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Se alza el telón

Malkah Rabell

Pawana, espectáculo universitario

Pawana, palabra que nos hace pensar en una danza y nos hace llegar al teatro universitario: Santa Catarina, con la idea de asistir a un espectáculo dancístico. Pero no, no se trata de una representación bailable. Tampoco se trata de una obra teatral según la tradición. Pawana, que significa ballena en algún dialecto indio de Estados Unidos, nos lleva hacia campos bastante ajenos al arte escénico, más bien hacia la literatura y la poesía. Se trata de dos relatos breves del escritor francés contemporáneo Jean Marie Le Clezio, traducidos y tal vez también adaptados a la escena por José Luis Rivas. Los dos relatos se transforman en algo parecido a dos monólogos en boca de sendos actores, sin nunca encontrar un punto de contacto, de relación entre sí, entre los dos personajes, si no fuera que ambos protagonistas hablan de la misma tragedia: la matanza de las ballenas a través de muchos años, y como dice el director Georges Lavaudant en su introducción al programa de mano: "¿Por qué los hombres aman aquello que matan?, ¿Por qué destruyen una belleza que jamás volverá?", creo que es más lógico preguntarse: ¿por qué los hombres matan aquello que aman? Pero si es cierto que gozan en destruir incalculables bellezas. Han matado casi a todos los elefantes y han terminado con casi todas las focas. Y se están destruyendo a sí mismos con una absoluta inconciencia.

Bellísimo texto, más poesía que prosa, en la que nos cuentan esos dos hombres, uno marinero y el otro capitán, sus aventuras en la mar. El marinero sin nombre, y el capitán es Charles Melville Scammon (que no es aquel de "Moby Dick") y fue él quien encontró el 10 de enero de 1856, hacia las 6 de la mañana, el misterioso lugar en el Golfo de California donde llegaban a reproducirse las ballenas.

El director de escena Lavaudant nos ofrece en su introducción al programa de mano, algunos datos sobre la personalidad casi desconocida de Charles Melville Scammon, quien escribió unas obras de carácter científico sobre la vida de las ballenas y sus libros desaparecieron en el incendio posterior al terremoto de San Francisco en 1905. También nos dice Lavaudant que Melville Scammon terminó su existencia como piloto en un barco de paleta. Y nos resultan apasionantes los datos que nos ofrece el director de escena sobre este personaje, digno de ser descrito por el otro Melville, el de Moby Dick. Lástima que no nos ofrece iguales datos sobre el escritor francés Jean Marie Le Clezio, más poeta que prosista, muy poco conocido en México y a quien pertenece el texto de Pawana.

Georges Lavaudant elige para sus dos protagonistas a dos grandes actores mexicanos, Miguel Córcega como el marinero anónimo y a Augusto Benedico como el capitán Scammon. Y en un escenario desnudo -en ese pequeño teatro de Santa Catarina, donde el escenario y la sala cambian de formas según las necesidades de cada obra-, sólo las luces de las diablas crean el ambiente de peligro y desolación, mientras cada uno de esos dos protagonistas cuenta la misma aventura pero con otras palabras. Ambos se muestran en toda su potencialidad de excelentes actores, pero en especial Augusto Benedico llega a una grandeza trágica con una increíble naturalidad, sin esfuerzo, o como sin esfuerzo.

Georges Lavaudant, que ya conocimos en la dirección estupenda de El balcón de Jean Genet, vuelve a demostrar su maestría en la presente puesta en escena, donde logra imponer un ambiente de tragedia ecológica. Y hoy cuando la vida de los animales a punto de desaparecer nos saca de nuestra indiferencia, esta Pawana adquiere un especial interés. Y para su última función del presente año, la salita de Santa Catarina rebozabá de un público juvenil y entusiasta.