Se alza el telón
Malkah Rabell
Las alegres monjas del Virginia Fábregas
He aquí unas alegres monjas ecuménicas. ¿Pues cómo podían no ser ecuménicas estas hermanas de tan amplio criterio que hasta cantaban canciones hebreas? Un criterio que impone a las hermanas —que por tradición se encerraban en el silencio del claustro—, una alegría, una vitalidad, una capacidad de bailar y cantar, que nos hace sospechar que deben pertenecer a una secta mística, como las hay, que cree en la resurrección del mundo a base de regocijo, de alborozo y de felicidad. Cuando todos los hombres del mundo se amen y estén felices vendrá el Mesias. Más, por el momento no sabemos a qué orden monástica pertenecen esas cinco hermanas encabezadas por una madre superiora nada severa, que durante dos horas nos colmaron de alegrías y de entusiasmo con sus danzas y sus maravillosas voces de jóvenes actrices que recién se inician y sin embargo ya conquistaron un sólido lugar en el teatro profesional.
Esa comedia musical del estadunidense Dan Goggin, Sorpresas, cuyo título original es Nunsense, con todo lo que de falta de sentido común puede ofrecer la comicidad desatada, cumplió sus 100 funciones presentada por Manolo Fábregas, en el pequeño y simpatiquísimo teatro Virginia Fábregas que devuelve un nombre famoso a una sala teatral nueva, el nombre de la gran intérprete: Virgina Fábregas. Esa centésima representación resulta infinitamente más agradable y perfecta escénicamente que en el día de su estreno. Pudimos recuperar muchos detalles que escapaban la noche del debut; logramos dar un nombre y una definición a cada una de las jóvenes figuras escénicas (lo que se nos hizo imposible la primera vez). Bajo las órdenes de la madre superiora, interpretada por la conocida y aplaudida actriz Marga.
Marga López quien, aunque parezca mentira, dominaba a sus personajes con un arte que la primera vez fallaba en algunos menudos detalles, cuatro jovencitas, quienes se presentaban en su primera representación profesional —después de haber dado sus pasos de principiantes en una multitud de papeles secundarios—, y demostraban un extraordinario dominio del escenario, sobre todo como cantantes y bailarinas. Susana Zavaleta es una soprano de voz preciosa a la que pudo dar vuelo en su papel de amnesiada, que olvidó hasta su propio nombre. Desde luego, recupera la memoria en el momento más adecuado. Garda Santini es una preciosa muchachita que en su papel de novicia hace gala de un gran dominio de la danza. A su vez, Laura Luz y Marú Dueñas, bailan, cantan, actúan como actrices ya en pleno dominio de sus facultades profesionales. Laura Luz demuestra una vis cómica, en tanto Marú Dueñas logra un personaje más bien serio. Y en conjunto, las cuatro, con una vitalidad trepidante dominan el escenario durante las dos horas que dura el espectáculo, bajo la dirección de un joven director Alejandro Orive, quien supo dar unidad a esas cinco pequeñas historias de las monjitas con su madre superiora.
Desde un principio la jefa del grupo, la madre superiora, anuncia al auditorio que ofrecen un festival artístico en una escuela secundaria para reunir fondos necesarios para dar sepultura a unas monjas fallecidas en un accidente. El espectáculo de las hermanas permite presentar la imagen de una habitación estudiantil de escuela secundaria; escenografía basada en el original de Nueva York, que refleja la psicología de tales escolares, con sus letreros luminosos y sus fotografías de actores cinematrográficos, entre las cuales no podía faltar la de Marilyn Monroe semivestida. Reunidos todos los pequeños detalles, como vestir de gente monástica a los empleados del teatro, que no sólo adoptaron los hábitos sino los gestos y posturas acostumbrados de la gente de las órdenes religiosas; asi mismo llevaban los hábitos los músicos de piano y bateria que acompañaban constantemente la representación bajo la dirección de Adrián Oropeza, todo ello creaba una atmósfera, un ambiente sugestivo, que divertía e impresionaba a todo el público.