Se alza el telón
Malkah Rabell
Era un ser, en la Casa del Lago.
Miles y miles de niños de todas las edades y probablemente de todas las clases sociales. ¿Solamente porque es domingo? ¡No! Es domingo 30, Día del Niño. Y todo ese mundo infantil se desparrama por todos los rincones, entre los árboles, por todos los caminos donde no se permite la circulación de los automóviles ni de los camiones. Pues, precisamente ese día eligió Mara Ybarra para despedirse de su espectáculo poético musical que desde el 9 de abril presentaba cada domingo en la sala Lumiere. El nombre de los hermanos inventores del cinema ya nos hace sospechar que la sala ha sido creada para la pantalla cinematográfica y no para el teatro. Más, como dice Eduardo López Rojas, director de la puesta en escena: "No hay lugares libres, todas las salas están ocupadas". Y también la sala Lumiere, ese domingo a las 14 horas, se halla repleta de un público heterogéneo, entre el cual más destacan los numerosos infantes y sus mamás, y hasta sus nanas. También hay hombres, pero en número mucho más reducido. El escenario no tiene telón y su única escenografía es un piano de cola. Y yo, desde luego, me pregunto: ¿Va a ser un espectáculo teatral o musical?
Fueron las dos cosas. un -a especie de collage de música, palabra y danza, o por lo menos movimientos plásticos. No hay género más difícil en literatura que el poético. Se suele decir: "De poeta y de... todo el mundo tiene un poco". La enorme dificultad es reconocer cuando se trata sólo de un poco, y cuando de la verdadera, inmensa, maravillosa vocación de poeta. En Era un ser María Ybarra demuestra mucha sensibilidad, un oído muy musical para el ritmo. Pero no me atrevo a afirmar que se trata de esa verdadera santidad que nace en la voz del gran poeta, del auténtico barco. A veces llega a ser la suya una prosa poética, un lenguaje abstracto que, después de mucho rebuscar deja al descubierto sus secretos. Y nos damos cuenta que nos habla de una niña que con el tiempo adquiere rostro y alma de mujer adulta. Las numerosas imágenes abstractas hacen más difícil de comprender el idioma de Mara Ybarra. Para dar mayores detalles haría falta contar con una copia del original. Con el texto a la mano resultaría mucho más fácil juzgar el verdadero valor del poema. Texto que lamentablemente me falta y he de someter mi memoría a un esfuerzo demasiado grande para reconstruirlo. Gran parte del poema se me escapa.
Acompañan la recitación -subrayada por movimientos coreográficos-, Melba Rosa Tirado al piano; Moisés Chávez ya al cello ya a la guitarra; y asimismo Francisco Chávez con guitarra y bajo. Los tres cantan pero es sobre todo Melba Rosa Tirado quien entona algunos cantos con una voz fina y melodiosa. Tal vez es la voz de la pianista que debe configurar el estado infantil de esa ser que esta por cambiar de piel, como las serpientes, para dar paso libre a un ser nuevo: la mujer.
No hubiera creído que ese público heterogéneo que llenaba la sala fuera capaz de asimilar con tanta supuesta facilidad y tanta comprensión un acto de poesía. Con sorpresa escuché los prolongados y entusiastas aplausos que era la manera del auditorio de afirmar su completa comprensión y su completa entrega a los cuatro intérpretes: músicos y actriz dramática que también resultaba la autora del poema.
Decididamente se puede hacer teatro en cualquier parte y dejar al público entusiasmado, con deseos de seguir escuchando.