diorama teatral
balance
por mara reyes
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Durante el año de 1967, la Unidad
Artística y Cultural del Bosque se afirmó como uno de los pilares más sólidos
del buen teatro en México, presentando obras de alto nivel artístico, con producciones
dignas de aplauso y reconocimiento. Entre éstas hubo excelentes muestras de
diversos géneros dramáticos: comedia, tragedia, pieza y hasta drama (en su acepción
de: obra) musical. Así, pudimos ver Se compra sabio de Ira Wallach que escenificó Maruxa Vilalta, guardando un exacto equilibrio entre el humor y la
“denuncia”. Vimos también la presentación de Tango del dramaturgo
polaco Slawomir Mrozek que
subió a la escena bajo la dirección de Fernando Wagner. Y el drama musical ¡Paren
el mundo, quiero bajarme! dirigido por Héctor Ortega.
En el teatro del Granero se inició el año
con una obra estrujante de Heinar Kipphardt: Proceso Oppenheimer,
bajo la dirección de Xavier Rojas, subiendo poco tiempo después a la escena del
teatro Orientación, bajo la dirección de Rafael López Miarnau,
otra obra que tocaba un problema vital de nuestros días, y emparentado en
cierta forma con la obra de Kipphardt, me refiero a Punto
H de Yves Jamiaque. Esto fue como
el principio de un camino que desembocaría al final del año con la puesta en
escena de Viet Rock de Megan
Terry, montada también en forma excelente por López Miarnau.
Desgraciadamente, junto con el entusiasmo
que esta escenificación despertó en los espíritus libres, desencadenó el furor
de las mentes obtusas. ¿Cuál no sería el estupor de
esos actores que participaban en una obra antibelicista, -en la que se describe
el horror de la lucha
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de hombres contra hombres- cuando a
mitad de una escena, un grupo de jóvenes vándalos se levantaron de sus asientos
y subieron al foro a golpear a esos actores -y a los empleados que guardaban
las puertas, para tener franca la huída-?
Además de cundir la alarma en todos los
medios intelectuales, este hecho levantó una ola de indignación, pues en un
país democrático, la libre expresión debe estar apoyada por las garantías
individuales, que no son una dádiva por la que se implora, sino una obligación
que responsabiliza a las autoridades competentes; tales autoridades respondieron
positivamente, dando protección, en los días subsecuentes, a los participantes
en la obra, pero ¿qué va a pasar en el futuro? No se trata de un hecho aislado,
pues se sabe que este fue el tercer atentado registrado en el curso de pocas semanas,
sino que parece ser el fruto maligno de alguna organización neonazi, que no se
detiene en emplear métodos terroristas para “castigar” todo aquello que vaya en
contra de su “ideología”. Y si la defensa de la vida humana (en última
instancia esta es la tesis de Viet Rock) va en contra de la ideología de esa organización, (que se
esconde en el anominato en lugar de dar la batalla polémica, a la que todos tenemos
derecho), ¿qué se puede esperar sino el advenimiento de una época de terror
para todos aquellos que defiendan los derechos humanos? Ante esta negra
perspectiva de un cáncer que está germinando en nuestra sociedad, no queda otro
camino que buscar cuál es el foco de infección. ¿Y quién se avocará esta tarea?
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