Resaltar búsqueda

 

 

Se alza el telón

Malkah Rabell

Conversación entre las ruinas, de Emilio Carballido

El título se refiere a una conversación en la selva oaxaqueña. Las ruinas son más bien morales. Las sufren dos personas que se autodestrozan y a su vez se destrozan mutuamente. Un hombre y una mujer que se amaron, que aún se aman, pero que no saben decírselo uno al otro, no saben ser sinceros en sus declaraciones de Mea Culpa, en sus confesiones. Emilio Carballido que es probablemente, o mejor dicho seguramente, el mejor de nuestros comediógrafos, con un conocimiento extraordinario de todos los misterios de la profesión dramatúrgica, aqui, parece de pronto volverse hacia sus años mozos, para recurrir a una técnica de narrador, de literato que crea un cuento algo excesivamente largo. Dos personas hablan, hablan y una tercera persona se desliza entre los árboles y escucha desde la sombra, ella misma es una sombra entre los maravillosos misterios de la selva, entre los árboles milenarios, y el canto de los grillos -y las voces susurrantes de los habitantes invisibles de esa tierra sagrada y cerrada para el ojo del hombre demasiado civilizado.

El escenario carece de telón, y al entrar en la sala el espectador se queda mudo de sorpresa ante el esplendor escénico, ante la escenografía que fue realizada por Marta Palau, aún desconocida para el mundo del espectáculo, pero que seguramente no tardará a darse a conocer como una de nuestras mejores creadoras del género. Marta Palau seguramente obtendrá el premio a la mejor escenógrafa del año por esa realización de un rincón de la selva donde los árboles se antojan tejidos por una mano divina, donde la luna filtra sus luces a través de la maraña de las hojas, y en torno reina una ambientación que hunde al espectador en un mundo onírico.

Por más que conoce uno la obra de Carballido en sus más difíciles creaciones, no lo reconoce a través de la prosa, de la técnica y del tema de Conversación entre las ruinas. Creía conocer la obra de Carballido, pero ante esta última me siento desconcertada. ¿Desea Carballido demostrarnos que siempre puede ser nuevo, que aún no ha perdido la capacidad de mostrarse en una luz novedosa? O tal vez Carballido no puede guardar la misma cara durante mucho tiempo, y aún tiene para sacarlas del sombrero de copa una multitud de sorpresas.

En esa selva oaxaqueña, tres actores llenan todo el primero y único acto, dos mujeres y un hombre. Ángeles Marín como la protagonista en la primera escena llega a la selva ataviada con un asfixiante traje de maestra de escuela. Por fortuna lleva en su maletín ropa para cambiarse de acuerdo al clima. En su papel de Anarda da vida dramática a un personaje muy complejo, a menudo incomprensible. Tal vez aunque un protagonista hable todo el tiempo de sí mismo, no descubre al ser íntimo. Sólo podemos juzgar a un ser humano a través de sus obras. Y aquí éstas se hallan ausentes. Como Antonio, el hombre que se esconde en la selva, Ezequiel Ojeda campea a un personaje que huye de la civilización que lo hizo sufrir demasiado y cree hallar la paz en la intimidad de los bosques. Pero la turbulencia de la civilización lo persigue. Ezequiel Ojeda tal vez resulta aún demasiado inmaduro para este personaje de mucha fuerza dramática. Aunque creo que la nota de debilidad de carácter y hasta el físico enclenque no dejan de ser necesarios para semejante personaje, excesivamente puro en un mundo de gente corrupta.

La que más me gustó de los tres fue Zaide Silvia Gutiérrez, papel casi carente de palabras. Su desplazamiento en medio de la vegetación exorbitante se antoja como llevado por una íntima coreografía. He aquí a una buena actriz en pleno desarrollo.

La dirección debida a Alejandra Gutiérrez crea una ambientación muy exacta, una atmósfera de misterio debido a una exorbitante vegetación y a la dramaticidad de su trío de actores. El ritmo es perfecto y nunca decae.

Si no supiéramos que la obra se debe a Emilio Carballido estaríamos dispuestos a adjudicarla a ciertos escritores de las regiones selváticas del sur del continente.