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Se alza el telón

Malkah Rabell

Esplendido espectáculo musical: Viva México... ¡y Olé!

¿Cómo empezar una crónica sobre esta espléndida revista que auna lo mexicano con lo español, tan rica en colores que a veces marea? Por lo general las revistas me aburren y las rehuyo. Pero en el presente caso nadie tiene tiempo de aburrirse. Las danzas, los cantos, las escenas cómicas y a veces hasta serias pasan por el escenario con un ritmo enloquecedor, con el relámpago de cien mil lentejuelas y con el humor chispeante de Irán Eory, de Carlos Monden, de Chuty Rodríguez, de Eduardo Monden y Ricardo Vargas, y con tantas otras maravillas que vamos a ir enumerando poco a poco.

En esta revista musical que se presenta en el teatro Silvia Pinal, bajo el gracioso y muy apropiado título de Viva México ... ¡Y olé!: si el Viva México nos emociona, el OLÉ, así con mayúsculas, le va como un guante a Irán Eory, que con la presente representación se pone a la altura de las grandes estrellas internacionales, y en más de un momento me hizo pensar en aquella reina del "Casino de París", la Mistinguette, que supo conquistar la ciudad reina del mundo. La primera aparición de la Eory en el escenario bajando de un avión, con su blanco atuendo de abrigo adornado de pieles de zorro, me recordaba las feéricas apariciones de la "Miss ... Miss ... Tinguette" en un lujoso automóvil, cubierta de blancas pieles.

En el texto de Alfonso Anaya, que escribió el libreto de Viva México ... ¡Y olé! especialmente para Iran Eory, ésta en realidad hace tres papeles: abuela (en su juventud), madre (igualmente en su juventud) e hija, estrella de variedades en nuestros años, que llega a México por primera vez, y le cuenta a un reportero entrevistador la historia de sus antepasadas que ya conocieron el país en otras épocas, cuando conquistaron la fama. Esas dos figuras femeninas aunque llevan nombres fantasiosos nos sugieren a personajes de la historia real del teatro mexicano. Lo que permite al autor del libreto presentar episodios adaptados a hechos históricos: la Revolución de 1910; la llegada de los refugiados ibéricos en 1939. Ese leve hilo argumental, nos vuelve a recordar a la Mistinguette que también solía interpretar varios papeles emparentados entre sí.

Pero no es ese leve hilo argumental lo que importa. Es la música tan sugestiva bajo la batuta de Eduardo Magallanes que reemplazó al primer director musical prematuramente fallecido, Pocho Pérez; son las canciones, a veces en vivo; son las danzas de un numerosísimo conjunto de bailarines, ardientes, desatados, en la coreografía del maestro Alberto Portillo, de quien se puede realmente decir —como lo hace Alfonso Anaya en su introducción al programa de mano— que es un extraordinario coreógrafo español que supo darle alma y alas a esos treinta bailarines que se adaptaban a todos los géneros: español y mexicano, tradicional, folclórico y moderno. Lo que deslumbraba era la lujosa escenografía, que llevaba al foro a un avión, a una locomotora, a un barco moderno, y tantos otros pormenores que uno ni siquiera puede recordar después de una sola representación. Escenografía debida al brillante y multifacético escenógrafo David Antón. Y no menos deslumbrante y multimillonario resultaba el vestuario. Que no solamente lucía la estrella, Irán Eory, con sus modelos y fantasías debidos a Elsy Jiménez, sino todo el mundo, tanto el ballet como los intérpretes; tanto los conjuntos bailables, a quienes para cada danza de carácter especial no faltaba ni un alfiler, como los actores cuyos vestuarios reflejaban distintas épocas y distintos medios con una exactitud admirable.

Y toda la representación, en sus distintos aspectos, se sometía a una disciplina, a un ritmo, a un despliegue de entusiasmo y de esfuerzos artísticos dirigidos por el conocido director que más de una vez se distinguió en los espectáculos musicales: José Luis Ibáñez.

Y uno se preguntaba, cómo una mujer, Irán Eory, logró desplegar semejantes energías para dominar tantos elementos dispares; donde encontró la fortuna para arrojarla a manos llenas en la creación de semejante espectáculo. ¡Qué lejos estábamos de las revistas económicas! Y la organizadora de todo ello, Irán Eory aún encontró al término del espectáculo el aliento suficiente para dirigirse al público en un muy fluido lenguaje y presentarle a cada uno de sus colaboradores, y hasta a quienes la presentaban a ella y a su revista, que esta vez merecen ser nombrados por el esfuerzo de apoyar semejante empresa: Mario Palacios y Ramiro Jiménez.

Y sólo nos queda terminar estas pocas líneas sobre una representación que merece mucho más, con una exclamación:

"Iran Eory... ¡Olé!".