Se alza el telón
Malka Rabell
Nuestra Natacha de Alejandro Casona
El autor español Alejandro Casona tuvo su época de oro por la década de los cuarenta, cuando sus obras figuraban en el repertorio de casi todos los teatros universales, en los más diversos idiomas, en las más distintas traducciones. De su verdadero nombre Rodríguez Álvarez, nacido en 1903 y fallecido en 1965, era uno de los autores más populares de la República española, y ofrecía al público un repertorio moralizante y pedagógico, pintado de un color rosa. Esa es la tendencia que encontramos en Nuestra Natacha compuesta para los estudiantes de la izquierda en 1936, y cuya ingenuidad en vísperas de la Guerra Civil aún estrujan el corazón.
La Compañía de Repertorio integrada por egresados del Centro Cultural del Teatro Virginia Fábregas, eligió esa obra con mucho sentido de las circunstancias v de la oportunidad. Esos muchachos jóvenes dirigidos en sus ciases por Carmen Monte-jo, son de lo más apropiado, tanto por su juventud como por su preparación escolar a enfrentar ese problema de la injusticia social que la sociedad expresa hacia un grupo de adolescentes recluidos en un reformatorio, quienes consiguen un terreno y una casa en el campo para tratar de hacer experimentos teóricos con jóvenes salidos de uno de esos reformatorios. Por aquellos años, 1936, cuando el melodrama fue escrito, tales experimentos estaban muy en boga. Basta recordar la bellísima película soviética: El camino de la vida, que conquistó los máximos triunfos en muchos países europeos y que presentaba cómo niños y adolescentes rusos y de otras repúblicas soviéticas, y considerados criminales, recuperan un nuevo camino en la vida bajo la orientación de unos maestros que los tratan con cariño y justicia. También la directora, Natacha, es una antigua discípula de un reformatorio; Natacha pone al servicio de tales niños sus conocimientos adquiridos en la escuela que cursó y de la cual egresó con brillantes calificaciones.
Quizá la excelente actriz Carmen Montejo no sea muy apropiada para la dirección, y los 20 jóvenes actores a quienes trató de encaminar en su nueva profesión no han dado todo lo que exigían los diversos papeles de la obra casoniana. Tampoco ese grupo de actores recién surgido de sus aulas pueden ser considerados como ya intérpretes maduros. Les falta mucho para ello. La única que ya demuestra cierta preparación histriónica es Nora Torrero en el papel de Natacha, una joven maestra recién egresada de una escuela Normal con brillantes calificaciones. Natacha pone en práctica algunos novedosos métodos, como tener confianza en la honestidad de los antiguos niños criminales; quitarles sus tristes uniformes negros e imponer alegría en sus estudios y en su vida cotidiana, dándoles un nuevo hogar. Nora Torrero, aunque tampoco es una actriz hecha y derecha, trata de someterse a la disciplina artística de doña Carmen Montejo, pero sus medios de expresión son aún pobres. Y lo mismo se puede decir de todo el elenco.
Lo mejor de esa representación ofrecida en el nuevo teatro Virginia Fábregas es indudablemente el texto de Alejandro Casona. El autor de obras tan conocidas en México como Prohibido suicidarse en primavera, La casa de los siete balcones y Los árboles mueren de pie, siempre ha demostrado un profundo sentido del escenario, sus obras siempre,están construidas con perfección y las adorna a menudo con un nimbo de irrealidad. Todo ello tiene el don de conquistar al espectador hasta al más exigente. Pero la falta de una auténtica actuación impide que el éxito sea completo en el teatro Virginia Fábregas donde la pieza se presenta solamente los lunes, lamentablemente con un muy reducido público.
Por fortuna el grupo del Centro Cultural del Teatro Virgina Fábregas ya prepara un nuevo estreno con la obra de Héctor Mendoza Cosas simples, que igualmente se presentará tan sólo los lunes a las ocho de la tarde.