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Se alza el telón

 

Malkah Rabell

 

Lo mejor del teatro universal en México 1990

 

Tercera parte

 

Después de revisar —bastante superficialmente— el repertorio mexicano que pudimos presenciar en el escenario nacional en el transcurso de 1990, nos falta echar una mirada sobre las obras universales que se presentaron en el escenario de México en este 1990.

La primera obra que se me ocurre es sin duda: La Sra. Klein, del autor inglés Nicolás Wright, que se basa en un tema bastante usado del amor-odio entre madre e hija, pero que cambia totalmente el hecho de que se trata de dos científicas, de dos psicoanalistas, y ambas son famosas y personajes de la vida real. Carente de acción, la obra interesa, y hasta apasiona por los detalles de la profesión de madre e hija, y a menudo hace reir por las absurdas ideas piscoanalistas que expone sobre todo la madre, la doctora Klein, que aún se aferra a un psicoanalisis ya envejecido. Tal vez la obra de Nicolás Wright hubiera parecido algo rara y árida si no fuera por la estupenda actuación de las tres actrices: Ana Ofelia Murguía como la madre; Delia Casanova como la secretaria de esa, y Margarita Sanz como la hija de la misma doctora Klein, pero mucho más avanzada científicamente que su madre. Las tres figuras le debían mucho a la dirección de Ludwik Margules , quien logró sacar desde lo más hondo de las tres sus mejores posibilidades, y aprovechar las áreas escénicas del renovado Foro Shakespeare.

Dos espléndidas muestras del teatro norteamericano fueron Atrapado sin salida de Dale Wassermann, y Aquel tiempo de campeones de Jason Miller. La primera nos introduce en un hospicio para enfermos mentales, cuyo ambiente es reproducido con una fuerza dramática que nos estruja el corazón y los nervios. Una de esta instituciones que en el mundo entero aún no aprendió a curar, pero ya sabe torturar. En los dieciséis papeles que forman el elenco, todo el mundo es excelente, perfectamente adaptados a sus personajes, a sus diferentes tipos y caracteres. Pero es sobre todo Ricardo Cortés, en el papel del reo que trastorna toda la férrea disciplina del manicomio, quien se proyecta como el mejor actor del año. Y si no recibe semejante presea sería una de esas injusticias que abundan, por desgracia hasta en las manifestaciones artísticas las mejor intencionadas.

En la misma representación algunos de los intérpretes se hacen aplaudir en personajes secundarios, como Eduardo Ocaña en el papel del jefe indio sordo y mudo, que sólo puede demostrar sus emociones con las expresiones del rostro. Otro a quien no se puede olvidar es Dino García como el tartamudo, a quien la propia madre encerró en esa casa de dolor, y quien empezó a tartamudear desde la primera vez que pronunció la palabra "madre". No podemos mencionar a todos, aunque todos merecerían una presea. Pero la que se impone como una primera figura —pese a lo desagradable del personaje— es Laura Zapata quien en su interpretación de la enfermera logra una frialdad altanera, una elegancia de mujer orgullosa y cruel, que nunca se deja ganar por la piedad. Es casi difícil reconocer en esa actriz tan dramática y temperamental en otros papeles, a la misma Laura Zapata.

Y así, con un conjunto de actores poco conocidos, el director Rubén Broido, logra con el drama de Dale Wasserman una puesta en escena brillante y conmovedora, en la cual cada actor logra imponer una interpretación perfectamente personal.

Otra obra que reúne un conjunto de excelentes actores, éstos todos muy conocidos, es el drama Aquel tiempo de campeones, drama que arranca la máscara de todas las hipocresías sociales y políticas que desnudar la vida de una pequeña ciudad en el vecino país. Los cinco campeones de quienes trata el autor con futbolistas que se reúnen en la casa de su coach para festejar la fecha de una memorable victoria deportiva. Como intérpretes tenemos en el escenario a Héctor Bonilla en el papel del entrenador; y a José Alonso, Fernando Balzaretti, Patricio Castillo y Octavio Galindo. Todos perfectos. Cinco personajes que después de unas horas de rememorar viejos recuerdos al calor de unas copas, pasan de la conveniente clarividencia al estado de embriaguez, normal en tales casos, y empiezan a descubrir, a desnudar los secretos de sus vidas que no son tan limpias como los antiguos campeones quisieran hacerlo creer al público, y tal vez a si mismos. Todo está en su derredor, y ni siquiera ese trofeo que figura en la casa de su coach es lo que parece: un trofeo de una victoria limpia Esa victoria fue obtenida porque eran blancos, y se trataba de aplastar a unos rivales negros. El director Rafael Miarnau, supo manejar a sus campeones, con acérrima disciplina y un ritmo perfecto.

Otra obra que refleja una tragedia colectiva es la del autor español Jaime Salom, Bartolomé de las Casas, que trae a escena la historia del pueblo vencido de América. La obra trata además de reflejar el retrato psíquico del defensor de los indios: Bartolomé de Las Casas, Pero en general la obra no logra definir bien a los personajes ni dar a los intérpretes la posibilidad de lucirse. Sólo dos grandes actores tuvieron la oportunidad de dar vida a sendos protagonistas: Ignacio López Tarso como de Las Casas, y Germán Robles como Antón de Montesinos. Aunque en el caso de este último el papel era muy plano y poco brillante, y sólo la increíble personalidad artística de Robles logró salvarlo.

En el maremagnum de obras y obritas que llenaron la temporada de 1990, las cuatro obras citadas arriba me parecen lo mejor de lo que pude presenciar, de las cuales es muy difícil asegurar cuál es la mejor.

En cuanto a lo mejor del género cómico y musical, hablaremos de ello en la próxima nota