Repetidas veces he
sostenido que hay que romper esa barrera de indiferencia que los países
desarrollados tienen por Latinoamérica. A nuestro subdesarrollo económico se asocia
un supuesto subdesarrollo intelectual que no deja de ser un mito, nacido de
nuestra timidez y de un miedo enfermizo al ridículo que ha acabado por provocar
en esos pueblos una reacción similar a la que tiene una persona normal frente a
un mudo: acaba por acostumbrarse a su silencio y deja de interesarse en establecer
comunicación con él.
No
es sólo la barrera del idioma lo que hace que en Europa y en los Estados Unidos
no se conozca nuestro teatro (recordemos la confesión de Arthur Miller, en su
visita a nuestro país, de no conocer nada o casi nada del teatro mexicano),
sino esa especie de “complejo” colectivo de inferioridad que marca como con un
hierro candente toda nuestra conducta. Debemos rebelarnos ante ese trato
tutelar, como se rebela el joven que está por cumplir su mayoría de edad,
cuando sus padres lo tratan como si tuviera todavía diez años. Dentro de las
lides teatrales podrá existir aún un “subdesarrollo económico”, no
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lo niego, pero de ninguna manera existe ya el
artístico, en este terreno estamos viviendo una adolescencia rica en
experiencias y hallazgos. Es hora de afrontar nuestras responsabilidades y de
hacerle saber al mundo que estamos en posición de entrar al juego de los
adultos. Pero no va a ser en nuestra casa, sentados como en espera del maná,
como vamos a vencer en la lucha, hay que ir al campo de batalla y conquistar el
puesto que legítimamente nos corresponda.
Muy bien está la “Olimpiada
Cultural” que se efectúa en México, pero nuestra verdadera olimpiada está en salir
de nuestras fronteras con la antorcha en la mano y obligar a los pueblos del
mundo a conocernos.
Se han dado unos cuantos
pasos en ese sentido, el grupo universitario que fue a Nancy, por ejemplo, o
Carlos Ancira interpretando a Gógol en la misma patria de Gógol;
éstos y unos cuantos más han sido algunos tanteos para romper esa barrera. Ahora,
Carlos Solórzano acaba de hacer una nueva tentativa. El mes pasado se llevó a
cabo en Cleveland la Celebración Iberoamericana que tuvo como punto central la
representación de la obra
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