Se Alza el Telón
Malkah Rabell
Espectáculo infantil de Sabina Berman
¿Serán los niños más inteligentes que yo? Probablemente así sea. Lo comprobé durante la representación de Caracol y colibrí de Sabina Berman en el teatro Granero. Los niños se reían, y yo me aburría. Pero me surge otra duda, y otra pegunta: ¿Eran realmente los niños que se reían, o eran los adultos decididos a divertirse con las aventuras de esos dos animalitos, uno del mar y otro del cielo. Si no mal recuerdo, en el teatro Granero, con sus 150 asientos, había mucho más adultos que infantes. Sin duda acompañantes del público infantil, esos hombres y mujeres, papás y mamás de los chicos en su mayoría, durante la primera media hora permanecieron bastante serios y silenciosos, igual que sus herederos. Luego, de repente, ese instintivo sentido del humor de los menores pareció despertar y brotó libremente arrastrando con su ejemplo a los grandes.
En esa risa, no poca intervención tuvo el director del espectáculo, Martín Acosta. Este hizo que el movimiento corporal y del rostro fuera más importante que la palabra de los actores. Es la historia —infinitamente reducida— de un caracol que encuentra en la playa a un colibrí sobrevolando las olas de un inexistente mar en un escenario completamente desnudo, y lo toma por un avión. (¿O no será que lo tomé yo por un avión).Las aventuras de ambos son muy pobres, a tal punto que no hay nada que contar. Lo que sin duda va a alegrar a algunos productores que odian a esos malditos periodistas-críticos que tienen la manía de contar el argumento de las obras (como yo). Pues, como no tengo nada que contar voy a producir las palabras citadas en el programa por Sabina Berman:
"Jugar: hacer teatro, volver a los rituales mágicos de los cuatro años en los de expresión acumulados durante lustros; cinco, seis, o más lustros. Esa es la proposición que hago a los actores, al director y al músico de Caracol y colibrí. El resultado debería ser para niños a cien años. Como decía mi abuelo: ¿cuál edad? pura fantasía".
En México muchos padres de familia se sienten especialmente enojados por un teatro infantil que siempre vuelve a las antiguas tradiciones con las historias de hadas y príncipes encantados, de niñas buenas y niñas malas, o de las malvadas madrastras que tratan de envenenar con manzanas mortales a las hijas de sus nuevas familias, (lo que en fin de cuentas era la antigua manera de los escritores de representar el problema del odio entre madre-hija antes de la aparición de Freud y de sus nuevas ideas sobre la maternidad, cuando en la literatura infantil la madrastra no era más que la madre disfrazada). Desde este punto de vista hay que felicitar a Sabina Berman por sus nuevas ocurrencias en el plano del teatro infantil. Esos dos animalitos, un caracol y un colibrí, que atraídos por los sonidos de una música de flauta, tratan a su vez de aprender a manejar a ese desconocido para ellos instrumento: la flauta, no dejan de ser los héroes desconocidos de una novedosa historieta.
También la actuación de los jóvenes actores, Irma Plancarte, como el caracol, y Guillermo Servín como el colibrí es muy graciosa, muy ligera, como hecha sin el menor esfuerzo. Sobre todo Irma Plancarte es deliciosa, tanto cuando carga su "casita" de caracol sobre sus hombros, como cuando se desembaraza de ella para seguir las huellas del colibrí y los sonidos de la desconocida música. Guillermo Servín no le queda en zaga, con su traje semejante a un aviador, y entre ambos acompañados por el narrador, Carlos Cabral, y por la música de Juan José López, dan la posibilidad a la dirección de Martín Acosta de crear un pequeño objeto de arte.