Se alza el telón
Malkah Rabell
Guillermo Murray en La noche de Oscar Wilde
Durante muchos años la noche del lunes era tiempo de teatros cerrados, de descanso y de visitas de los actores al cine. Hoy, las cosas han cambiado radicalmente. El alud de teatros y teatritos, de compañías y de grupitos que han hecho de México uno de los países de mayor actividad escénica, han reducido los teatros desocupados a cero. Y muchos actores, y hasta compañías enteras, esperan la noche del lunes para conseguir un foro para sus manifestaciones escénicas. El lunes se ha convertido para el público en un encuentro de maravillas, de originalidades, de cosas raras, inesperadas, que en los teatros "normales" por lo general no se encuentra, o por lo menos no abunda. Y Guillermo Murray buscó un lunes para montar en el teatro Julio Prieto, antiguamente Teatro Xola, la obra de Juan José Bertonasco, una obra unipersonal: La noche de Oscar Wilde.
El conocido actor de cine y televisión, menos de teatro, aunque fue el escenario la raíz de su formación artística, Guillermo Murray fue en la presente oportunidad su propio director de escena, logró transmitir al público la brillante figura de dandy del escritor irlandés, con su corrosivo sentido del humor que Wilde demostró en la mayor parte de su vida y sólo abandonó en su tiempo de cárcel, a la cual fue condenado por la ley británica tan dura en su tiempo cuando cualquier desvío de la ruta moral trazada por la sociedad en el Poder, era pagado con años de prisión. Guillermo Murray creó de una manera muy trabajada, esculpida como en carne propia, al dandy hedonista, enamorado de sí mismo, que se burlaba del mundo entero que lo agasajaba y admiraba cada una de sus actitudes, cada una de sus burlas, hasta llegar al hombre que descubrió el dolor, la soledad y la traición de todos aquellos que se inclinaban servilmente ante el triunfador para abandonarlo cuando la desgracia se apoderó de su destino. Es el hombre que ha descubierto en la cárcel que el dolor es algo más que un elemento antiestético e indeseable, como lo había considerado en sus días felices. Despojado de todo lo que era su fuerza y le daba seguridad, rehúsa buscar nuevos apoyos: "Ni la moral, ni la religión pueden servirme de ayuda" declara.
La vida del autor de El abanico de Lady Windermer y de El retrato de Dorian Grey es bastante conocida por el público más amplio, por espectadores y lectores. Y no obstante la manera como Murray la presenta al auditorio de los lunes, apasiona a ese auditorio. El actor interpreta de manera muy diferente al personaje joven, luego adulto con madurez, para pasar a interpretación diametralmente opuesta cuando entra en los años de la decadencia del protagonista. El aire de elegancia de un esteta que dice : "La única diferencia que hay entre una pasión y un capricho es que el capricho dura un poco más de tiempo" se transforma en un largo silencio, mientras permanece encerrado en una celda. Ya no es el hombre que hace profesión de dandismo, y escribir La balada de la cárcel de Reading, y más tarde ya fuera de los muros carcelarios escribe De profundis que solamente fue publicada a los cinco años después de su muerte, en 1905; en Francia, donde murió.
Algunas escenas de aquella época de su "Noche" que el protagonista narra, como su viaje en un tren, encadenado y con su uniforme de preso a la vista de todo el mundo que lo miran burlándose, resulta desgarradora... Tal vez los momentos en que se pone a dialogar con el público sean superfluas y nos alejen del drama Como asimismo resultan superfluas las voces de conocidísimos actores que en varias oportunidades se dejan oír a través de micrófonos Las voces de intérpretes tan famosos en nuestro medio como las de Ofelia Guilmáin, de Sergio Bustamante, de Aarón Hernán, Jacqueline Andere y algunos otros, nos llegan poco claras, a veces hasta incompresibles. Su intervención aporta poco. Murray se basta sólo en ese largo monólogo.
Para los lunes, cuando nos faltan nuestras compañías acostumbradas, he aqui una buena función de arte unipersonal para los amantes de teatro.