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Se alza el telón

Malkah Rabell

Y... la vida cambia, de Edgar Vázquez en el Sogem

Aunque poco conocido en el arte dramático mexicano, Edgar Vázquez no es un dramaturgo novel, como se podría sospechar. Según lo notifica la cartelera del Sogem, teatro dondese presenta actualmente la puesta en escena de su obra Y la vida cambia, Edgar Vázquez ya excursionó no pocas vecesen el cine nacional y en el teatro de la UNAM, continuando sus experimentos en los Estados Unidos y en España, donde se desarrolló como guionista para cine, radio y televisión. En el teatro Wilberto Cantón (Sogem) se presenta su drama Y...la vida cambia con varios actores profesionales ya de prestigio, como Blanca Sánchez, Carlos Cámara, Sergio Silva y la muy joven Carmen Delgado, bajo la dirección de dos directores, tal como últimamente lo impuso la moda, Héctor Bonilla y Roberto Sosa. Y Héctor Bonilla que tiene la obligación profesional de entregar todo su tiempo y sus esfuerzos a su papel en El señor Butterfly, para la dirección del drama de Edgar Vázquez recurrió a la ayuda de un joven actor ya muy prestigiado por sus intervenciones en la pantalla nacional. ¿Quién en México no vio a Roberto Sosa en la desgarradora película Canoa? Y así el veterano Bonilla y el joven pero ya maduro actor Roberto Sosa han logrado un mano a mano en el montaje de Y... la vida cambia.

Edgar Vázquez trata de profundizar en el drama de un joven lisiado y busca descubrir el secreto del deseo de vivir a pesar de todo. ¿Es posible perder la fuerza de sus piernas y seguir con la misma vitalidad la lucha diaria por la vida? Quizá tal tour de force sólo lo podían realizar los soviéticos acostumbrados y educados en la heroicidad de vivir a pesar de todas las dificultades. ¡Si, la vida cambia! El joven hijo de un padre rico y prepotente que en la época de su salud física supo conquistar a la amante de su padre y convertirla en su esposa, ya no tiene el mismo deseo de luchar ni de 'vencer. Ya no cree en nada ni en nadie. ¡El amor de su mujer? ¡Puah!, ¡pura compasión! En cuanto a su progenitor, no lo quiere ni ver. Y el dramaturgo enfrenta al padre con el hijo. ¿Se odian? ¡Quien puede afirmarlo! A una madre la une a sus hijos su cordón umbilical. Mas, al padre, ¿cual es el instinto que lo hace ser progenitor a pesar de todo? Es la interrogante que se hace Don Ramiro Olavarría, el prepotente magnate que desprecia con toda su fuerza de luchador y de triunfador a un hijo débil que no puede vencer una enfermedad. Y que sin embargo no deja de ser su hijo.

Hay también en la vida del joven lisiado dos mujeres a quienes ya no sabe si las ama o si ellas lo aman, o si se odian mutuamente. Este cuarteto de seres humanos con sus debilidades y sus misterios anímicos lo forman Carlos Cámara y Sergio Silva, como padre e hijo; y Blanca Sánchez y Carmen Delgado como las dos mujeres en la vida de Jorge, el inválido. Los cuatro logran imponer, cada uno a su modo, una extraña personalidad a su protagonista. La más extraña es sin duda Adelina (Carmen Delgado), también ella inválida, atada a una silla deruedas, pero con una fuerza de voluntad que domina a su compañero. Carmen Delgado maneja su silla de tortura como si fuera un juguete, un aparato de gimnasia y crea estupendamente a un extraño y bastante incomprensible personaje. Lástima que la actriz no hable con mayor claridad y gran parte de sus parlamentos se pierden. También es una lástimá que el papel de Martha (Blanca Sánchez) no tiene la misma fuerza misteriosa que la de su colega. Martha es una mujer normal en tanto su vecina, Adelina, es un personaje trastornado, cuya fuerza viene precisamente de su trastorno. Y los personajes normales nunca logran la misma sugestión que los anormales.

En cuanto a Sergio Silva, el inválido, lo hubiésemos preferido con una actuación más introvertida. Grita con exceso. Tampoco ese excelente actor que es Carlos Cámara entrega toda la fuerza del personaje. Tal vez ninguno de los dos directores de escena, ni Héctor Bonilla ni Roberto Sosa, han estudiado suficientemente las reacciones a lo hondo de esa violencia potencial del padre. Y el interés de la dirección reside únicamente en la dirección de los actores.

Puede muy bien ser que la insuficiencia tanto psíquica como dramática de esos cuatro personajes surgen no tanto por allas interpretativas o directivas, como simple y llanamente de una insuficiente penetración en las almas humanas del dramaturgo. Edgar Vázquez queda a menudo a medio camino.