Se Alza el Telón
Malkah Rabell
Venezuela, Rajatabla: El coronel no tiene quien le escriba espectáculo de cien facetas
Una puesta en escena que al iniciarse parece extremadamente realista, y que poco a poco, paso a paso se vuelve onírica. Y es un montaje de tal intensidad dramática y plástica que uno casi no se atreve a escribir sobre este juego escénico por temor de caer en tonterías y falsedades. Todo lo que podríamos decir no daría la magnitud de este espléndido espectáculo de cien facetas.
¿Por dónde empezar? ¿Tal vez por la escenografía? Muy realista y hasta excesivamente realista a primera vista, cuando la falta de telón nos introduce de inmediato en la miserable choza del coronel, a medida que avanza la representación cambia una y otra, y otra vez ante nuestra vista con la rapidez de la técnica brechtiana. Son los mismos actores quienes mueven las paredes y transforman la choza en una multitud de sitios diferentes. No es la estética que llama la atención de la escenografía, ¡es su funcionalidad! Y aunque en México no conocemos a su creador, vale la pena mencionarlo: Rafael Reyeres.
Luego nuestra atención se desvía hacia los actores a quienes el público ovacionó de pie al final. Son muchos, son quince, en una época cuando el teatro comercial -imitado por muchos independientes- suele emplear y exigir de los dramaturgos el menor número posible de intérpretes, hasta llegar al monólogo y a la pareja. Son muchos los personajes, interpretados cada uno por un actor diferente, en esta novela de Gabriel García Márquez, dramatizada y adaptada al escenario por el director Carlos Giménez. Personajes la mayoría llegada de las páginas de Cien años de soledad, gente nacida en Macondo. Con su médico, su abogado, su admnistrador de correo, y con su infaltable compadre Sabas, hábil en explotar al pobre; y con su grupo de amigos de Agustín, el hijo del Coronel, asesinado por la "Justicia". La mayoría tiene papeles secundarios y los realiza con toda correción. Pero es José Tejera como el Coronel -uno de esos papeles que hacen al actor-, y Aura Rivas, como su esposa, una mujer valiente y dura con su marido y consigo misma, quienes llevan en sus hombros el mayor peso de la obra. El coronel no tiene quien le escriba porque desde hace quince años en vano espera la respuesta a su solicitud de pensión como veterano de las luchas política locales, que han dado -según clama la esposa- a muchos techo y a otros fortuna, y sólo al coronel -que no sabe pedir ni humillarse- nada ha dado fuera del hambre y de los sueños irrealizables. Sin gritos, en medio tono, José Tejera da vida a un soñador, que no distingue entre la realidad y el sueño. Este difícil papel, que no pocas veces ha de recurrir a escena poco agradables en el escenario, Tejera los realiza sin perder su dignidad ni de actor ni de protagonista. Menos introvertida que su cónyuge, más bien extrovertida, Aura Rivas da a su personaje la fibra dramática de la mujer del pueblo de los países latinoamericanos; llena de reproches al coronel, pero está dispuesta a soportarlo hasta la muerte; grita, pero aguanta el hambre y la máxima miseria. En esta representación donde no se sabe qué primero admirar si el conjunto, la obra, la dirección o la escenografía, resultan como dos luces que sólo el último telón extingue.
¡Y ahora la dirección! ¡Ay, qué dirección! ¡Qué inventiva! ¿Qué imaginación! ¡Qué ritmo! lento a veces, y de repente intenso como una tormenta. ¡Macondo con su eterna lluvia; con su desfile permanente de paraguas negros; con su figura completamente calva de mujer que surge como una proclama de mal agüero ya en un sitio, ya en otro, como multiplicándose!