Se alza el telón
Malkah Rabell
Las cien representaciones de Señor Butterfly
Todo el año 1989 se distinguió en su campo teatral por dos rasgos específicos: un exceso de cantidad, y una extrema pobreza en su calidad. En cuanto a calidad se refiere, el público con ciertas exigencias sólo una vez demostró entusiamo; sólo por una obra se vio un interés generalizado. Fue por Señor Butterfly. Esta obra parecía imponerse desde su primera representación para la prensa en el teatro Silvia Pinal. A las pocas semanas de haberse iluminado el escenario la noche del estreno, descubriendo una extraña y sugestiva escenografía cuyos diseños fueron traídos de Estados Unidos y que en México reprodujo David Antón, la obra del autor chinoccidental, David Henry Hwang: Señor Butterfly estaba en boca de todo el mundo. Personas a quienes nunca vi asistir a representación teatral alguna, ya habían visto ese drama que ni es chino, ni occidental, sino una mezcla bastante rara de ambos mundos
El hecho real [que] da sostén al drama, es la acusación de espionaje al servicio de la China comunista que sufre un diplomático francés, quien aún actualmente permanece preso en su país. La historia empieza por el final y va retrocediendo en el pasado hasta llegar al principio de los hechos hace veinte años. Probablemente el escándalo al cual dio lugar la aventura de Bernard Boursicot, el diplomático francés, no fue tanto la acusación de espionaje, sino el hecho bastante amarillista que lo acompañó: el espionaje se hacía a través de una amante china, la Bouriscot. Una amante que después de veinte años de relaciones amorosas resultó se un amante. ¿A qué se debió una ceguera tan larga? ¿De quién fue la culpa? ¿Ceguera voluntaria debida a razones psicosexuales? ¿O debido al arte histriónico del "Señor Butterfly" cantante de ópera chino? Las dos horas de espectáculo se dedican, desde el punto de vista argumento, a esas preguntas, tratando de resolverlas y tratando también de que las resuelva el público por su propio razonamiento.
La fuerza del drama reside sobre todo en la presencia de las dos primeras figuras, que parecen creadas para dos grandes intérpretes. Y quienes en México han encontrado a esos dos grandes actores a su medida: Héctor Bonilla y Humberto Zurita.
A Héctor Bonilla ya lo conocemos todos los que amamos el teatro y ya sabemos de todo lo que es capaz para crear a los personajes más diversos, los más disímbolos. Y desde luego que en el papel del diplomático francés nos volvió a entusiasmar. Pero sin sorprendernos mayormente. Ya lo vimos en tantos papeles difícilies, que nos parecía natural su arte. Nos parecía natural que también en el personaje de Bernard Boursicot fuera a veces trágico y otras veces cómico. Y sobre todo nos pareció natural que en el transcurso de las cien representaciones creciera hasta lo sublime la calidad de su persoanje, que se volvió más desgarrador, más sensible, hasta llegar a las últimas escenas.
Pero quien dejó sorpendidos a los espectadores fue ese joven intérprete que tuvo a su cargo la personalidad de "Butterfly", una figura femenina con toda la gracia de las mujeres orientales, con todo el suave amaneramiento de las geishas, con una técnica acrobática en las escenas de la "Opera de Pekin" admirable. Y quien en los últimos cuadros se transforma en un "macho" más bien occidental a quien Zurita impuso la técnica de la biomecánica meyerholdiana.
Un espectáculo brillante, tal vez excesivamente enrevesado, pero que quedó rematado con el excepcional mano a mano de los dos actores: Bonilla-Zurita.
Lo único que no logro explicarme, cómo este espectáculo que hizo delirar de entusiasmo la noche del estreno dedicado a la prensa, y luego la noche de las 100 representaciones donde esos dos actores llegaron una sublime madurez, encontrando nuevos detalles y profundizando la psicología de sus papeles, pues no logro comprender por qué ninguna de las agrupaciones de crítica que da premios cada año a lo mejor del teatro en México, no encontró necesario premiar a esos dos espléndidos actores dirigidos por José Luis Ibañez.