Resaltar búsqueda

 

 

 

Se alza el telón

Malkah Rabell

Un extraño y trágico monólogo de E. Pavlovsky

Esta vez le tocó a Argentina. El grupo argentino que tomó parte en el Gran Festival de la Ciudad de México se despedía. Por última vez subía al escenario del teatro Benito Juárez el actor, médico y psiquíatra, Eduardo Pavlovsky, con su monólogo Potestad, un extraño y trágico monólogo, el más extraño que he conocido.

Actor y autor a la vez, Eduardo Pavlovsky se basa en una nueva corriente literaria que llaman psicodramatismo. Y según lo dice la palabra, el autor busca el drama en la psique, en el alma dei protagonista. Aunque a decir verdad, todos los dramaturgos siempre y en todas partes han perseguido la misma búsqueda: penetrar los misterios del alma. Pero Pavlovsky empieza por hacer gala de sus posibilidades corporales. Su arte de actor exhibe una extrema plasticidad de gestos y movimientos. Estudia el arte de mover cada dedo, cada paso, cada músculo del cuerpo, como sentarse, y como levantarse, y lo hace con tanta naturalidad que parece improvisar tanto la palabra como el gesto. De esta hora y media de duración del monólogo, los primeros treinta minutos el público ríe, se divierte con la gracia, casi podría decirse clownesca de Pavlovsky.

Y de repente ¡aparece la tragedia! Ese país, la República hermana de Argentina, sufrió tanto durante más de una década que muchos aún no lo creen. Como muchos aún no creen en los campos de concentración ni en los hornos crematorios. Para esos descreídos, las madres de la Plaza de Mayo, los jóvenes desaparecidos, los torturados en las cárceles son un invento de los "rojos". Mas, Pavlovsky nos narra algo realmente poco conocido: el rapto de los niños. No todo nos resulta completamente claro en la narración pavlovskiana. Tal vez porque los hechos sucedidos en ese desdichado país no siempre nos son conocidos. Cuando el protagonista en su desesperación grita: "¡País de cobardes ... país de mierda!" nos preguntamos por qué su cólera va hacia las víctimas, hacia el país, en lugar de dirigirse hacia una clase social, la culpable, la militar. Probablemente para el habitante de Argentina esa cólera sea bastante clara y hasta comprenda por qué la dirige contra todo el país.

El programa de mano nos explica muchas cosas de manera bastante clara: "Nuestro país ha sufrido durante la dictadura una de las patologías más graves y difíciles de diagnosticar. No había antecedentes en psiquiatría de este fenómeno social. Un grupo de hombres y mujeres se dedicó a raptar niños ajenos como producto del "botín de guerra". Una nueva secta de hombres "normales" se dedica a secuestrar a los hijos de los militantes caídos durante la represión, asesinando a los padres y cambiándoles la identidad original por otra".

La tragedia en el tono de Pavlovsky -tan natural como lo es su tono humorístico- surge cuando empieza a narrar la desaparición de la "Nena". Dibuja la figura del raptor, un hombre de buena sociedad, de maneras refinadas que se introduce en la casa y la niña desaparece... así de fácil y de incomrpensible. Las escenas de dolor del protagonista son desgarradoras. Y aunque para algunos les parezca "melodrámatico", para la mayoría nos sacudió, nos penetró hasta lo más profundo del alma con su dolor de padre y de ser humano. Tanto en las escenas cómicas como en las dramáticas, Pavlovsky se muestra gran actor, un intérprete muy original en un arte teatral que él mismo ha inventado a la medida de su propia personalidad.

El caluroso aplauso que le brindó un público que llenaba el teatro Benito Juárez, estaba más que merecido. E igualmente merecido resulta el premio que Pavlovsky recibió de la revista británica Time Out el pasado mes de julio por su interpretación de Potestad en el Royal Court Theatre de Londres durante el Festival Internacional de Teatro en 1987.