Se alza el telón
Malkah Rabell
El grupo belga, un nuevo lenguaje
¿Qué puede decirse de un espectáculo basado en sonidos? Sonidos logrados con una colección de objetos de fierro: cacerolas, tubos, embudos y una docena de otros objetos que por lo general se pueden encontrar en los basureros de las grandes urbes. Y como dice un programa de mano muy modesto: "Hay que observar que estos accesorios fueron escogidos teniendo en cuenta sus cualidades sonoras y los ruidos que se puede producir con ellos".
En un principio creíamos que se trataba de imitar los ruidos de la gran ciudad, cuya sonoridad sacude nuestros nervios a diario y pone nuestra sensibilidad a dos paso de la locura. ¡Pero, no! Creo más bien que esos dos actores que son sus propios autores y sus propios directores de escena, simplemente trataban de hacer algo nuevo, algo inesperado. Hace unas dos décadas, en la época del reinado de la vanguardia y del "teatro del Absurdo", el auditorio se acostumbró de ir a los teatros no en busca de algo bueno, sino de algo nuevo. La novedad se hizo una manía. Por fortuna en México ya renunciamos a las locuras vanguardistas en el transcurso del último decenio, y nuestros dramaturgos volvieron a la realidad de los hechos auténticos, al drama humano, aunque la pasada vanguardia nos dejó no pocos descubrimientos.
El espectáculo de los belgas denominado La Nik a Wet, cuyo significado ignoro, vuelve a esas explicaciones de una realidad inexistente como lo solía hacer el teatro del "Absurdo". El programa a mano con toda seriedad nos explica; "Creada e interpretada por Alain Mebirouk e lsabelle Lamouline debe mucho a las experiencias vividas por los miembros del 'Theatre de Banlieue' durante una reciente gira por América Central y Sudamérica. De hecho el espectáculo fue inspirado directamente en escenas callejeras que los actores observaron en cada país." ¡Puede ser! Se presta a una explicación lógica.
En cuanto a mi propia explicación, traté de imaginarme la vuelta a una época prehistórica, a la edad de hierro, ya que los dos actores emplean sus accesorios de fierro no sólo como instrumentos musicales, sino como vestimenta. A parte de sus mantos rotosos, usaban para cubrirse lá cabeza unos pedazos de cacerolas.
Representado el grupo belga llamado "Le Theatre de Banlieue" (Teatro de suburbio) en la sala universitaria dedicada a la danza: Miguel Covarrubias, al enfrentarlo nos preguntamos inútilmente si se trata de una danza o de un drama, y llegamos a la conclusión intermedia "Danza del Absurdo". Hasta llegamos a pensar en Esperando a Godot en forma de baile. Los dos únicos actores de la "obra (si puede llamársele así) Isabelle Lamouline y Alain Mebirouk, éste último también director artístico, han dado prueba de una facilidad tanto a la danza como al drama. La interpretación de que el espectáculo fue inspirado directamente en escenas callejeras que los comediens observaron en cada país de América Central y del Sur, no deja de tener algo de verdad. Ese montón de chatarra nos recuerda imágenes que hemos visto en ciertos suburbios de nuestra propia ciudad. Aunque necesitamos mucha imaginación para confundir los ruidos sonoros de ciertos pedazos de hierro con la sonoridad de algunos instrumentos primitivos. También se necesita mucha imaginación para aceptar las poquísimas frases en francés como un texto dramático. Tampoco se puede interpretar que los dos personajes se han transformado en ancianos que deambulan por las calles conscientes de "una agitación social en la que ya no pueden participar". Son unas pretensiones imaginativas que no tienen sentido.
En cambio nos parecen admisibles las palabras de Bruno Bert:
"Un espectáculo de provocación estética ecideológicas capaz seguramente de caldear el ánimo de los espectadores tanto para el elogio como para la crítica, pero que nunca los dejará en la indiferencia".
Esa doble capacidad la pudimos observar en el auditorio. No pocos espectadores se levantaron y abandonaron la sala; otros se quedaron dormidos. Pero la mayoría recibió el final de la función con un cálido aplauso.