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Se alza el telón

Malkah Rabell

Señor Butterfly, una obra para dos grandes actores

Se diría que la obra de David H. Hwang ha sido escrita con una sola finalidad: dar la oportunidad a dos grandes actores de crear unos inolvidables papeles. Ese nombre: David H. Hwang me resulta completamente desconocido, pero me suena a chino y la obra tiene mucho que ver con China. Sucede en ese país, en la época del régimen socialista, y nos hubiese encantado que llegara un poco más a fondo en la vida tanto política como social de esa región tan poco conocida por el mundo occidental. Lamentablemente para Señor Butterfly, el país no es más que un marco bastante superficial, y la ópera de Puccini es otro marco no menos superficial, que ofrece un título y un nombre para el protagonista y nada más.

Toda la acción, aunque basada en un hecho real, no deja de ser muy enrevesada, como una pelota de numerosos hilos que necesita de un esfuerzo mental para poner en libertad cada hilo. Tal vez este sistema de escribir un drama sea debido a influencias del antiguo imperio asiático. Siento en el alma no tener mayores conocimientos de la dramaturgia china moderna. Pero David H. Hwang entremezcla en su drama dos civilizaciones, dos modos de vivir: el occidental que llega a tierras asiáticas con su psicología colonialista, y el oriental acostumbrado desde siglos al sometimiento. Y el autor no se preocupa mayormente en señalar los indudables cambios que tuvo que aportar el nuevo régimen.

El hecho real que da el sosten al drama es la acusación de espionaje al servicio de China que sufre un diplomático francés, quien aún actualmente permanece preso en su país. La historia empieza por el final y va retrocediendo en un pasado de veinte años. Probablemente el escándalo al cual dió lugar la aventura de René Gallimard, no fue tanto la acusación de espionaje, sino el hecho, bastante amarillista, que lo acompañó: el espionaje se hacía a través de una amante china del diplomático. Una amante que después de veinte años de relaciones amorosas con René Gallimard resulta ser Un amante. ¿A qué se debió una ceguera tan larga? ¿De quien la culpa? ¿Ceguera voluntaria debida a razones psicosexuales? ¿O debida al arte histriónico del "Señor Butterfly"? Las dos horas del espectáculo se dedican más que nada a esa serie de razonamientos, a esas preguntas, tratando de resolverlas y tratando también de que el público las resuelva por su propio razonamiento.

Y esos dos papeles, el de René Gallimard, el diplomático francés, y el del actor chino Son Liling que cumple su tarea considerada patriótica del espia, y a quien el público conoce más bien como "Butterfly", tal como lo llama su compañero de amores, lo realizan dos grandes actores mexicanos: Héctor Bonilla como el supuesto espía francés, y Humberto Zurita como "Butterfly". Y ambos hicieron delirar de entusiasmo a un público que llenaba el amplio teatro Silvia Pinal la noche del espectáculo dedicado a la prensa. Esos dos papeles extremadamente difíciles de interpretar, han sido realizados con un arte refinado. Héctor Bonilla ha logrado esa mezclanza de debilidad y crueldad, con esos "trastornos mentales", para llamar de alguna manera esa perdida de identidad, que ya no sabe muy bien donde se halla la verdad y donde la mentira; que ya no sabe si él mismo amó a un hombre o verdaderamente creyó amar a una mujer.

Papel más difícil, él de "Butterfly", dió a ese joven actor Humberto Zurita la oportunidad de crear primero a una mujer oriental con todos sus suaves amaneramientos, luego a un hombre occidental, quien, tal vez, en su auténtica personalidad debía más bien ser chino. Lástima que como mujer Zurita tenía un rostro demasiado másculino. Pero tiene poca importancia También en este protagonista se mezclan las dos personalidades que han perdido su identidad. Entre ambos actores fue un mano a mano inolvidable.

El espectáculo se distinguía por la perfección de todo el conjunto. Por lo general no soporto a las actrices haciendo papeles de hombres. Pero en el presente caso Luisa Huerta como el "camarada chino" nos hacía olvidar su auténtico sexo. Era un chinito simpatiquísimo, que mezclaba el drama con la comedia. Igualmente correctos estaban los demás intérpretes, Víctor Vera en el papel del Cónsul, y Luis Couturier como el juez. Asimismo las dos figuras femeninas no dejaban nada que desear: Teresa Ulloa y Liza Willer.

Pero el papel más difícil le tocó al director de escena, José Luis lbañez, quien logró juntar y darle una firme unidad a tantos episodios dispersos. que logró imponer a un actor tan masculino como Zurita la gracia de la mujer oriental; y a toda la representación ciertas escenas mágicas de la ópera de Puccini Madame Butterfly.

La escenografía que era muy vistosa, pero difícil de entender, no sé si responsabilidad de ella a David Antón o considerarla una copia del original norteamericano.

En resumen, un espectáculo que, aunque debido a una obra bastante desagradable, logró entusiasmar al público.