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Se alza el telón

Malkah Rabell

La segunda mirada sobre: Bartolomé de Las Casas

Tuve la oportunidad de presenciar por segunda vez la obra del español Jaime Salom, que se ofrece en el renovado teatro Jorge Negrete. Me refiero a Bartolomé de Las Casas. Y como me sucede de costumbre en semejantes casos, me dí cuenta que todo espectáculo debe verse por lo menos dos veces para entenderlo con mayor claridad y aprender a amarlo o definitivamente rechazarlo. En el presente caso ni yo misma me di cuenta hasta qué punto necesitaba esta segunda "operación" para constatar todo el desajuste que existí en mis primeras opiniones.

En primer término, ignorando quien era el autor Jaime Salom lo juzgué un hombre de cine, cuando en realidad es un dramaturgo ligado desde hace muchos años al escenario, aunque sigo pensando que la obra presenta un ritmo cinematográfico que probablemente se debe a la dirección de un cineasta como el director de cine mexicano Sergio Olhovich.

Otra de mis equivocaciones fue la poca importancia que le dí a la personalidad de Antón de Montesinos, interpretado por Germán Robles. Sentada en una de las últimas filas, entendí poco de esa figura señera y no comprendí a qué punto Antón de Montesinos interviene no sólo en la lucha por la defensa de los indios de América, sino hasta en el mismo pensamiento de Bartolomé de Las Casas y en la formación de su personalidad. Según nos presenta el dramaturgo a esos dos hombres, Montesinos y Bartolomé de Las Casas, el pensamiento político del segundo se va formando y adquiriendo su verdadera dimensión al contacto con fray Antón de Montesinos. Sus disputas son más bien diversiones e intercambio de sentido del humor. Ambos se necesitan, se complementan. El obispo de Chiapas, ,fray Bartolomé hasta los últimos momentos de su vida llama en su ayuda a su antiguo compañero de ruta asesinado en Venezuela. La interpretación de Germán Robles me pareció en mi primera visita en el teatro Negrete como plana y no muy importante. Fue apenas en la segunda mirada que me dí cuenta hasta qué punto es importante la creación artística y psicológica de ese gran actor Germán Robles.

En general todos los protagonistas me han parecido en esa segunda asistencia más importantes, y sobre todo más claros. Es cierto que su intervención en el drama era especialmente en papeles secundarios, bastante superficialmente dibujados. La intervención de la madre de Bartolomé es muy breve, y no ocupa el lugar que correspondería a una mujer —española y del pueblo—, que comprendió desde un principio la tragedia de una raza conquistada a sangre y fuego. La excelente actriz Blanca Torres no pudo darle a su personaje mayor vuelo por falta de material interpretativo. El personaje de las figuras secundariás que más interesante resulta el de "Señor", el esclavo indio que según el drama de Jaime Salom ha tenido mucho que ver en la vocación de defensa de los indios de Bartolome de Las Casas. Aunque como protagonista el personaje tiene poca actuación y su interés más bien reside en la narración que de su vida y de su muerte hacen otros personajes. El autor le adjudica a Bartolomé de Las Casas unos sentimientos equívocos por "Señor" que despiertan en su alma su primera pasión por la defensa de los pueblos nativos. Rafael Cortés como "Señor" es un joven actor que promete tanto por su físico como por su temperamento dramático. Otro actor joven que llama la atención es Juan Ignacio Aranda como Bartolomé en su juventud, que ocupa todo el primer acto.

Es apenas en el segundo acto cuando aparece Ignacio López Tarso en el papel de fray Bartolomé de Las Casas maduro. Su actuación se impone sobre todo en las últimas escenas cuando ya anciano, nonogenario aún sigue ante su mesa de trabajo, escribiendo y preparando su defensa de los pueblos sometidos.

En cuanto a la dirección de Sergio Olohovich no me pareció muy profundo su manejo de los intérpretes. También en la presente oportunidad me dio más la sensación de cine que de teatro, con un actuación superficial de casi todo el amplio coniunto de intérpretes.

Lo que seguía entusiasmando de manera igual, y hasta aún más, era la escenografía de Willy Barclay. ¡Auténtica maravilla! Si de lejos veía sólo el movimiento de los barcos, de cerca todo el escenario se movía: casas, muros, puertas, ventana y escaleras, con un mundo maritimo que dominaba todo el conjunto con sus velas desplegadas en el horizonte.

En resumen, a la segunda mirada el espectáculo adquiría amplitud, claridad y profundidad. Esta segunda mirada me convencía que todo espectáculo, toda obra de teatro, de cine o de literatura, y hasta plástica, necesitaba varias lecturas, varias visiones. Necesitaba ser leída, ser vista y profundizada una y otra, y otra vez, y siempre habrá algo nuevo que descubrir, que admirar y comprender.