romancescas, sino a la víctima expiatoria, inocente que cumple con su deber sin alarde, sin fanfarronerías, y que sin rencores muere en silencio, en el anonimato. Ama a los soldados hacia quienes lo unen "la conmovedora, la terrible, la tierna solidaridad entre soldados." (Act. III). Desdeña los honores, las estrellas y las medallas: "La guerra establece las más falsas, brutales, salvajes jerarquías, las jerarquías en sentido inverso de las almas." (Act. II). Desdeña la gloria: "la guerra perdió su prestigio de bestia feroz y magnífica..." Y con ello perdió su prestigio el heroismo espectacular.

Sin embargo nadie más heroico en su sublime silencio, en su sacrificio anónimo, que aquel joven soldado sin nombre, simplemente él de la Tumba bajo el Arco de Triunfo, que acepta la muerte sin buscarla, sin desearla, pero sin rehuirla. Muerte aceptada voluntariamente por un beso de mujer, por el amor de Aude, que ya no lo ama, Aude que es Francia, pero también es mujer y olvida a los ausentes. He ahí una muerte digna de un caballero del Medioevo, que acepta jugarse la vida por una sonrisa de su dama, y un concepto digno de un romántico, y de ahí un doble simbolo. "Morir de amor, muriendo por Francia..." (Act. II).

Raynal sueña con una paz en el amor, y no en el odio, amor por el cual dan gustosos sus sangre los soldados en el frente: "Toda muerte de soldados es una muerte de amor..." Y sólo piden en premio, el recuerdo de las generaciones venideras. "Guarden nuestro recuerdo, la gente del frente os lo suplica..."

Por más hondo que fuese el abismo entre retaguardia y frente, el soldado eleva al viejo padre y a la novia hacia las alturas de su propio sacrificio, haciéndolos dignos de él, haciéndolos dignos de llorarlo cuando él ya no esté.

De ningún modo son símbolos vacíos de contenido humano. Raynal logra insuflar a sus personajes simbólicos pasiones de seres vivientes, de seres fuertemente individualizados. Sus estatuas de mármol cobran vida intensa, vibrante bajo el soplo creativo, infinitamente tierno y humano, del autor. Con un arte depurado, una prosa poética casi parnasiana a fuerza de pureza escultural, con medios casi antiteatrales por tan literarios, sin proponérselo, Raynal logra conomover hasta las lágrimas y transmitir al espectador —y al lector— la profunda congoja del soldado. Nada más conmovedor que la última escena del segundo acto, entre "Ella" y "El", cuando el soldado, tras elevarse hasta la máxima altura del coraje viril del heroísmo moral, siente de pronto como el valor lo abandona ante la joven dormida, y él, que jamás vertió lágrimas: "llora... llora... llora..."

En su búsqueda por renovar la tragedia con medios propios, Raynal llegó a una poética que no tiene precedentes en ninguna tradición: nueva de formas, de sensibilidad, de arquitectura y de acción. Arte parnasiano del verbo aunado a una sensibilidad lírica digna de los mejores románticos. Por eso no hubo en aquella noche de estreno en la Comedie Franpaise batalla entre diversas escuelas estéticas, nada de lucha de penachos y chalecos colorados como lo hubo en la noche de Hernani. Era, más bien una generación que contemplaba —una desde los palcos y otros desde las gradas— lo terrible que ha hecho y que le han hecho y mientras unos se indignaban, otros lloraban ante la requisitoria, como un epitafio sobre la tumba del soldado desconocido: "En el gran camino de la historia, en el recodo del siglo XX, se verá el pesado cadáver de una generación, tal como en el cruce de dos rutas se ve a veces el cadáver corrompido de un perro... ¡Y eso es todo!"

Y el último, el generoso adiós del combatiente, el adiós de amor y de perdón: "Sed feliCes!"