éxito y debiendo soportar privaciones
económicas que sacrifican a su familia y a él, continúa adelante, a pesar de
todo. En El 9, Maruxa Vilalta pinta el drama del obrero que pierde su individualidad para convertirse en un
número, y que lejos de recibir el beneficio del progreso es sojuzgado por un
régimen que lo convierte en un accesorio de la máquina y, tal vez, el accesorio
que se puede suplir con mayor facilidad. En estas obras, Maruxa ensaya distintos estilos, la primera, es completamente realista, y anida en
ella un hálito poético. En El 9, se atisban elementos
expresionistas, como el del estrujante cuadro segundo
que se desarrolla dentro de la fábrica.
Aunque ambas obras fueron estrenadas hace años por otras
compañías, la puesta en escena dirigida por Godoy, tiene tal vez mayor trascendencia, dado que dichas
obras quedarán incluidas dentro del repertorio de una compañía estable que
permitirá volver a reponerlas periódicamente, o bien llevarlas a recorrer la República,
o inclusive, presentarlas
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en el extranjero, ya que uno de
los fines de una compañía permanente es -como el de quien atiza el fuego- no
dejar que las obras mueran, no permitir que sucumban en el olvido. ¡Ojalá
contáramos en México con muchas compañías permanentes!
Por otra parte, el montaje es espléndido. La dirección de Godoy
es acertada, firme y sin titubeos. La escenografía de Ramem,
especialmente la de La última letra, es sugerente y
funcional.
Pablo López del Castillo, que desempeña el papel del escritor
en la primera obra, y el de El 9 en la segunda, demostró
tener muchas aptitudes histriónicas. Sus dos interpretaciones son convincentes
y llenas de vigor. Si acaso en la primera obra tuvo algunos momentos de
sobreactuación, fácilmente explicables en un “monólogo” donde hay que sostener
la atención de un público en un solo personaje. En cuanto a Leandro Martínez, además
de tener una magnífica voz para la escena, sabe proyectar sus emociones con
sencillez.
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