Se alza el telón
Malkah Rabell
Recordando un ensayo de Julio Castillo
Hace unos meses -dos o tres, ya no recuerdo- murió la gran esperanza de nuestra dirección escénica, Julio Castillo. Tenía 48 años, y su última puesta en escena: Dulces compañías, de Oscar Liera, nos demostró que Julio aún tenía mucho que decir en el campo de la creación teatral. Fue su mejor dirección: ¡Perfecta! Como si hubiese sentido que éste era su adios a la vida.
Y al revisar algunos artículos que había escrito sobre Julio, me encontré con la descripción de uno de sus primeros ensayos realizado con jóvenes que nunca habían actuado con anterioridad; con la obra El mal de la tierra o El señor Fuga, de una autora francesa novel: Lilian Atlán. Y a través del texto volví a revivir aquella tarde cuando sentada en la semi oscuridad de la breve sala perdí de repente la sensación del tiempo y del lugar arrastrada en un viaje hacia la muerte de cuatro adolescentes y de un hombre maduro: un soldado alemán, tal vez loco, o tal vez mesiánico, seguramente poeta, el Sr. Fuga. Un viaje hacia Auschwitz de cuatro muchachos rescatados de las cloacas de un ghetto en ruinas, el Ghetto de Varsovia después de su sublevación, arrancados a su última morada entre desperdicios y cadáveres, acogidos bajo las alas de un condenado como ellos, de un loco, porque en un mundo de odios desatados, quien ama sólo puede ser loco, un demente con: "los bolsillos llenos de pájaros blancos".
Y en el transcurso de ese viaje, los condenados a desaparecer reviven sus vidas pasadas y sus vidas futuras, y todas las vidas posibles. Teatro dentro del teatro; sueño en la realidad; fantasía y vida; debilidad y heroismo, locura y sensatez; vida y muerte entrelazas... Ya nadie puede nada contra ellos. Los golpes llueven, pero ellos cantan. Ellos han encontrado la solución de sus vidas y de sus muertes en el transcurso de unas horas; han llegado al final del viaje, tan viejos, tan viejos, ahitos de todo el mal de la tierra y también de todo su pobre, desesperado, triste amor...
-¡No, no, no!- de pronto Julio Castillo rompe el embrujo de ese viaje donde hemos terminado por acompañar a los actores viviendo y muriendo con ellos- ¡con más emoción, con más angustia! ¡Empiecen todo de nuevo!
¡Yde nuevo empieza el viaje, empieza el juego de la vida, el juego de la muerte!
Cuando Julio Castillo me dijo que iba a emprender la dirección de El mal de la Tierra, tuve miedo. Y también él tenía miedo y no lo negaba. Se hallaba tan lejos de todo lo que representaba esa vida, esa lucha, ese dolor y esa muerte. Con sus 26 años nada sabía del infierno desatado en países lejanos, nada sabía de las desoladas tierras de nadie. Cuando le pregunté: "Qué es para tí el teatro?", me prespondió: "diversión"... "me divierto mucho". Y tuve pavor que tomara a diversión ese trágico Mal de la tierra".
-No se te ocurra divertir a costa de tanta sangre. Sería como si alguien se divirtiera con el cadáver de tu madre.
Y Julio Castillo sólo contestó: "Tengo miedo".
Y de ese miedo nació la más extraordinaria de las puestas en escena. Julio con unos meses de aprendizaje comprendió, asimiló, sufrió hasta los más remotos recovecos del alma, lo que otros tardan años en no comprender. El lenguaje y las intenciones de la autora encontraron en ese muy joven director al más singular intérprete. Asimismo con una disciplina hecha más de amor que de severidad, supo inspirar a jóvenes actores noveles una intensidad dramática digna de experimentados intérpretes.
—Empecemos!...
Desde la fondo de la sala llegan corriendo unos S.S. armados de perros, armados de fusiles. armados de látigos. Los perros ladran, los hombres gritan, los fuetes silban. Y en el escenario cuatro niños acurrucados, inmóviles, esperan...
Tal fue ese primer ensayo que le vi realizar a Julio Castillo, cuando apenas tenía 26 años y poseía en su futuro una fe absoluta.