Se alza el telón
Malkah Rabell
De noche salta el gato en el Teatro 11 de Julio
Hace ya mucho que no he visto una comedia tan sosa y tan falta de gracia. Y hasta falta del sentido común popular que a menudo asoma en el género cómico. No hay nada más alegre y divertido como una buena comedia. Hasta creo que resulta más difícil escribir y representar una obra cómica que una dramática. Pero las buenas comedias son cada vez más raras. Un Moliére no nace cada siglo. Ni siquiera los comediógrafos representativos de una época y de una clase social como Labiche y Feydeau abundan en nuestro tiempo. Y cosa más rara, esa desabrida comedia De noche salta el gato, de Luis E. Cano despertaba unas increíbles carcajadas. Y uno se pregunta -tal vez irrespetuosamente y hasta con irritación-, ¿de qué se ríe la gente en la sala? ¿De esta estúpida historia de un matrimonio cuyos cónyuges se van cada uno por su lado bajo diversos pretextos, asegurando al otro que sólo volverá dentro de unos días, para volver de noche cada uno acompañado? Lo que da lugar a diversos quiproquos de los cuales ya se ha usado y abusado en una multitud de otras obras del mismo género. La obra está terriblemente mal escrita, sin personajes bien diseñados ni situaciones vivas. Para colmo no tiene ni principio ni final. Y no dejamos de sospechar que fue copiado de algún viejo sainete, sin agregarle nada novedoso o personal.
¡Pero qué respeto del público que llenaba el teatro un domingo en la tarde, durante la primera función! Cada uno de los actores fue recibido con un largo aplauso. Lo que ya no se acostumbra desde hace mucho tiempo en los teatros modernos. Ni tampoco se acostumbra ya el repentino silencio y la inmovilidad en el escenario para permitir al intérprete recibir el aplauso con un profundo saludo de agradecimiento. Sin embargo esa antigua costumbre me resultaba bastante simpática pese a lo cómico de la situación que creaba. Algunos de los actores que participaban en la representación merecen obras mejores. Conocen su oficio a la perfección y hasta les hay quienes pueden tomar parte, y que han tomado a menudo participación, en espectáculos de buena calidad como Óscar Servín. Más, todo el mundo tiene que vivir, y la vida es cada vez más dura. Después de largos años de pertenecer a la farándula, ya no es posible buscar laureles en artísticas exquisiteces. Se tiene familia, han nacido hijos, se presentan enfermedades, problemas familiares e infinitas responsabilidades. Ya no se sabe hacer otra cosa sino actuar. Y el teatro crea una pasión tal que resulta demasiado doloroso, y hasta imposible abandonar el escenario.
Y aquí tenemos en el teatro 11 de julio a un grupo de actores que en situaciones más apropiadas pueden demostrar mucha más capacidad, y quienes en la interpretación de De noche salta el gato se ven con muy pocas posibilidades de expresarse. Sergio Ramos, el Comanche recurre a sus ya envejecidas maneras de actor profesional; Alejandro Suárez en el papel del sirviente que hasta lleva el clásico nombre en el género: Crispín, ha de luchar con un texto tan seco y desabrido que no logra darle vida. A esos dos actores el público los quiere en especial y acepta con entusiasmo hasta sus debilidades. A los demás: Margarita Gralia, Luis Ernesto Cano (a todas luces el autor) y Estrella Fuentes, no los conozco y no sé cuáles son sus capacidades en otras situaciones artísticas. En el presente caso no tienen nada que hacer para salvar la representación. Como tampoco puede imponer una dirección más o manos correcta Manolo García a una farsa vacía de sentido y con una comicidad trasnochada. Más, parece que el amor del público por determinados actores no se deja vencer por ninguna dificultad. Siguen a sus ídolos hasta en los teatros poco "calentados" como el 11 de julio y aplauden y se ríen a carcajadas hasta en comedias como: De noche salta el gato.