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Se alza el telón

Malkah Rabell

Masculino singular comedia blanca

El título más bien parece digno de un capítulo de gramática. Pero no lo es. La singularidad de esa obra que no tiene autor, por lo menos no lo anuncian en el programa de mano, es el caso de un militar de alta graduación, un coronel de gran severidad con sus subordinados que resulta mujer. Pero es un hombre que tuvo que operarse para cambiar de personalidad. La comedia parece suceder en Inglaterra, donde el homosexualismo llegó a ser en las últimas décadas tan protegido, y hasta sobreprotegido, que parecía impresionante que permitan el divorcio y el casamiento entre sus parejas. El comediógrafo da la impresión de burlarse no sólo de un caso particular, sino de una situación nacional. La comedia es casi blanca, no presenta escenas eróticas ni bromas de doble sentido o de mal gusto; nunca llega la comedia a la groseria. La gente se ríe de buena gana, pero sin llegar a las carcajadas. A menudo, los propios actores se aguantan la risa con bastante dificultad, sobre todo cuando van inventando morcillas. El que más dificultades demostraba en permanecer serio no se sabe si por las situaciones o simplemente porque ya no aguantaba la risa interior, resultaba Guillermo Orea en su papel del Coronel Frank J. Harper, el ex-mujer. La situación de los cinco intérpretes es más bien de enredos creados por el caso de ese militar que llega a su propia casa después de 20 años de ausencia, donde nadie lo reconoce, ni siquiera su ex-marido y menos su hijo que no lo ha visto desde su más tierna infancia.

La dirección de Guillermo Orea, que es un excelente actor de media y casi un cómico, se contenta más bien con el manejo de los intérpretes, algunos aún muy jóvenes y con pocas tablas, como Marcela Páez y Guillermo Orea M. Probablemente, este último, hijo del conocido actor del mismo nombre. Esa pareja juvenil, no obstante sus pocos años, se movía por el escenario con toda libertad, como suelen hacerlo los hijos de los actores ya maduros. Ya con más experiencia histriónica, se mostraron Mario Casilla que posee mucha simpatía personal y si no fuera porque se reía todo el tiempo y no lograba contenerse, su personaje hubiese resultado casi perfecto con todos los rasgos necesarios de hombre abandonado por una esposa desaparecida desde mucho tiempo, y quien no deja de perseguir a todas las mujeres que se le presentan en el camino. Ariadne Welter no la he visto en el escenario desde hace muchos años, y parece haber madurado como actriz, más segura de sí misma y de sus parlamentos. En cuanto a Guillermo Orea, el público parece amarlo con mucha fidelidad. Fue el único que al presentarse en escena fue recibido con un prolongado aplauso.

La escenografía de Cristina Martínez, aún bastante desconocida, resultaba agradable con su reproducción de un hogar de clase media, o tal vez un poco más alta que la media.

Pese a tratarse de una comedia bastante inocente, sin pretensiones filosóficas o políticas (fuera de las morcillas), El masculino singular atrajo un público numeroso y un viernes en la tarde, en un teatro aún poco calentado, como el Centro Libanés. Posiblemente que la mayoría de los espectadores sea del mismo barrio. Lo que sería una buena señal. El auditorio que asiste a espectáculos familiares con entrada para toda la familia en su barrio, ya lo va a buscar más adelante en otros centros de la ciudad. La inmensa población que no tiene automóviles en el DF, ya empieza a centrar su vida cotidiana, con sus distracciones y problema en sus alrededores. Los coyoacanenses por ejemplo, buscan sus distracciones en sus alrededores, y así sucede con los habitantes de otros centros urbanos, donde se crea como una aldea, con su iglesia, sus cafés, sus restauranes, sus negocios, sus cines, y por lo mismo sus teatros.