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Se alza el telón

Malkah Rabell

Si la vida es sueño, una versión moderna

Creo que para quien ignora el original de Calderón de la Barca: La vida es sueño, esta versión realizada por Fernando Castaños, bajo el título ligeramente cambiado de Si la vida es sueño, resulta bastante incomprensible. Pero esta tragedia, que algunos especialistas llaman drama, es una obra tan conocida por los lectores y espectadores en idioma español que no hace falta la descripción del argumento. El original de Calderón siempre ha sido considerado como una obra filosófica que expresa verdades generales acerca del mundo y del hombre por medios alegóricos. Una de las cosas que se quiere expresar es evidentemente la irrealidad de la vida. Algunos autores consideran que Segismundo, el hijo del rey de Polonia, Basileo, es el símbolo del hombre condenado a la infelicidad sin culpa propia, y el rey, su padre es Dios, siendo la predicción del astrólogo la maldición del pecado original. Pero otros autores lo estiman de otro modo y nos dicen que el orgullo de Segismundo es el producto de la mala educación, y el rey es muy responsable de lo sucedido al creer en los astrólogos que le han predicho que su hijo acaerá toda clase de desgracias sobre su reinado.

Mas, sea como fuera la interpretación del especialista, no se puede leer o asistir al espectáculo de este drama sin sentirse profundamente conmovido. Las escenas en que se ve a Segismundo -el príncipe que sueña o cree soñar- ya en la torre cargado de cadenas, ya en el palacio en su papel de heredero del reino, y luego nuevamente en la torre, nos hacen sentir la situación del hombre de un modo profundo y poético, y nos dejan en libertad de sacar nuestras propias conclusiones. Nada de ello sucede en la versión de Fernando Castaños, quien al reducir la obra a un solo acto de una hora y media, que logra sin embargo contener todo el argumento del drama, transforma la torre y donde el rey tiene encerrado y encadenado a su hijo, en una especie de juguete de poca altura y una entrada casi a ras de tierra, rodeado de agua. Son elementos muy hermosos para la vista, pero sin funcionalidad alguna. A menos de quedos dos directores Marta Luna y José Enrique Gorlero consideren el agua como un elemento onírico y lo usen para crear escenas de belleza plástica. En cambio no encontramos escenas que nos conmuevan.

Este acto único al cual fue reducido el drama, fue creado por sus intérpretes, sus dos directores y su escenógrafo Arturo Nava para sólo presentarse dos veces en el Festival Cervantino de Guanajuato -lo que me parece tiempo excesivamente corto para una preparación tan ardua-. Pero al llegar a la capital de vuelta la compañía consiguió el teatro Jiménez Rueda -nuevamente acondicionado para una labor dramática- para una sola representación que no puedo afirmar que me haya entusiasmado. El grupo de actores no parecen bastante maduros para una obra tan difícil y complicada. Ninguno se ha destacado en especial, y Elia Domenzáin, Brisa Rosse, Carlos Cabral, Salvador Solórzano, Fernando Montenegro, Néstor Galván, Rodolfo Aries, y Martín Acosta, aunque hagan las cosas más extravagantes, como tirarse al agua, revolcarse en ella todo vestido y luego salir chorreando, todo ello con una técnica corporal que da mucha belleza a la representación, pero sólo atrae la vista, no llega a más profundos dominios y carece de fuerzas dramáticas; nunca conmueve.

La dirección de Marta Luna y José Enrique Gorlero se mantuvo en la belleza visual sin buscar más allá de un texto que ese grupo de intérpretes no lograba transmitir ni con dicción clara ni con dramaticidad.

La única representación de esta puesta en escena tendrá lugar el lunes 14 de noviembre en el teatro Ciudadela, Tres-guerras 9.