No pretendo, ni con
mucho, abarcar en este comentario todo el teatro mexicano -de estreno o en
reposición- que ha subido a los escenarios de la capital durante el año, porque
para quien no se dedica exclusivamente a la crítica, le es cada día más difícil
asistir a “todos” los espectáculos teatrales que aparecen en las carteleras.
Pero a vuelo de pájaro,
mencionaré algunas de las obras más significativas que se representaron durante
este año.
Después de una larga ausencia,
volvió a aparecer con esplendor el nombre de Sergio Magaña, con Los
argonautas, una sátira que nos dio el otro lado de la medalla de su
anterior tragedia, Moctezuma II. Disputándole el titulo de “lo mejor del año”, en teatro mexicano, llegaron
después otras dos obras, también de excelente cuño y también satíricas: Te
juro Juana que tengo ganas..., de Emilio Carballido,
y La
ronda de la hechizada, de Hugo Argüelles.
Estas tres obras hablan por si mismas de la bondad alcanzada por nuestros comediógrafos
y dramaturgos, pues en ellas se encuentran valores estéticos de alto nivel.
Hubo también sorpresas
agradables, como la del estreno de Luis G. Basurto. Con la frente en el polvo,
obra con
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la que el autor se
quita viejas espinas, abordando un tema de preocupación teológica, con
sinceridad y más aún, con el deseo profundo de plantear sin disfraces, las
dudas y las tentaciones a que está sujeto todo ser humano, aun cuando lleve el
báculo obispal o use el capelo cardenalicio. Además de que inauguró la saludable
costumbre del debate público después de la obra.
También aparecieron en el año
nuevos nombres para la dramaturgia de México: Jorge Esma,
que puso primero dentro del Concurso de Primavera y después en temporada
oficial en el Teatro Jiménez Rueda, su obra Donde los Árboles..., en la que
analiza poéticamente los procesos dolorosos por los que va atravesando la mente
infantil al ir comprendiendo y adaptándose a la realidad que lo circunda, con
sacrificio de la fantasía.
Las otras dos obras premiadas,
junto con la de Esma, y que también pasaron del
concurso al Teatro Jiménez Rueda, fueron Los Arrieros con sus burros por la hermosa capital,
de Willebaldo López, y Sobre los orígenes del hombre,
de Eduardo Rodríguez Solís. El primero, con marcada influencia de Carballido, pero con excelente oficio, y el segundo,
presentando otra faceta de su pluma dramática,
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