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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

Jean Anouilh, un gran hombre de teatro y su Medea

Hace muchos años, cuando yo todavía era una muchacha muy joven, me atreví —con esa audacia e inconsciencia de los jóvenes— a despreciar a Jean Anouilh, a quien consideré como una pálida sombra, como un débil eco de Giraudoux. Indudablemente, la influencia del poeta mayor sobre el joven escritor era grande, y tal como sugería Giraudoux también Anouilh dedujo que el escritor de teatro debe antes que nada crear una atmósfera poética y dar plena libertad a sus protagonistas a moverse en situaciones imaginarias, aunque fueran paradójicas y hasta locas o míticas. Y lo que más acercaba al joven dramaturgo a su maestro fue la influencia de los temas del éste. Pero si miramos de más cerca a uno y otro, hay en Anouilh un tal conocimiento del escenario un tal instinto de las necesidades del juego escénico para captar la atención del espectador y mantenerlo tenso, que muy pocos pueden igualar sus pasos, y hasta el autor del maravilloso drama La guerra de Troya no tendra lugar logra vencerlo. Y aunque la Medea de Anouilh esté basada en un tema clásico, sobre la Medea griega de Euripides, su voz parece absolutamente nueva y sus parlamentos, esos largos parlamentos suyos, se nos antojan oídos por primera vez y nos mantienen embrujados antes los acentos trágicos de la heroina. Y con toda humidad me inclino ante el gran hombre de teatro: Jean Anouilh.

Vi esa Medea de Anouilh en la 4a Muestra de Teatro Independiente sobre el incómodo escenario de Contigo... América, representada por un grupo llegado de Puebla conocido bajo el nombre de Salvador Novo. La primera sorpresa fue constatar que todos los personajes femeninos —que sólo son dos: la heroína y su nodriza— eran interpretados por hombres. Lo que nunca fue de mi agrado. Pero en la presente puesta es escena la interpretación de Víctor Puebla en el papel de Medea, fue de tal fuerza dramática, de tal intensidad, que pronto olvidamos el horrible atuendo que usaba Medea, fue de tal fuerza drámatica, de tal intensidad, que pronto olvidamos su sexo, para sólo detenernos subyugados en su actuación. Y olvidamos el horrible atuendo que usaba Medea que la hacían parecerse a una bruja de aldea fricana y que le dificultaba la actuación, con esos pantalones de hombre moderno que asomaban por la abertura de una especie de manto que se arrastraba por los suelos. Pantalones que no sabíamos a qué símbolo se debían, qué trataban de sugerirnos. ¿La protagonista los llevaba para recordarnos que se trataba de un hombre? Pues, ya lo sabíamos a los cinco minutos de encontrarnos en la sala. Mas, por fortuna, todo quedó olvidado, las prendas de vestir como la pobre escenografía, ante la voz esplendida de Medea, de Víctor Puebla que interpretaba el papel de la primera figura, con unas modulaciones y unos cambios de vocalización de gran actor (¿o debo decir de gran actriz?), con sus pausas actuadas por el cuerpo, con sus silencios llenos de sugerencias. Sus larguísimos parlamentos, tan poéticos y tan difíciles, se nos hacían monólogos, y la hora y media de duración de este acto único se nos hizo corto.

En el papel de Creón, el rey, con su energía y sus dudas, Marko Castillo estaba muy correcto, comprensivo para la complejidad del personaje. Aunque físicamente apropiado para su papel de Jasón, el hombre que abandona a Medea para casarse con la hija de Creón, Amancio Orta resultaba algo monótono con su pronunciación de un solo tono. Los demás son papeles secundarios, salvo la nodriza, Casio Lara Gazdam, igualmente representada por un protagonista masculino, no daba el tono dramático del papel, ni su naturalidad.

En cuanto a la dirección se debe al colectivo. En lo que no creo. La dirección debe ser de un solo director, de una sola mano con conocimiento de esta actividad. Por fortuna, entre el texto de Anouilh y la actuación de Víctor Puebla la representación fue todo un triunfo.