Se alza el telón
Malkah Rabell
Panorama del teatro en México en 1990
I parte
No se necesita buscar mucho para darse cuenta de que la cantidad de teatros actualmente en México tiene algo de extravagante y hasta tenía ya poco normal en esos últimos años. Pero es sobre todo en 1990, en el transcurso de esos 12 meses que se transforma en algo delirante. A nadie se le puede exigir que asista a representaciones escénica 14 veces por semana, ni siquiera durante un festival, cuando es costumbre asistir a los espectáculos en la tarde y en la noche. Al cabo de unos pocos días hasta la gente muy joven se siente "out". Pues el ritmo de representaciones teatrales en la capital presenta más o menos semejante exigencia a quienes desean estar al tanto de todas las novedades.
Los últimos censos arrojan la cifra de 70 edificios teatrales, de 70 salas que funcionan para tales menesteres en el DF. Si a esos les agregamos una multitud de sitios usados para representaciones sin auténtica adaptación, como habitaciones particulares, librerías, galerías, clubes, bares, etcétera, y si además tomamos en consideración que muchos de esos teatros prestan servicio a más de una compañía, empezamos a marearnos. ¿Cómo es posible que en una época de tanta crisis, de tantas dificultades económicas para las mayorías no sólo pobres sino clasemediera, funcionen tantos lugares de diversión?. Aún no encontré una respuesta autenticamente lógica.
Pero nos consta que en ese maremagnum del cual hasta los especializados sólo pueden ver un minúsculo ángulo, forzosamente es mayor la cantidad que la calidad. Las posibilidades se dispersan. No hay suficientes actores de valor para tantas representaciones. Tampoco son suficientes las obras de interés. De allí que en este 1990 las resposiciones se multiplican. Y sobre todo se deja sentir la falta de un buen repertorio nacional nuevo. Si en los más o menos cinco años anteriores la dramaturgia nacional adquirió brillo y volumen, en el presente casi brilla por su ausencia. No aparecieron nuevos actores autenticamente valiosos. En cambio algunos de nuestros más renombrados dramaturgos dejaron de existir, tales como Sergio Magaña, Óscar Liera y Luis G. Basurto.
Los que lograron estrenar sus obras noveles —lo que en la actualidad no resulta difícil--, son en su mayoría jóvenes que recurren a los foros universitarios, como Hugo Salcedo con: Sinfonía en una botella que se presentó en el teatro Santa Catarina; como Margarita Mandoki con Huellas en el Palacio de Minería; o como María Muro con Antonieta en la ausencia. O bien en los mismos foros universitarios se presentaban autores ya muy conocidos y reconocidos, como Carlos Olmos con: El dandy del hotel Savoy en el teatro "Sor Juana Inés de la Cruz"; Adam Guevara con el drama: Lunes rojo en el Santa Catarina; o en la adaptación y dirección de Felio Eliel, la obra basada en la loa al Divino Narciso de Sor Juana Inés de la Cruz, bajo el título: Visión y alegoría de la conquista. Pero es sobre todo La última Diana de Sergio Magaña que llamó la atención con su estupendo reparto bajo la dirección de Germán Castillo.
También el sexto Festival Latino de Nueva York" se presentó en el Centro Cultural Universitario
Pero la Universidad (la UNAM) presentada para la mayoría de los espectadores una lejanía y una ausencia de medios de comunicación para quienes carecen de coche particular, que cerraban las puertas de sus funciones teatrales para quienes no vivían en la cercanía de las Casas de Estudio, dificultades que sólo pueden ser sobrepuestos con la puesta en servicio de camiones especiales nocturnos.
(continuará).