Se alza el telón
Malkah Rabell
Alicia en un sótano
Puede resultar muy divertido atravesar una cocina, tal vez de uso diario, para bajar a un sótano donde un joven director, Pepe Acosta, y una no menos joven actriz, Teresa Rábago representan un monólogo que simplemente lleva como título: Alicia, texto basado en escritos de Darío Fo. Pero no es éste el caso, ni mucho menos. Y el Darío Fo que nos representan Teresa Rábago balo la dirección de José Acosta, nada tiene de lo humorístico que estamos acostumbrados a presenciar y a escuchar en las obras del escritor italiano.
Por lo general, los directores de escena protestan por las escenografías demasiado bellas, demasiado interesantes, que tienen el don de desviar el interés del espectador de la acción y de la actuación que sucede en el escenario. Pero tal vez, a menudo se deja de pensar que una escenografía excesivamente realista, puede, por su horror, igualmente paralizar la atención del auditorio. Y en lo que sucede con la representación de esa Alicia que como contrapunto de Alicia en el país de las maravillas, se encuentra en un sótano. Y lo pongo con mayúsculas, porque ese sótano de una casa que antiguamente fue -creo- una escuela o un club de jugadores de ajedrez, es de tan horrible presencia que provoca —no sé si en todos los espectadores— un impacto al cual es muy difícil escapar. Cómo es posible que esa bellísima casa en Colima 160, a todas luces antigua, esconda en sus más profundas entrañas, donde el ojo de un visitante casual no llega, semejante monstruosidad: un sótano que parece especialmente abandonado para dar mayor libertad a las visitas de las ratas. O bien para encerrar maleantes, especie de cárcel secreta de una policía secreta. Y esto fue lo que justamente atrajo la atención del imaginativo director, Pepe Acosta, para elegirlo como cárcel de su intérprete, de Alicia, una prostituta presa, que a través de una hora y media va contando su historia íntima.
Hace unos diez años, Adriana Roel, bajo la dirección de Julio Castillo, ofreció tres monólogos de Darío Fo, que me encantaron, y que ahora sirven de base a la adaptación libre de Tere Rábago y José Acosta, quienes han creado con ellos una sola unidad. Después de tantos años los textos del dramaturgo italiano ya no los recuerdo. Y el impacto de ese sótano donde Alicia, descalza y despeinada, apenas cubierta de un camisón, cuchichea casi permanentemente sus memorias, fue tal, y tan inesperado, que también del presente drama se me ha escapado mucho de la memoria.
Los dos responsables del "espectáculo" (si puede llamársele así) citan en el programa de mano unos párrafos de Jerzy Grotowski de su libro: Teatro pobre: "Aceptar un teatro pobre, despojarlo de todo lo que no es teatral, concentrarse en la quintaesencia...". Es indudable que esta Alicia es teatro pobre, tal como lo exige el director y escritor polaco. Pero, ¿es despejarlo de todo lo que no es teatral ésta manera de presentarnos un drama humano? Se me hace que se trata más bien de despejarlo de todo lo que es teatral.
En cuanto a mí, prefiero ver teatro desde el asiento de una sala profesional, y hasta desde una butaca de una simple habitación de vecindario sin luces ni escenografía. Pero que me permita concentrarme en la obra y en la interpretación del actor. En lugar de gritar en silencio, desde lo más profundo de mí misma; ¡No, no, no!,no quiere que me encierren en un sótano de un campo de concentración, o de una cárcel secreta, o de un manicomio, por ser judía, o comunista, o, una crítica de teatro! Y este miedo que se apoderó de mí, me impidió ver y escuchar en toda su posibilidad, el arte de esa joven actriz.
En cambio esas 20 personas que asistieron a la representación de Alicia, ya sentados en sillas, ya sentados en el suelo, parecían fascinados por la obra y por la actuación de su intérprete, perfectamente a sus anchas en ese sótano, como si estuvieran ante una escenografía pintada. Y para quienes desean comprobar la veracidad de lo dicho, les recomiendo asistir a esa representación de entrada libre, que nos demuestra una vez más que el teatro en México es de tal naturaleza viva y curiosa, que surge en toda clase de lugares por menos teatrales que sean.