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Se alza el telón

Malkah Rabell

La última obra de un Tennessee Williams en decadencia

Recordemos que Tennessee Williams murió en 1983, en el mes de febrero. Según sus allegados escribió su última obra: Alarido en condiciones lamentables y trágicas de un ser humano que usa y abusa tanto del alcohol como de las drogas. Y en realidad qué lejos estamos de aquel admirable y delicioso Zoo de Cristal y de aquel trágico e insuperable Un tranvía llamado deseo. Pero a medida que pasaban los años el autor estadunidense se volvía cada vez más y más tremendista, evocando un mundo de pesadillas y de violencia, perdiendo mucho de su temperamento y lenguaje poético. Pero como su tremendismo tenía un gran éxito exageraba cada vez más el sentido tremebundo de su dramaturgia. Mas, Williams tenía una personalidad de tal fuerza que nunca se sometía a modas o corrientes. Tennessee Williams era siempre Tennessee Williams. Los más o menos 20 años de reinado del vanguardismo y del Teatro del Absurdo, que en Estados Unidos tenían mucha influencia sobre los jóvenes dramaturgos, sobre Tennessee Williams no tuvieron. Pero en Alarido —la obra que actualmente se ofrece en el Foro Shakespeare—, de repente llega a esa terrible cantidad de palabras, a ese "festín de palabras" que usaba el Theatre Nouveau. Palabras que a menudo dice nada, aunque los directores de escena, la crítica especializada y el mismo público trataban de autoengañarse. Hacia Alarido parece haber llegado una influencia de las nuevas tendencias en los últimos días como una misteriosa fuerza.

Esa sencilla historia de dos actores, hermano y hermana, abandonados por su compañía de teatro justo antes de iniciarse una función obliga a los dos hermanos a improvisar una obra de dos personajes, que bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón se transforma en una tragedia shakespeariana Ese director, ya no tan joven ya que nació en 1949, tiene una tedencia a transformar cualquier tema en tétrico, le encantan los cadáveres, los horrores más impresionantes, en una palabra lo necrofílico.

Desde luego, el tema de este Alarido no tiene nada de necrofílico con sus dos actores jóvenes que han de representar pese a su deseo de ir a acostarse en algún hotel barato y "dormir mil años". Pero la verdad es que a los actores les encantan su profesión, aman su oficio y los hace felices subir al escenario hasta cuando están hambrientos, y aunque los torture algún recuerdo de una infancia desdichada. Mas, lo funebre y hasta lo trágico de esta historia no se encuentra ni en el tema ni en la vida de esos dos jóvenes, sino en la mente del dramaturgo ya detrozada no tanto por la edad sino por el alcohol y por la droga, y cuyo patetismo ha sido abultado por el tono muy esoecial de Eduardo Ruiz Saviñón.

En ese cambio el metteur-scene supo crear estupendamente la atmósfera del teatro en el teatro, del escenario en medio del público, de unos entretelones vacíos que el joven actor con su propio esfuerzo trata de transformar en habitables. ¡Extraño! Muchos imaginan, a menudo por experiencia propia, que el escenario en espera de la tercera llamada se halla lleno de alegría, de movimiento, de ruidos (así lo conozco yo misma). Alarido nos da una imagen de los entretelones que se diría espera la llegada del ataúd de la estrella Es la macabra Imagen de una novela policial. Pero la atmósfera fúnebre que Ruiz Saviñon persigue la logró a las mil maravillas. El público penetra en ella, se ve rodeado de un clima de desastre irremediable: telón y cortinas en mal estado, paredes pintadas de unas imágenes tristes, una escalera que no va a ninguna parte. Con muy pocos elementos Alejandro Velasco, el escenógrafo, consiguió transferir un repentino cambio debido a la intervención de las luces.

Alarido tiene también otro título: Obra de dos personajes, y nada más dificil que llenar el escenario con tan reducido número de intérpretes. Exige dos actores de un gran vuelo artístico y de una potencialidad dramática capaz de dar credibilidad a las más increibles situaciones. Elena de Haro y Luis Miguel Lombana no dan el ancho por más esfuerzos que hagan y por más "ganas" que le meten. No convencen de que se trata de tanta tragedia griega. Tal vez no es culpa de ellos sino del texto. Probablemente Tennessee Williams vivía una tragedia en el momento de escribir la obra. Pero no logra convencer que dos jóvenes actores también la viven en plena juventud y ante las luces de las candilejas. Tantos gritos y llantos se nos hacen falsos.

Quizá esta obra, puesta en escena en el teatro Foro Shakespeare, logre con el paso de los días una cierta calma temperamental, un cierto desprendimiento de ese tono de tragedia que me parece falso. Y creo que con algo menos de gritos y "alaridos", el "alarido" único, al final, ganará en fuerza