Teatro Julio Jiménez
Rueda. Autor, Peter Weiss. Traducción, Margo Glantz. Música original, Hans Martin Majewsky,
adaptada por Alicia Urreta. Estreno: 15 de marzo,
1968. Director, Juan Ibánez. Dirección musical,
Alicia Urreta. Producción, Rubén Piña y Marta
Zavaleta. Asistentes de dirección, Antonio Azar y Ramón Barragán. Músicos:
Sergio Guzmán, Ramón Fonseca, Luis Jiménez, Antreo Chávez y Eduardo Ceceña. Escenografía y vestuario,
Toni Sbert. Reparto: Wolf Ruvinskis, Sergio Jiménez, Angélica María, Gastón Melo,
Héctor Bonilla, Virgilio Leos, Flora Dantus, A. Ofelia Murguía, Juan Ángel Martinez, Eduardo López Rojas, Óscar Chávez, Gilberto Pérez
Gallardo, Julia Marichal, María Luisa Alcalá, Lilia
Aragón, César Arias, Lourdes Arrington, Alejandro
Aura, Ramón Barragán, Fernando Becerril, Selma Beraud,
Sandra Cortez, José Cortez, Ramón Cosío, Ernesto Cruz, Macros Filio, Ernesto
del Valle, José Manuel Enamorado, Esteban Escárcega,
David Espinoza, Ismael Maldonado, Socorro Martínez, Marisela Olvera, Francisco Ornelas, René Paul, Alfredo Rosas, Marcelo Sánchez, Javier
Velasco, Ernesto Vilches, Magda Vizcaíno, Enrique Atonal, Jorge Garibay, Adán
Guevara, Jesús Lara y Francisco Toledo.
Han pasado casi
cuatro años del 29 de abril de1964, fecha en que se verificó el estreno mundial
en el Schiller Theater, de
Berlín, de esta obra de Peter Weiss, titulada La
persecución y muerte de Jean Paul Marat, representada
por el grupo escénico del Hospital de Charenton, bajo
la dirección del Señor de Sade con
música de Hans Martin Majewski, decorados del propio Weiss y vestuario de Gunilla Palmtierna, esposa del autor, y dirigida por Swinarski. Y a pesar de la corta distancia nos encontramos
con una obra que ha conquistado ya lauros en numerosos países, ciudades y
círculos intelectuales.
Se sabe que el Marqués de Sade pasó sus últimos años internado en ese hospital de Charenton, y también que durante
su estadía en él representó varias obras debidas a su pluma, también se sabe
que cuando Marat fue asesinado, fue precisamente Sade quien pronunció el discurso fúnebre en su entierro. A
no dudar fueron esos datos los que sirvieron de estímulo a Weiss para planear la anécdota de su obra. Anécdota que de esta manera establece tres
planos temporales simultáneos: el primero, el de 1793, año en que falleció Marat y en el que privaba la conciencia revolucionaria; el
segundo, el de 1808, el de la reacción napoleónica, que permite a Sade la contemplación próxima y distante de las consecuencias
y postulados de la revolución francesa y el tercer plano urdido como una tela
de araña sobre los otros dos, que es el de la actualidad política de un mundo
que está por suicidarse:
“Toda muerte, también
la más cruel / se ahoga en la pura indiferencia de la Naturaleza. (Sólo
nosotros damos a la vida algún valor. / La Naturaleza permanecería en silencio
aunque destruyéramos la raza humana.” Dice el Sade de Weiss, que más adelante añade:
“Nuestros asesinatos no tienen fuego / porque pertenecen al orden de cada día /
condenamos sin pasión / ya no se nos ofrece / ninguna muerte individualmente
bella
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/ sólo agonía anónima y sin valor / a la que podríamos enviar a pueblos enteros / a
sangre fría / hasta que llega un momento en que se suprime / toda vida.”
Aunque sean palabras puestas en boca de Sade, es obvio que el autor hace su ataque lapidario a la
política de exterminio nazi, a los campos de concentración y a la amenaza de
esa guillotina con forma de hongo a la que el mundo actual se halla sometido.
Estos tres planos temporales son como la
tesis, antítesis y síntesis de un desarrollo dialéctico de la violencia a
través de la historia.
Marat-Sade tiene la virtud de hacer sus
planteamientos desde todos los ángulos, expone la visión del revolucionario,
que interpreta los anhelos del pueblo, del que a pesar de todo ya no forma
parte integrante; desenmascara los puntos de vista de los que ejercen el poder;
contrapone a verdugos y víctimas, en un juego caleidoscópico en el que tan
pronto el verdugo es la víctima, como la víctima es el verdugo; y en el que la
locura es representada por los cuerdos, como la cordura lo es por los locos; el
sadismo, en sus extremos, se transforma en masoquismo, y el masoquismo, en
sadismo.
De la misma manera que el Marqués de Sade al imaginar las torturas para otros hombres, siente
que él mismo las experimenta; así Marat, al pretender
la igualdad colectiva, lo que consigue es ser acusado de burocratizar la muerte
por una guillotina que iguala a los hombres al quitarles a todos la cabeza.
Marat-Sade es una obra política en la cual,
a pesar del equilibrio entre las dos figuras -representativas de las ideas de
izquierda y de derecha que en pugna se debaten dentro del propio Weiss- la balanza se inclina del lado de los postulados de Marat. En esta obra de Peter Weiss hay una fusión de técnicas y formas teatrales que van desde el rito y la
epopeya hasta los teatros: épico, de la crueldad y del absurdo. Cuando se le
preguntó a Weiss por qué utilizó un manicomio como
lugar para la acción del Marat-Sade, su respuesta
fue muy elocuente:
“En tal ambiente se puede decir casi todo. Entre locos uno tiene
una libertad absoluta. Se pueden decir cosas muy peligrosas y absurdas, en fin,
todo, y a la vez se puede agregar la agitación política, la cual se quiere
difundir. Si yo lo hubiera intentado en esta obra con medios didácticos, como quizás
lo hubiera hecho el mismo Brecht, no habría conseguido los fuertes efectos
emocionales que yo quería producir. Precisamente porque esta gente está loca,
sus palabras tienen un mayor efecto. Tienen mucho parecido con la gente común,
viven en este manicomio, quieren decir algo y tienen muchas dificultades para
expresarse. No tienen libertad alguna, no les permiten decir lo que quieren, y
si lo hicieran de verdad, les entenderían falsamente o los poderosos dirían
que, en efecto, no son más que unos locos.”
Para Weiss vivimos en un mundo de locura, pero no le basta decir: Los políticos son unos
locos, toda la situación ahora se ha vuelto loca... Por lo contrario, afirma: “de
todos modos, estoy comprometido y todo lo que ocurre me afecta igual. De manera
que tengo que tomar partido, aun cuando piense
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