diorama teatral
el rey
se muere
p o r m a r a r e y e s
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Teatro Hidalgo. Autor, Eugène lonesco. Dirección, Alexandro Jodorowsky, Escenografía y vestuario, Leonora
Carrington. Reparto: Ignacio López Tarso, María Teresa Rivas, Marta Navarro,
Héctor Ortega, Diana Mariscal y Víctor Eberg.
¡Ha empezado el año
con un milagro teatral: la presentación de El Rey se muere, de Ionesco.
Es difícil
sintetizar una obra de tales magnitudes, pero básicamente expone el terror del
hombre ante la muerte, sólo que el símbolo trasciende al hombre, se amplía, se
hace cósmico. Es la Tierra la que agoniza, es el Universo mismo el que tiembla ante la inminencia de una Nada que lo
ha acompañado siempre y que al fin se apodera de él, destronando al poder de la
vida.
El rey ya
no tiene armas para retener el aliento vital. El rey -Hombre, Humanidad,
Tierra, Universo- trata de salvarse por el Poder y es derrotado; trata de
salvarse por la Ciencia, y ésta lo traiciona, se ha aliado con la Muerte; trata
de salvarse por el Amor y fracasa. Queda solo, solo y desvalido ante un poder
superior al suyo que le desliga de todos los lazos que lo ataban a la vida. Y
al fin, después de resistirse, hasta el último instante, en el momento supremo,
la Muerte le llega como un alivio.
Ionesco ha
escrito alguna vez: “En la raíz de mi obra hay dos estados fundamentales de
conciencia... por un lado la fugacidad, y por otro la presión: vacío y
sobreabundancia de presencia: transparencia real del mundo y opacidad... la
sensación de fugacidad conduce a un sentimiento de angustia, a una especie de
vértigo. Todo puede volverse eufórico; la angustia, de pronto se transforma en
libertad...”
En ninguna
obra suya, como en esta, pueden corroborarse esas palabras. La fugacidad y la
opresión; el vacío de la muerte y la superabundancia de presencia. La Muerte,
con todo su vacío que representa, está siempre presente, actuante, modificante.
Y la angustia y el vértigo, que de pronto se transforman en libertad, en el
instante mismo de la muerte.
Pero la
contradicción ionesquiana no se detiene ahí, de
pronto, esa angustia y ese terror es parodiado por el propio autor (parodia
acentuada sabiamente por Alexandro). Aquí, Ionesco
trasciende la tragedia, pues resulta infinitamente más trágico presentar el
terror y la parodia del terror, y la risa del payaso por su propio dolor, que
el simple terror y el dolor puro.
Una obra
que crea dimensiones requiere de un equipo de director, escenógrafo y actores
que también creen dimensiones nuevas. ¡Y he aquí el milagro! Alexandro, con una visión genial construye todo un mundo.
No sólo completa la obra de Ionesco, no sólo la enriquece; la recrea. El
decorado de Leonora en gris y verde, alcanza los más altos niveles plásticos,
pero sobre todo, como un gigantesco imán, induce al espectador a incrustarse en
ese mundo. Todos los personajes parecen salidos del decorado, estatuas vivas
que giran como satélites de esa rueda móvil que corona la escena.
De Ignacio
López Tarso puede decirse, como de un aviador que rompe la barrera del sonido,
que traspasa su frontera anterior. Se mueve dentro de un mundo nuevo para él y
al mismo tiempo que él lo descubre, se lo descubre al público, se lo comunica,
se lo informa, se lo hace vivir. Como un astronauta que por primera vez se
mueve en el espacio y domina su cuerpo, libre al fin de la fuerza de la
gravedad, así López Tarso camina por ese espacio-tiempo, libre de ataduras
tradicionales, como si toda la vida hubiera, caminado sin ellas. Se advierte
cómo respira con libertad, y cómo esa libertad le permite cumplirse a sí mismo como actor.
Maria Teresa Rivas, parte viva del decorado superrealista
de Leonora Carrington, se desprende de él; su risa es como el eco de una
patética explosión que arrasara al Universo. Su voz, una sentencia. Su gesto,
una ejecutoria. La actriz en una paradoja sin precedentes al interpretar la Muerte,
da vida a esos buitres plasmados por Leonora, que otean ese mundo en
descomposición, para devorar la carroña.
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Marta Navarro, otra actriz “iluminada” que interpreta
la lucha impotente que libran el Amor y el hedonismo por romper el cerco que la
Muerte va cerrando alrededor del hombre. Es también la parodia del Amor, la
parodia de la Vida; tal como Héctor Ortega, al interpretar el símbolo de la
ciencia, la magia, y las fuerzas ocultas, las desdobla en una identidad de los
contrarios ridiculizándolas, apareciendo como el bufón del que se sirve la
Muerte para hacer su juego. Y la misma maestría de estos actores, puede observarse también en Diana
Mariscal y Víctor Eberg, que interpretan a los
servidores, a los débiles que ocultan su fuerza en esa aparente debilidad. Sus
personajes tienen el poder de elegir la obediencia o la desobediencia; de
ejecutar o de no ejecutar lo que el fuerte les ordena. En cambio el que ordena
no puede elegir: ordena, o sucumbe. Tal el caso del rey.
Escenas tan
maravillosas como la del “corazón”, y muchas otras, quedarán para ejemplo de las magnitudes que puede alcanzar
el teatro.
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