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Se alza el telón

Malkah Rabell

Tiempos de Ladrones, historia de Chucho el Roto

La historia de esta comedia-dramática de Emilio Carballido, no es nueva para el público de México. Tampoco es nuevo el grupo que la representa: "Alumnos de la Escuela de Arte Teatral", es decir del Instituto de Bellas Artes, que son bien conocidos de los espectadores amantes del teatro y no pueden desembolsar cada domingo el precio de un boleto para el teatro comercial. Para esta clase de público, semejante espectáculo en la sala Villaurrutia de puertas abiertas resulta como una bendición. No todas sus representaciones son de la misma calidad. Ello depende mucho con qué año escolar cuenta el director de escena, maestro de esos jóvenes actores principiantes. A mí, ya se me hizo costumbre asistir a cada nuevo espectáculo del maestro Héctor del Puerto, excelente educador del arte teatral y no menos excelente para la puesta en escena.

Uno de los rasgos más dignos de aplauso de Héctor del Puerto, es su selección de un repertorio adecuado tanto para sus jóvenes intérpretes como de su público, que domingo tras domingo llena la pequeña sala del "Villaurrutia". Y cada vez cuando veo esa multitud entusiasta y alegre, recuerdo cuando hace veinte años asistimos a un espectáculo en esa misma sala el conocido escritor Juan Miguel de Mora y yo, y resultábamos los únicos espectadores en esa fría noche de invierno. Y lo más triste, o tal vez lo más consolador era que la representación, de una obra alemana cuyo título he olvidado, no dejaba de ser excelente.

En la actual oportunidad, me tocó asistir a la representación de un grupo de alumnos del primer año. Desde luego les faltaba mucho para la madurez artística. Pero esa genialidad que posee Emilio Carballido para hacer reir, y para hacer llorar, en una palabra para emocionar y divertir a la vez, logra sacar la savia de todas las plantas y hacernos olvidar que tan solo de principiantes se trata.

Tiempo de ladrones, tiempo de Chucho el Roto que dejó una leyenda por su paso por la tierra. Una de esas leyendas que existe en casi todos los países del mundo; la leyenda del bandido generoso medio criminal y medio sant (historia muy semejante a la de otro malhechor dedicado a sembrar en manos de los pobres lo que en las cajas fuertes de los ricos ha cosechado: Malverde, el Jinete de la divina providencia del hace poco fallecido Oscar Liera, que se presenta en otra sala del bosque, en el Julio Castillo, también con actores no profesionales. Pero Chucho el Roto aún no ha llegado a la categoría de santo como le ha sucedido a Jesús Malverde, héroe de Culiacán. Tal vez el Roto, que tuvo una muerte trágica, condenado a la pena capital a golpes, no logró convencer de una supuesta santidad a los chilangos, porque los habitantes de las grandes urbes son menos ingenuos y menos dispuestos a someterse a las leyendas. Mas, tal vez con el tiempo también a Chucho el Roto le llegará el turno de tener su ermita y sus festejos, como los tiene Jesús Malverde, de simbólico nombre.

Mientras tanto, Emilio Carballido nos ofreció la creación de un retrato bastante sui géneris. Sin llegar a excesos de generosidad, y aún menos de santidad, el Roto carballidiano es un muchacho alegre, enamorado de muchachas fáciles de conquistar, hasta que se casa como cualquier buen burgués y hasta que muere de esa horrible muerte que le impuso el destino y los poderosos que no admiten a quien toca sus bienes y menos si se los sustrae para dárselos a los hambrientos y desdichados.

Héctor del Puerto, para dar a varios de sus discípulos la oportunidad de presentarse en un papel importante, ofreció el mismo papel de Chucho a varios intérpretes. Así, Manuel Graphen, Francisco Tello, Benjamín Gutiérrez y Felipe Morales, han interpretado el mismo papel con muy pocas variantes, sin llegar a una auténtica creatividad, pero ya con los primeros rasgos de futuros actores. Algunas de las aventuras del famoso ladrón, resultan auténticamente divertidas, otros episodios pasan bastante desapercibidos, y la primera escena, que es la de su muerte, no logra imponer el dramatismo que semejante suceso exige. Y como siempre, el valor de esas representaciones de gente que se inicia, reside sobre todo en que va creando un público para el teatro mexicano.