Se alza el telón. Malkah Rabell
Un magnífico grupo: El español, en el GFCM
Un grupo, el teatro Condal, nos llega de España con uno de esos espectáculos que tiene el don de gustar a todo el mundo: a los cultos y a los sencillos; a los inteligentes y a quienes no lo son tanto; a los que saben mucho del teatro y a quienes lo ignoran todo. Es una compañía que fuimos a ver con alegría por la ilusión de oír por fin un texto español, un texto que nos resulte comprensivo. Pero la obra Dancing no tiene texto verbal, los intérpretes no pronuncian una sola palabra. Toda la representación se desarrolla en forma de danza y no poca mímica, con efectos sonoros y 92 temas musicales. Y sin embargo en ningún momento perdemos el hilo de los acontecimientos: la historia de un pueblo, la historia colectiva de una ciudad, Barcelona, desde 1929 hasta 1988, con las danzas y la música de cada época, desde el fox-trot y el tango hasta el heavy metal; desde la exposición internacional y Gardel en 1929 hasta la República en 1931; y luego la Guerra Civil y los milicianos con sus canciones; "Si me quieres encontrar, ya sabes mi paradero..." y tantas otras que nos devuelven a nuestros recuerdos de la juventud. Hasta los días actuales, hasta la Democracia y la angustia del futuro. Todo ello parece excesivo. Y no obstante pasa rápido y nos mantiene apasionados, pendiente de cada detalle. Algunos episodios nos son insinuados por medio de ciertos símbolos, como el toro y el caballo del famoso cuadro de Picasso, Guernica. En el último acto desfilan por el escenario numerosos personajes célebres, cubiertas las caras de enormes cabezas. Y el auditorio no deja de divertirse, ríe, se emociona y a veces deja caer algunas lágrimas.
Todo ello sucede en un Dancing como se suele llamar en Europa a los Night-Clubs, y en español Salón de Baile. Y la escenografía de Antonio Balad, para situar la acción es espléndida. Se han sacado algunas filas de asientos de la sala del Teatro del Bosque (ahora bautizado Julio Castillo) y el escenario resulta más amplio que la sala del público y se encuentra a ras del auditorio. El espectador ve y oye en todas partes.
Pero es sobre todo el conjunto artístico que deslumbra. ¡Qué bailarines! sin dejar por ello de ser actores y sobre todo mimos. Y pensar que tanta densidad de argumento y de acción lo llevan a cabo únicamente quince intérpretes con un promedio de 10 personajes por actor. Bailan no sólo con técnicas sino con el corazón. Con un temperamento desatado, con una naturalidad como si estuvieran improvisando. No se puede mencionar a ninguno en especial porque todos son magníficos. Pasan constantemente de un protagonista a otro. Dejan de ser los personajes que aman bailar y van para ello a un "dancing" para encontrar a un compañero de baile, nada más que compañero de swing o de paso-doble para transformarse a través de la representación ya en miliciano ya en soldado franquista; ya en sacerdote o en un cantante de opera, que canta, desde luego, con una grabación y música de una pista. Los frecuentadores del "dancing" son heterogéneos. Los hay de las más diversas clases sociales y de los más increibles fisicos, asi como de las diferentes edades. Y lo hace con una dinámica que nos arrastra en pos de su alegría o en pos de su dolor.
De origen portugués, el director Helder Costa es también el autor de la obra que le fue inspirada por la película de Ettore Scola: El baile. Y en su versión española, adaptada a la historia de España, ha logrado una calidad artística y humana que no le va en zaga al original.