Se alza el telón
Malkah Rabell
Playa Azul de Víctor Hugo Rascón
El autor de esta Playa Azul, Víctor Hugo Rascón, desde sus primeros pasos en el escenario nacional, se mostró partidario de los argumentos basados en acontecimientos actuales, tal vez debido a su profesión de abogado. Se dió a conocer hace unos diez años con una obra acerca de los "espaldas mojadas" que tituló Los indocumentados. Algún tiempo más tarde escribió La fiera del Ajusco que se refería a un hecho real: el de una madre que mata a sus cuatro hijos por la imposibilidad de alimentarlos. Otro drama que se refiere a un reciente suceso es El edificio que presenta un terremoto y que aún no ha sido estrenado. La actual Playa Azul, pese a su título nada tiene en común con romanticos desnudos al borde del mar. La obra nos presenta más bien un hecho de actualidad; los políticos que pierden su gloria y su fortuna acusados ya con justicia, ya como chivos expiatorios, o de las dos maneras, de haber cometido un sinnúmero de crímenes.
Playa Azul es el nombre de un hotel construido a la orilla del mar, a la orilla del Pacífico. El hotel pertenece a un político. Tanto éste como el hotel están a punto de derrumbarse. Debido el derrumbe del hotel a un terremoto reciente, y el derrumbe de su dueño a la súbita pérdida de la confianza de su jefe: un general. El dramaturgo, en la introducción del programa de mano, ha encontrado las expresiones más conmovedoras y a la vez más sencillas, para reproducir la situación de los protagonistas del drama: "cualquier persona se ha de preguntar, al leer las notas rojas y las columnas políticas: ¿qué pasa con un político y su familia, cuando cae en desgracia por una orden de aprehensión que se expide en su contra? ¿Qué sucede con su esposa, sus hijos, sus sirvientes, sus colaboradores? ¿Qué se le mueve en las entrañas? ¿Qué piensa realmente el hombre que ve eclipsada su luz política? Quizás venga el pasado a darle la cara. Quizás sus viejas culpas se le hagan presentes. Playa Azul es la historia de una "familia revolucionaria" caída en desgracia. La historia real aunque inventada...".
El dramaturgo, Víctor Hugo Rascón ha logrado construir el drama de esa familia con gran economía de medios. Ha dado vida a cada uno de los personajes con sus problemas individuales en medio tono. Y no sé si debido a la dirección de Raúl Quintanilla o al texto de V. H. Rascón, el drama se desarrolla con mucha lentitud, una lentitud chejoviana que en un principio se nos hace un poco difícil de soportar, pero muy pronto nos acostumbramos a ella y nos envuelve y se nos hace familiar, y hasta hay momentos cuando nos hace pensar en El tío Vania de Chejov por su situación, aunque por el tema es diametralmente opuesta.
Los seis protagonistas logran dar una vida íntima, introvertida a sus personajes. Sergio el hijo del político, un drogadicto, demasiado ligado a la madre, es interpretado por un joven actor desconocido, Álvaro Guerrero, con unos tonos y unas actitudes de actor ya maduro en su oficio. Ignacio Retes, en el papel de carácter del viejo sirviente, estaba excelente. Lastima que en los últimos años vemos muy poco sus direcciones escénicas. A Lourdes Villarreal, entre sirvienta y administradora, especie de Tía Vania femenino, el papel le quedaba algo grande. Tanto Carmen Delgado como la hija, y Lilia Aragón como la esposa de! ingeniero (el político) dieron ambas el tono necesario a sus papeles, aunque éstos resultaban bastante reducidos y no había posibilidades de lucimiento. El más importante de los protagonistas fue desde luego el ingeniero, y Sergio Bustamante lo manejó con la angustia de un ser perseguido que no encuentra paz, llevando su actuación a cada rincón. Actuaba con palabras, o con silencios. Su personaje se multiplicaba.
La escenografía e iluminación de Gabriel Pascal resultaba muy sugestiva con su ambiente desolado de una antigua casa bella llevada a la ruina tanto por la violencia de la naturaleza, como por el desamor de la gente.