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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

Drácula en el teatro Fábregas

Sin duda para los espectáculos, tanto de cinema como de teatro, con argumentos de vampiros y congéneres, existe un amplio público de aficionados, y para quien se extraña de que Rafael Sánchez Navarro eligió una obra como Drácula para su primer ensayo en el campo de la dirección, hay que recordarles los grandes éxitos en la pantalla de ciertas películas con estos temas. Por cierto, personalmente odio y me aburren tales obras, y he tratado de escapar a su estreno, o reestreno en el teatro Manolo Fabregas hasta donde me fue posible. Pero tantos premios ha recibido este Drácula de Hamilton Deane y John Balderston, que traté de imaginarme la comedia inglesa que ví en México hace unos diez años, transformada en su nueva versión y bajo una nueva dirección.

Mas, de lo poco que recuerdo de aquel anterior espectáculo, sus cambios son muy reducidos. Con un excelente grupo de actores, con una inteligente dirección de este estupendo actor de comedia que nos dio una interpretación dramática de El hombre elefante, Rafael Sánchez Navarro, con una bellísima escenografía de David Antón, la obra no obstante sigue siendo la misma, aburrida y larga. Se hace muy difícil transformar ese texto seco y vacío, ni drama ni comedia, que trata de contarnos la historia de un famoso vampiro, cuya máxima actividad es chupar la sangre ajena (para esto no necesita ser vampiro profesional. Abundan los aficionados a semejante juego). Durante tres actos José Alonso, en el papel del conde Drácula, que llega a Inglaterra desde su Transilvania natal, donde posee todavía un castillo, se dedica a mostrarnos los dientes y la lengua en un gesto muy desagradable, para darnos a entender que su actividad más agradable resulta tomar el desayuno con un biberón de sangre de una bella joven, y para la comida de mediodía una tacita de sangre de la madre de la joven, quien a fuerza de nutrir a semejante bestia se murió de anemia. Y para completar el cuadro algunos miembros de esa familia buscan la manera como matar a un Drácula inmortal, aunque fuera conde.

Tanto el director como los actores se empeñaban en hacer reir al auditorio. Lo que no era tarea fácil. Casi todo el reparto sobreactuaba, exageraba la actuación, avances hasta lo insoportable. La risa surgía no del contenido del texto, sino de las actitudes payasescas de los intérpretes. Sergio Jiménez, premiado por su coactuación en el papel del Prof. Von Helsing, un sapientísimo conocedor de los vampiros y de sus secretos para seguir vivos durante siglos, en tanto hacen morir a los demás, inventaba todas las payasadas que sólo un gran actor puede descubrir. El intérprete, también premiado por su coactuación en Desperfecto —donde realmente se mostraba perfecto— trató de insuflar vida y alma a su muñeco de madera a quien dio cara de Einstein. Todo ello inúltimente. Otro actor que mereció la premiación de la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro como revelación del año, el joven Bruno Bichir interpretó a un personaje loco, a quien hizo exageradamente brincar y saltar por todos los espacios del escenario. Un demente que hacía reir con insistencia al público.

En cuanto a las primeras figuras, Diana Bracho, en el papel de la bella joven poseida por el espíritu maldito de Drácula, parecía salida de la tragedia judía El Dybuk, y como éste de tanto en tanto hablaba con la voz del vampiro. José Alonso como Drácula, hacía volar las alas de su capa negra y roja para convencernos de que llegaba del infierno. Sólo Mario Casilla como el doctor, padre de la posesa nos hacía descansar con sus actitudes

medidas.