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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

La divina Sarah interpretada por la divina R.M. Bianchi

He aqui una muy joven actriz aún poco conocida por un amplio público, que trata de dar vida a la más famosa de las intérpretes que nació en 1844 en París: Sarah Bernhardt. que sólo tuvo como rival la memoria de la gran Rachel. Y hay algo parecido físicamente entre la joven Rosa María Bianchi de cabello rizado y extrema delgadez, y la gran diva que enloqueció a los públicos de los teatros del mundo entero, y sobre todo a los públicos franceses de la Comedie Francaise y del Odeón, teatros donde empezó su carrera para finalizarla en su propio teatro, el Sarah Bernhardt. La silueta fina y delgada de la Bianchi responde a la moda actual, pero no fue debida a la moda de los tiempos de la Srta. Bernhardt, quien empezando por su propia madre, Julia Van Hard, hubo de sufrir las burlas de todas las amigas de ésta, quienes la consideraban horrenda. Fue sin embargo el famoso crítico en su tiempo, Francisque Sarcey quien en su primera crítica —que no fue nada elogiosa para el arte de la joven debutante— admiró sin embargo su silueta. Los cabellos rizados eran otro detalle de su anatomía que la distinguía de su entorno. Y Rosa María Bianchi arregló los suyos para subrayar lo más posible la semejanza con la figura interpretada.

En cambio su semejanza moral tal vez es menos fiel. La Bianchi crea un personaje extravagante y feliz de vivir, de triunfar y de tener un hijo de un hombre amado, el principe belga Henry Ligne, y de tener el mundo a sus pies. La Divina Sarah fue indudablemente una personalidad extrambótica, con todas ias cosas raras para su tiempo que pudo llevar a cabo: como retratarse en el lomo de una ballena, sobrevolar París en el primer globo que apareció en Francia, o dormir en un féretro. Se puede decir que la Divina Sarah dió los primeros pasos para la técnica de la publicidad hollywoodense.

Pero es mucho más difícil asegurar que fue feliz. Tuvo una infancia desdichada al lado de una madre que no la toleraba, Julia Van Hard, bella mujer que triunfó en la vida galante, y terminó sus días rica y adulada, debido a una fortuna que le dejó su último amante, un duque. En cambio Sarah terminó sus últimos años no sólo en la pobreza, con deudas que la agobiaban sino que tuvo la desgracia de perder una pierna, que nunca quiso reemplazar por una artificial y se hacía transportar de un lado para otro en una especie de silla portatil con dos portadores, uno delante y otro detrás, como en los tiempos de los reyes Borbones. Extravagancia que llamaba la atención de todo París. Más ¿hay una desgracia mayor para un comediante que perder sus medios físicos para continuar con su arte? Y la divina Sarah a los setenta y cinco años conservaba toda su memoria. Y cuando un escritor como Luis Verneuil, escribió una obra especial para ella donde podía permanecer sentada durante todo el acto, como Daniel, volvió a las tablas con otras obras que podían permitirle recurrir a la misma situación. La Bianchi dejó escapar por completo esta parte trágica de la vida de la Bernhardt, que le hubiesen permitido recurrir a escenas dramáticas.

Desde luego, la obra fue reunida con diversos fragmentos por Tito Vasconcelos, y no fue fácil darle unidad, como hubiese hecho la pluma de un solo dramaturgo. La Bianchi le dio su propia unidad de magnífica actriz, que trasmitía una especie de alegría, una íntima felicidad a todo el público. Y en medio de un espléndido arreglo escénico, lleno de colorido, debido a Gabriel Pascal, realizado en el difícil de arreglar escenicamente teatro Polyforum Siqueiros, Rosa María Bianchi dio vida a una criatura que era parte de ella misma.

Esta joven actriz que desde sus primeros pasos en el teatro de México en Una buena persona de Sechuan, se impuso como un talento que va a llegar muy lejos. En su creación de este retrato de Sarah Bernhardt volvió a mostrar su don de gran intérprete. Pero sospecho que hay aún mucho más en Rosa María Bianchi que el director de escena José Caballero no logró dar a luz en su totalidad. También Sarah Bernhardt se tardó bastantes años antes de transformarse en la Divina Sarah. Y Rosa María está en camino de serlo cuando tenga una obra de gran calidad dramática, con unidad y argumento. Cuando Rosa María encuentre a su Phedra y a su Racine, de quien sólo recitó unos versos admirables pero pocos, como para despertar nuestra hambre por más y más belleza. Cuando la Bianchi encuentre a su Víctor Hugo con su Hernani y su Ruy Blas, va a llegar muy, muy lejos.