Se Alza el Telón
Maikah Rabell
Una tragedia moderna antibélica
—Primera parte—
Las batallas en el teatro oficial francés no han sido frecuentes, pero sí violentas. Esporádicamente una obra audaz trastorna todos los convencionalismos y da origen en doloroso alumbramiento a una estética y a una ética renovadas. En 1636 La batalla del Cid trajo al escenario del Hotel de Bourgogne —donde prevalecía la imaginación bastante pálida del poeta Hardy —las formas de la tragedia clásica y el espíritu de la Fronda. A su vez La batalla de Hernani arrojó al cesto la elegancia refinada y a la peluca cortesana de Racine. Más tarde, en la primera década de la posguerra del 1914-18, un joven autor, Paul Reynal, con una obra extraña e inquietante: La tumba bajo el Arco de Triunfo, volvía a despertar el desasosiego del público de la Casa de Moliere.
Raynal, quien a la sazón contaba con 24 años, había hecho sus primeros pasos en la dramaturgia unos años antes, en 1920, sobre el escenario del Odeón, con un trivial drama de amor: El dueño de su corazón, donde nada permitía adivinar al recio autor de esa marmórea tragedia moderna: La tumba bajo el arco de triunfo.
Entre las diversas inquietudes literarias de la época la tentativa de remover y modernizar la tragedia antigua tuvo al principio del siglo fervientes partidarios en Poizat, Planchaud, Feladan, y voivia por sus tueros en el escenario francés tanto en traducciones como en adaptaciones de Shakespeare, de Esquilo, de Euripides, así como en obras originales. Raynal se hizo el alma de tal tentativa. Mas, en tanto, la mayoría de sus cultores llegaban hacia la tragedia a través de temas de la antigüedad, de la historia y de las Santas Escrituras, dándoles una interpretación moderna y aplicando procedimientos de teatro contemporáneo, Raynal buscó introducir al espíritu del héroe antiguo en una ambiente contemporáneo, con algunas de las fórmulas caras a los clásicos del gran siglo francés. En tanto los modernos creadores de la tragedia insuflaban al héroe histórico alma cotidiana de hombre contemporáneo, Raynal trataba de insuflar a un protagonista contemporáneo alma excepcional, heroica, por encima del común de los mortales.
Es en Corneille donde la concepción dramática de Raynal tiene su más honda raíz. Como el maestro, busca lo sublime y da a la voluntad heroica su mayor beligerancia. Pero tal vez sea herencia raciniana la completa falta de acción externa en la obra de Raynal, como en el de Corneille —la tragedia representa los sentimientos humanos llevados a un plano superior y por ende multiplicados en su dinámica, liberados del realismo que los limita y elevados a una realidad absoluta, abstracta. En la tragedia, el hombre no aparece tal como es, sino tal como podría ser si por un esfuerzo de la voluntad pudiese elevarse hacia las alturas heroicas de alma. De allí que la tragedia busque como protagonistas a los héroes de la fábula y de la historia, ya que pueden prestar ese especimen de humanidad superior, el prototipo. Mas, Raynal, considera innecesario el disfraz histórico para llevar al escenario pasiones eternas y las presentes carentes de atavíos, sin artificios exteriores, desnudas en su fuerza moral. En cuanto a marco histórico, Raynal en su obra dramática no lo deja en olvido, pero, siguiendo con ello una tendencia generalizada de teatro contemporáneo, ubica en tal marco sus obras de tono festivo, y con figuras destinadas por la tradición a la poética seria, crea caracteres amables, cuando más tragicómicos. A la imagen aceptada por el dogma de un Judas Iscariote diabólico, enfrenta otra nueva en II a souffert sous Ponce Pilate, la de un Judas canderoso, pobre diablo, víctima inocente de las tretas de los grandes sacerdotes del Sanedrin. En su Napoleón unique abundan las escenas festivas entre el emperador, la emperatriz Josefina y el ministro Tayllerand.
En 1942, la Comedia Francaise representaba por vez primera la segunda obra del joven autor: La tumba bajo el arco de triunfo. Tragedia en tres actos interpretada únicamente por tres personajes simbólicos: un soldado francés, el viejo padre y Aude, la novia, joven de 20 años, cuyo nombre suena a Oda (Ode), a poema heroico, Raynal había hallado el tema a la altura de su maestría y digno de la nobleza del género.
Colocados sus personajes en un plano ultrahumano, son entes cerebrales que hablan en un lenguaje magnífica y a la vez convencional. Una prosa poética con exceso de verbosidad, de adjetivos y de metáforas, pero de una musicalidad y grandiosidad wagneriana. Y una cadencia de alejandrinos. Raynal no busca lo natural, sino lo sublime. No pinta al combatiente, sino el alma misma del combatiente hecha carne y sangre: el alma de un nuevo tipo de soldado francés —y quizá universal— que junto al quepis bordado y al pantalón rojo, abandonó la fantasía soldadesca y el humor pálido y desnudo, tranformándose en el combatiente del siglo XX, el héroe de dolor, silencioso y anónimo, quien en una tumba común yace por Francia.
La segunda posguerra no ha brindado a la literatura ni al teatro ninguna —o casi ninguna— obra maestra donde campee el soldado como ente de trinchera y frente de guerra. Se han escrito obras de resistencia, de guerrilleros, de mártires, de torturados, o, torturadores, espectadores, de víctimas y victimarios; pero insignifiante ha sido la temática del soldado, empalideciendo el horror del frente ante los horrores de la retaguardia. En la literatura de la primera posguerra el soldado irrumpía con su sangre, amargura y sacrificio, como un alud irrefrenable y vengador. De todas las obras que la primera contienda mundial inspiró: La tumba bajo el arco de triunfo, tal vez sea la más bella, la más significativa y la más vengadora.