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Se alza el telón

Malkah Rabell

Beckett y la obscuridad

A propósito de Esperando a Godot ha dicho Dürrenmatt: "La gente como Adamov o Beckett tienen una idea del teatro demasiado pura. Beckett es siempre "Godot", nada más. El huevo de Colón, admirable, pero no se repite dos veces. Pretenderlo sería demasiado fácil. Strinberg ha tenido momentos más "puros" que Beckett y Adamov. Era ya el defecto de Kafka: la pureza a todo precio... lo cual acaba en repeticiones". No sé muy bien a qué se refiere Dürrenmatt con su expresión "teatro puro", "demasiado puro". Pero con lo que estoy perfectamente de acuerdo es que la clase de teatro que trata de crear Beckett y en general la vanguardia de los años 50. obliga a las repeticiones.

El joven director de escena, José Enrique Gorlero ha descubierto otro "huevo de Colón" beckettiano que llamó: Mejor la obscuridad. No sé si es el título original o el impuesto por el director. Pero es sin duda una repetición de "Godot". Sin tema, ni acción, ni psicología, ni conflicto. Sólo una situación... en la escena seis personajes interpretados por cinco actores. Es una unidad que realizó Gorlero con cinco fragmentos de diversas obras de Beckett, cada una de ellas de otra época. 1965, Vaivén; 1975, Pasos; 1976, Fragmento de teatro: y 1983 ¿Qué, dónde?. De esos personajes sin palabras, o con palabras incomprensibles, no guardamos recuerdos definitivos, sino sensaciones más o menos vagas. Un ciego que toca el violín; un cul-de-jatte que arrastra su destrozada humanidad por los suelos en un improvisado carrito. La desolación que Beckett ha llevado hasta sus últimas consecuencias aquí adquiere toda su potencia. Es extraño, no recuerdo el resto de la obra, sólo me ha quedado la sensación de esa tremenda desolación que me ha dejado como paralizada. Nada de lágrimas, nada de suspiros.

Sólo una parálisis, o cómo una parálisis de brazos y piernas, y sobre todo del corazón y de la mente.

Un grupo de jóvenes actores; Rocío Rodríguez y Carmen Torres, Guillermo Servín, Dardo Aguirre y Gerardo Curiel representaba de manera desgarradora, a esos seres muertos vivos que eran tal como Beckett concebía a toda la humanidad, todos con el mismo ropaje como presos, como pesadillas nacidas en la mente de un loco. Una humanidad como si Beckett presintiera el final del mundo en ese segundo milenio cristiano, tal como el Nobel inglés terminó su vida y como lo describe Fernando de Ita en el programa de mano: "Su amigo Israel Horovich —el autor de El primerose fue de espaldas al verlo como alguno de sus patéticos personajes, con la ropa raída y la mente a oscuras por la que cruzaban rayos de lucidez. Eso fue el mundo para él: un asilo de infelices criaturas que han visto pasar lo mejor de su vida, si lo hubo". Por fortuna que ese joven director José Enrique Gorlero, logró con mano maestra darle vida a esos cadáveres vivientes. Todos sus movimientos y actitu es surgían con perfecta naturalidad. [Un movimiento teatral de principio y fin. -Frase manuscrita insertada por la autora en el original, N. del E.-]

Una segunda parte de ese espectáculo, que se representa en el foro La Gruta, sala en el interior del Instituto Cultural Helénico, bajo el título de Comedia (1962-63), ya no tiene el mismo aliento fúnebre, y casi no parece obra de Beckett. Dirigida por Martín Acosta, nos presenta a tres personajes debatiéndose en el intrincado círculo de lo que es el matrimonio que termina siempre, o casi siempre, en un segundo hogar, en una casa chica.

La primera mujer, MI, interpretada por Carmen Torres y la segunda mujer, M2 por Rocío Rodríguez, así como Carlos Cabral en el papel del hombre, encontraron los tonos apropiados, justos a sus personajes. Y esa "comedia" tan poco cómica, pero menos trágica que las habituales obras beckettianas, nos permitió salir de la sala con el ánimo menos desolado.

Esos dos directores, Martín Acosta y José Enrique Gorlero, que seguramente aún estaban muy ajenos al teatro en la época del reinado del "Teatro del absurdo", no obstante nos devolvieron por el espacio de una noche la magia dolorosa de la vanguardia con la "Oscuridad" de uno de los grandes, tal vez el más grande, de aquellos años, Samuel Beckett.