Se Alza el Telón
Malkah Rabell
Una estupenda representación en el Foro Shakespeare
El problema de la madre-hija con su amor-odio, no es nuevo en el teatro universal ni en la literatura internacional. Ese problema puede decirse que abunda. Pero que ambas mujeres, la madre y la hija sean psicoanalistas, psicólogas y tal vez psiquiatras, es más bien raro. Personalmente es la primera obra que presencio de tal temática. Se trata de una obra de Nicolás Wright, me imagino que un dramaturgo inglés, tal como aparece el ambiente de esa Sra. Klein. Aunque la protagonista es alemana, y el autor la pinta con un carácter muy representativo de la manera de ser germánica. También son alemanas la secretaria de la Sra. Klein, y la hija de ésta, Mellina. En realidad esta última, o como ella se firma profesionalmente, la Dra. Schmidelberg, es la menos teutónica del trío. El dramaturgo le dio rasgos muy universales, y el problema de la rivalidad entre madre e hija empieza a partir de ese nombre: Schmidelberg, o mejor dicho a partir de ese título: Dra. Probablemente no pocas madres sentadas entre el público pensarán con no poca indignación que una madre no puede odiar a su hija ni tenerle celos profesionales, tal como la Sra. Klein le tiene —odio y celos— a su hija doctora en psicología. Sin embargo nada es más real y existente, hasta en las mejores y pretendidamente normales familias.
Las tres mujeres son israelitas. Lo que el autor no subraya con especiales características. Lo que no extraña. Los hebreos se adaptan con mucha facilidad a los rasgos de determinados pueblos y países donde habitan y están arraigados desde muchos siglos. La Sra. Klein es más patriota alemana que muchos arios. Pero el dramaturgo necesita el rasgo israelita para explicar las razones de su presencia en Inglaterra como refugiadas en aquel verano de 1934. Y aunque a veces Nicholas Wright trata de introducir algunos elementos raciales, no son más que detalles folklóricos, a veces bastante falsos.
Señora Klein es una obra —¿pieza o simplemente drama?—carente de acción y de un argumento sólido. Ni siquiera expone una situación llamativa. En cambio presenta largos diálogos o coloquios a tres. Y para quienes se interesan por el psicoanalisis se encuentran detalles de la profesión que pueden apasionar, o simplemente hacer reír por lo absurdo. Tales como la explicación que ofrece la Dra. Klein acerca de las guerras en la historia que su hija de niña ha estudiado: "Lo que ocurrió en los tiempos antiguos es que tú, de muy niña presenciaste un coito de tu padre conmigo. Esa es la batalla.." O bien la explicación que la Sra. Klein da de la música a su hijo cuando era niño: "El deseo de tocar el violín es una fantasía masturbatoria reprimida" Por fortuna algunas pretensiones psicológicas tienen bastante lógica, como las imágenes que la madre presenta del amor materno a su hija y rival científica: "Ella, (la madre) a quien ha estado torturando en su mente (el hijo), es aquella a quien amas..." Y sigue exponiendo ante la hija: "Quienes lastiman a la madre mala, ahora descubres que es también la madre buena y amante... Yo soy una y la misma..." En estas palabras podemos descubrir la fuente del clásico amor-odio entre madre e hijos.
Tal vez la obra de Nicholas Wright nos hubiera parecido algo larga y árida si no fuera por la maravillosa interpretación de las tres actrices: Ana Ofelia Murguía en el papel de la madre, Sra. Klein; de Delia Casanova en el papel de Paula, la secretaria asistente de la Dra. psicóloga; y de Margarita Sanz en el de la hija. Tres interpretaciones apasionantes que bajo la dirección de Ludwik Margules han creado a tres personajes muy diversos en su psicología y en su manera de ser. Ana Ofelia Murguía fue extrañamente apropiada en ese personaje de científica ya madura, nerviosa, cambiante, a veces dura y otras veces melosa, con su trasfondo como de soldado alemán disciplinado hasta las últimas consecuencias, con sus manos nerviosas y sus largos silencios llenos de tormento: ¡Magnífica! Hace mucho que no la vi tan estupenda, tan justa en cada movimiento y en cada expresión.
Aunque en un personaje muy distinto, el de la colaboradora de la científica, Delia Casanova fue igualmente excelente. cesp que su papel no se prestaba a tantos juegos dramáticos como el de la Sra. Klein. Con su rostro hermosisimo, la Casanova nos daba la imagen de un ser bastante abatido por la vida, con una niña de nueve años en Berlin y un marido político que la abandonó, luchando para sobrevivir. En cuanto a Margarita Sanz. lástima que pese a su perfecta adaptación el papel de la hija, igualmente Dra. en psicología, no pudo salvarse de su a-costumbrada personalidad.
Desde luego, las tres figuras femeninas debían mucho tanto a la sensibilidad como a la capacidad histriónica y directiva de Ludwik Margules, quien logró sacar lo mejor desde lo más hondo de cada una de sus intérpretes. La obra del autor inglés sólo dependía de las actuaciones, y éstas el director supo llevarlas a la máxima altura. En cuanto al ritmo y a los movimientos escénicos en el nuevo foro Shakespeare, no resultaba nada fácil exponer y mover a los actores en la estrecha área escenica colocada entre dos grupos de público que se agrupaban a los dos lados del foro. El director se mostró muy hábil para aprovechar esta estrecha lonja de espacio.
Y el público entusiasmado salía de la sala con varias preguntas. La madre de quien Freud dijo que pese a todos sus defectos es la única que le entrega un amor gratuito a sus hijos, ¿merece que la amen? ¿Merece que olviden sus equivocaciones y le sean fieles? ¿O deben mirarla como enemiga? Y tal vez la gran pregunta del espectáculo sea: ¿La psicología moderna; todos los aportes de Freud; todas las innovaciones anímicas de la vida contemporánea, valen en realidad la lucha que el hombre ha emprendido consigo mismo, con su propia alma? ¿El psicoanalisis ayuda o destroza al individuo.
Una obra que cuestiona la psicología moderna a través de ese personaje: Melanie Klein, que ha existido y ha sido real, y cuyo mundo científico ha sido destrozado por las ideas más sólidas y profundas de su hija, la Dra. Schimidelberg.